Alejado de aquel mundo de luchas quiméricas, en el feroz y absurdo emprendimiento del olvido, Marcos intentaría aferrarse a una labor servil y despreciable que le asignaran desde la intendencia en aquel periódico que ya conocía.
No sería el único. Yo tiraría por la borda una aparente coherencia sostenida en el tiempo y, encontrando la excusa suficiente en algunos ideales guardados para el momento preciso, doblaría mi apuesta respecto de mi militancia política en Harmondio.
Jamás tendré la certeza sobre si lo que realmente me llevó a tomar la autopista cada viernes y pasar el día completo en el pueblo en que crecí fue mi ideología, la vocación de servicio o las interminables horas de discusión en ámbitos que no eran los propicios.
Desde un par de años a esa fecha cumplía una función técnica en el Comité Demócrata. Mi alejamiento de la arena política había tenido que ver más con realidades ajenas que con propios desengaños. Es que entre las muchas cosas que los años me permitirían ver, la historia de mi vida estuvo marcada por un hecho. Una y otra vez entregué, por voluntad de terceros y durante un tiempo más o menos prolongado, la lucha por mis ideas.
La aparición de aquel amigo, que reclamaba reencontrarme para encontrarse a sí mismo, se trasformaría en la razón perfecta para volver a mi esencia.
De esa manera, los viernes por la tarde, cuando Marcos terminaba su horario de trabajo en La Gaceta quedarían, en adelante, como el momento de encuentro entre nosotros.
Faltaban, todavía, un par de lustros para que me enfrentara por primera vez a un tribunal oral. Y aunque las situaciones fueron antagónicas, también aquella vez que oficié ante los Magistrados de La Merced tuve la sensación de revivir la tarde que Marcos se sintió injustamente juzgado.
Aquel encuentro tendrá el ingrato sabor de la intolerancia. Cada uno cargaba, en su propia cuenta, con un contexto basado en certezas reveladas. Despojarnos de ellas ha sido, sin duda, la mayor dificultad a la que nos hemos enfrentado.
Con Marcos llegaríamos pasadas las 17:00 a La Cueva, un antiguo café en el cual nos juntáramos durante nuestra adolescencia y al cual mi acompañante había pedido volver aquella tarde para ayudar a su memoria.
El Tano Boselli nos esperaba con la cara larga y los ojos frustrados. Después de explicarle que la demora se debió a un cambio en el recorrido para visitar a Dante en su negocio, nuestro amigo respondió con un reproche:
—¿Por qué no me avisaron así íbamos todos?
En silencio, y haciendo caso omiso a su reclamo, llevamos nuestras miradas hacia el mostrador en busca de alguien que nos atendiera.
Los regresos suelen tener un condimento intrínseco y, por lo general pernicioso, que estamos acostumbrados a sintetizar con la palabra nostalgia. Y, por más que asistíamos al reencuentro con un sitio que sentíamos profundamente propio, la tristeza melancólica por lo perdido, por lo pasado, o por lo vivido, ocuparía la cabecera durante buena parte de la jornada.
El que más sentiría el impacto de la regresión sería, sin dudas, Marcos. No era en vano, él no había vuelto a pisar ese lugar desde su liberación. Quizá debió haber tenido en cuenta el shock que podía producirle aquel sitio al convocarnos, pero no lo hizo.
—Esto está igual, hasta el colorado que atiende las mesas está idéntico –dijo, intentando escapar al malhumor de nuestro amigo.
Era cierto. Tal y como lo habíamos dejado, el bolichito se mantenía inerte al paso del tiempo, de los cambios de dueños y gobiernos. Los que estábamos diametralmente transformados éramos nosotros y la reacción de Tomás lo pondría de manifiesto.
—¿Y? ¿Tu compañero de facultad te aclaró las cosas más que nosotros, por qué no lo trajiste?
El trasfondo de la chicana era imperceptible para cualquier circunstancial interlocutor que se sentara en nuestra mesa. De hecho, estuve a punto de interceder en favor de Marcos y burlarme de los celos de nuestro antiguo compañero. Un momento más tarde comprendí que su ofensa se debía a que se habían juntado dos de los integrantes de la histórica trilogía sin convocarlo. El costo que terminaría pagando por ello sería excesivamente caro.
Aunque estemos convencidos de ciertas cosas, cuando nos obligamos a sacar de contexto a las personas para mantener nuestra certeza, estamos equivocados. Era previsible que mi boca no se mantuviera cerrada ante una discusión entre mis amigos. Tomás solía ser medido y cauto en sus apreciaciones, pero en mí, la razón no tenía lugar cuando se enfrentaba con mis afectos. Allí primaba una errónea concepción de la sinceridad basada en las pasiones. Incauta y generosamente entré en el juego al que, sin avisarme, me sometiera el más silencioso de mis interlocutores de aquella tarde. Recuerdo textualmente la frase que explotó sobre la mesa.
—Estos comunistas de mierda que nos gobiernan son todos iguales.
Tomás recorrería un terreno que desconocía, el político. Aunque no resultaba evidente a primera vista, su objetivo era que la discusión no lo tuviera como partícipe necesario.
—¿Comunismo! Si este gobierno es comunista yo me hago liberal —respondió Marcos riendo, mientras giraba su cabeza hacia mí esperando una respuesta a su sarcasmo.
Ante la mirada de mi amigo, cerré los ojos e hice un movimiento negativo con la cabeza, mientras sonreía socarronamente, desacreditando en silencio la afirmación de nuestro compañero de mesa. Luego volví a abrir los ojos y, levantando la mano, le marqué que no le respondiera, que me permitiera hacerlo a mi.
—Para el inconsciente colectivo, estos personajes representan a la izquierda Nacionalista de los setenta, por eso lo dice —di fundamento a la idiotez planteada por nuestro interlocutor, intentando mediar en la cuestión.
Marcos clavó su mirada en mis pupilas y apretó los dientes con la boca aún cerrada. Detrás de ese iris podía verse una antigua disputa personal que masticaba entre sus pensamientos. Si en algo nos parecíamos era en no poder contener las pasiones respecto de nuestras ideas.
—¡Dejate de joder! –gritó, mientras hacía temblar la vajilla sobre la mesa, a la que le pegó fortísimo golpe con su mano izquierda justo cuando la jovencita que nos atendía se acercaba a preguntarnos si íbamos a pedir algo más.
No pude soportar la carcajada al ver el estupor dibujado en la frente de aquella morocha que, tras dar un pequeño salto hacia atrás, se quedó estupefacta con los brazos al cielo, los ojos alertas y la boca entreabierta, en el más ingrato de los silencios.
Los tres le ofrecimos nuestras disculpas, cada uno a su manera y por su parte y, como para compensar el mal momento, el Tano se pidió un café liviano para él, un americano para mí, y el histórico café con leche para el sobresaltado Marcos, sin consultarlo con nadie.
Mi mente se alejaba de la discusión acompañando con la mirada a la mesera que, todavía aturdida, nos observaba cada tanto, sin detener su paso.
—Pobre flaca, que susto se pegó —dije, compartiendo un pensamiento, pero sin volver mis ojos hacia la mesa.
—No te digo yo, estos zurdos son todos quilomberos –dijo Tomás, no contento con lo sucedido.
Quien se haya repetido para sí mismo que a veces es peor el remedio que la enfermedad, sabrá que sobre ello sólo puede tenerse certeza una vez que se ha cometido el error.
Era, o en aquel momento que empezaba a anochecer me parecía evidente, que mi función debía ser la de encontrar el punto de encuentro entre las posturas de mis amigos. Eso fue lo que intenté cuando, desde mi ignorancia, quise explicarle a Marcos por qué nuestro amigo decía esas cosas.
—No te enganches. La mayoría de la sociedad piensa la misma boludez. Confunden la confrontación permanente y el autoritarismo de este gobierno con el socialismo —le dije.
Por supuesto, mi aclaración estuvo de más. Pero ayudó a que nuestro repatriado amigo se remontara a un pasado que compartimos.
—¿Hasta cuándo me vas a seguir pegando con lo del autoritarismo? —me reclamó con la voz lastimada.
Sus ojos se habían despojado de la ira que expresaran un rato antes. Buscaban en mí aquella coherencia sobre la que pregoné a lo largo de todo el camino que compartimos.
Giré la cabeza para ver a mi otro compinche y, en silencio, me paré mientras encendía un cigarrillo.
Mis amigos se miraron extrañados ante mi repentina caminata. Una y otra vez, recorrí los tres pasos que distanciaban la pared en que se apoyaba el respaldo del sillón en el que había estado sentado junto a Marcos y el final de la butaca en que se encontraba Tomás, frente a nosotros.
Detenido frente a la mesa, apagué el cigarrillo y, aún parado, sosteniéndome con una mano a cada lado del tablón, argumenté con la mayor de mis firmezas:
—Los regímenes totalitarios son y serán autoritarios, por derecha o por izquierda, Chapa.
—¡Me cago en tu democracia! Fue este gobierno el que chupó, no uno que llegó por la revolución popular, ¿eh? —me respondió, nuevamente enfurecido.
Mientras volvía a mi asiento en silencio, con la duda en el pecho y en los ojos, sobre si no sería mejor irme hasta que el tiempo se encargara de remediar aquello que yo no podía, Marcos lanzó una frase, con la voz profundamente suave y calma, que convocaría al diálogo.
—No creas que me olvidé de cómo los Demócratas achican las doctrinas que le dan a los militantes para que conozcan y profesen, pero lo que me jode es que me condenes porque pienso distinto.
La curvatura de mi cuerpo se tornaría tan pronunciada que mis codos dejarían la mesa para buscar apoyo sobre las piernas. Cada palabra de Marcos me haría empequeñecer un poco más.
De su mochila sacaría una historia que nos unía más allá de nosotros mismos y, en definitiva, nos haría comprender qué hacíamos allí.
Ese era el lugar en el que compartió el primer café con Agostina Tuzzio, su mujer. Lo había podido recordar dos días atrás, al tropezar con una de sus publicaciones en La Gaceta.
Cuando dejó caer sobre la mesa el recorte con el que se había encontrado, pude ver una gran bandera Demócrata colgada en la plaza principal de la ciudad. Creí recordar la situación en que había sido tomada y nada tenía que ver con su pareja. Y, aunque me carcomió una angustiosa ansiedad por verificarlo, no tomé la vieja hoja del diario que estaba frente a mí. Preferí mantenerme callado, contemplando la paz que había conseguido abrazar el gesto de Marcos.
Desde mucho antes que conociera a la viuda y, a raíz de ello, comenzaría la investigación sobre lo sucedido en la quinta ubicada en El Cañón y Padre Falucho. Nuestro amigo mostró algunas excentricidades para su edad.
Masticando la undécima medialuna de grasa, comenzó un relato que, a primera vista, estaba fuera de lugar.
De todas formas, tanto a Tomás como a un servidor nos divirtió mucho escucharlo narrar nuestras salidas a El Carajo, y aquella característica suya al momento de conquistar una mujer.
Es fantástico cuando la mirada retrospectiva de nuestras vidas nos permite reírnos de ciertas cosas. Y ciertamente Marcos se mofó de sí mismo. A tal punto lo hizo, que lograría que Tomás dejara de mirar su reloj por un largo rato.
—Se me podía cruzar una conejita Plaboy que le daba el debate político —afirmó entre risas.
Su broma sintetizaría la realidad. Por aquel tiempo, Marcos no se fijaba en una mujer que le despertara una simple atracción física. Pero, poco antes de chocarse con la dama del eterno luto, su exigencia empezaría a ser mayor.
El tiempo lo iría llevando hacia otros sitios, con otra gente. Las bibliotecas, los archivos y los organismos gubernamentales se convertirían para él en lugares tan rutinarios como la propia escuela.
Hasta allí llegarían nuestras risas. La nostalgia tomaría la infructuosa curva de la duda y se estacionaría sobre sus lágrimas de dolor y destierro. Era tarde para traerlo al mundo de los incrédulos y pronto para detener un duelo con su propio pasado.
El eterno camarero, que presenciaba la escena desde la barra, le susurró alguna cosa imperceptible a la morocha a cargo de nuestra mesa y se acercó con una nueva ronda de café.
—La casa invita —dijo el pelirrojo, con una sonrisa espléndida.
Marcos alzó la mirada hacia él, y lo siguió con la vista mientras se alejaba de nosotros. Su mirada y su mente dejaron el lugar en la mesa por un par de segundos, durante los cuales, ni Tomás ni yo nos animamos a romper el silencio.
Un rato más tarde nuestro amigo se incorporaría en su asiento y, mientras se disculpaba por haberse colgado recordando para sí algunos momentos vividos en aquel lugar, ordenaría sus pensamientos, a costa de generar un gran caos en los nuestros.
Con la voz pausada pero todavía rasposa y tragando saliva al final de cada punto y aparte de su discurso, comenzó retomando el asunto del distanciamiento del grupo y el acercamiento a otros lugares y otra gente, la necesidad de juntar información sobre la investigación que, por aquel tiempo, empezaba a realizar.
Pero hubo una tarde, cuyos hechos el tiempo había guardado sólo para su memoria, que Marcos relataría con la exactitud de haberla repasado un millón de veces cuando temió por su vida.
Las escalinatas del palacio municipal tienen, según su propia cuenta, veintidós escalones. En el último de ellos se apostó aquel día, luego de cumplir lo acordado con la empleada del departamento jurídico del municipio.
La realidad se tornaría impiadosa. Bajando las escaleras hacia él, con la cabellera castaña y los ojos marrones, lo enfrentaría como el amor mismo, sin vueltas.
Era una muchacha encantadora, con quien, llamativamente no compartía ningún pensamiento político.
Conociendo sus discrepancias ideológicas, olvidó el motivo de su visita y cualquier vestigio sobre sus ideas, para embarcarse en la osadía de conquistarla. Tomó coraje mientras sentía cómo su corazón se detenía para, bruscamente, recordarle que estaba vivo. En la incoherente búsqueda del razonamiento que le permitiera encontrar ese punto en que se hace posible, simplemente pensar en nada, comenzó a subir las escaleras a su encuentro.
Un par de segundos más tarde estarían frente a frente: ella, su corazón y él. Pero no fue así. Una ronca voz que partía desde el interior del municipio gritó:
—No te vayas, Agostina, volvé.
En un destello de lucidez ajena escuchó que sus labios, a los lejos, murmuraron una frase parecida a esta:
—No voy a estar por un tiempo, vení dentro de una semana.
Momento en el cual, como un suspiro, se perdió en el aire y en su boca.
La tristeza en su alma sospechaba de él. Lo juzgaba, como siempre, trágica e inhumanamente en su recorrido hacia la nada. Porque no podría haber más que eso acabado el amor.
Tibias lágrimas de encierro carcomían su ideología. El sentimiento que, batido a duelo había mostrado ser infinitamente más fuerte, corroía su cerrojo. Nada quedaba de él después de sí mismo, era cierto. No existía una sola idea que valiera doblegar su angustia por encontrarse reflejado en la mirada de aquella niña al menos un segundo.
En la sofocante palidez de la habitación que transformó en estudio para su labor investigativa, pudo encontrar asilo a su congoja. Derramó dolorosos pensamientos en sus anotadores, escapando de una depresión a la que había asfixiado.
La soledad agoniza mientras nuestra libido esté focalizada en algún punto que, aunque sea intelectualmente, logre colmarnos. La pugna que la revivió modificaría sus pálidas concepciones sobre la vida.
Atesoraba el bagaje de ideas sobre los cuales reflexionaba cada día. Mucho le había costado comprender la pasión que se impregnaba en la lucha. Le fascinaba y atraía, pero desconocía la noción de amor como expresión de entrega, de despojo. Y al razonarlos le parecían complejamente parecidos.
Tras una larga lista de conceptos, trazó una raya sobre la hoja. Utilizando un método de análisis que había aprendido en las clases de lógica, buscó una conclusión que clarificara su desorden. Con la proximidad de la cena encontraría la respuesta en un sistema analítico más simple que el aplicado.
Las llamas de su corazón y de su sexo reclamaban consuelo en la mayor expresión del sentimiento. Pero era ese mismo auge el que nutría sus venas de una feroz necesidad de descubrirse, de cuestionarse, inquirirse y, al fin de cuentas, conquistarse.
Al día siguiente, al salir del Normal, convocaría a la mesa chica para una reunión de máxima trascendencia. Tomás recordaba aquel encuentro, del que yo no participé pues todavía no integraba el selecto grupo.
Marcos le haría notar al eterno integrante de la trilogía que, tanto él como Alejo Contreras estaban en pareja la tarde del mitin. Un movimiento afirmativo con la cabeza le daría la razón y, por la velocidad que utilizó el Tano para hacerlo, pudo entenderse que le indicaba que se apresurara en terminar la historia.
La referencia a quienes, de aquella mesa de cuatro, mantenían una relación de pareja tenía un por qué. Marcos sabía que Alejo no lo comprendería, era poco lo que compartirían sobre la noción del amor. Con Tomás la situación era distinta. Pero, como suele sucedernos, nuestra necesidad de contención, de compartir los sentimientos nos excede, y terminó por exponerse al grupo en pleno.
Con Iván Pinedo desatendiendo a una charla que no le interesaba, y acotando alguna estupidez que provocaba la risa del resto de los presentes, todos volverían a coincidir en un punto. No debía mezclar la política y el amor.
Al caer la noche Tomás tendría que, como de costumbre, abandonar anticipadamente la charla para encontrarse con su pareja. Eso provocaría que Marcos terminara el día en compañía de Alejo e Iván.
En silencio, su soledad pedía resguardo dónde fuera. Y aquellos muchachos le ofrecerían, como muchas otras veces, la posibilidad de volver a encerrar sus sentimientos al calor de las pasiones tarifadas. Sorprendentemente, su negativa se haría esperar más de lo acostumbrado.
Cuando aferramos las certezas a la mirada ajena nos arriesgamos a que nuestro convencimiento se diluya en función del circunstancial interlocutor. Con la partida de Tomás había quedado en minoría y esa pequeña sociedad a la que sometía sus decisiones lo encontraba débil. Acompañado por un charlatán, que prefería la seguridad de una pareja estable a quién engañar con quien se le cruzara, que cruzarse con su pareja y un solterón al que le gustaban más las mujeres de reputación bien ganada que ganar reputación conquistando una mujer.
La sordera es camino cuando el hombre no puede verse a través de sus ojos. A pesar de todos sus artilugios para convencerlo, lograría evadirse. Y, con las ganas intactas de complacerlos, se despidió deseándoles lo mejor para esa noche.
Los tres volverían a sus casas para la cena. Pero en la de Alejo sucedería algo que modificaría la noche de todo el resto del grupo. Su padre tenía una estrecha ligazón con la dirigencia Nacionalista del distrito y, a consecuencia de ello, traía un regalo para su primogénito.
Aquella noche hacía su presentación en una discoteca de las afueras del partido, un grupo de cumbia que estaba de moda. Octavio Contreras le entregaría a su hijo un talonario con diez entradas para que invitara a sus amigos, recordándole que ese día empezaba a regir la ordenanza que ponía un límite a la nocturnidad.
Con las entradas en la mano, Alejo caminó la cuadra que lo separaba de la casa de Marcos y logró convencerlo. No sería difícil contar con la presencia de Iván, pero sí con la de Tomás que, tras consultarlo con su novia, rechazaría la invitación. Mi faltazo no se debió a la falta de ganas, sino a una actividad prefijada. Me encontraba, junto al resto de los muchachos de la Juventud Demócrata, colgando pasacalles en contra de la medida del ejecutivo local, que obligaba a la gente a acostarse a la hora que el gobierno disponía.
Mi negativa, recordó Marcos, produjo un inconveniente. Contaban con el auto que mi padre solía prestarme para llegar hasta el lugar del evento. Nunca supimos por qué Alejo no usaba el suntuoso importado que tenía en el garaje. En el pequeño Fiat del tío de Iván, emprenderían su marcha cerca de la media noche.
Las inmediaciones de la Semana de Mayo y Ayres estaban atestadas de simpatizantes del grupo bailantero. La fila para entrar era de, por lo menos, un kilómetro. Por supuesto que las entradas del hijo del poder los harían pasar sin inconvenientes y ubicarse en un lugar favorecido.
El recital se desarrollaría con normalidad ante un público bullicioso y descontrolado, pero claramente superior a la capacidad de aquel pequeño sucucho.
Los tres muchachos decidirían salir antes que terminara el recital por la falta de oxígeno en el lugar, pero desde la calle pudieron observar lo que todos conocimos al día siguiente.
Cuando el grupo de música tropical se despedía, los simpatizantes se dirigieron al unísono hacia la puerta. Desde el kiosco, pegado al local, mis compañeros de la secundaría pudieron escuchar los gritos, los pedidos de auxilio y el bramar de un marea humana que pretendía abrirse paso para llegar a la calle.
El rumor de que la banda firmaría autógrafos, la puerta de emergencia cerrada, el hecho de que había demasiada gente y que cuando terminó el show faltara el aire, produjo una avalancha incontrolable. Un centenar de fans se desplomaron sofocados y fueron pisoteados por el resto, lo que provocó fracturas, desmayos y dos víctimas fatales.
A todo esto mis viejos compañeros seguían tomando una cerveza en la puerta y contemplando, estupefactos, el morboso espectáculo.
Aunque el hecho estuviera olvidado, ese no fue un día más para la sociedad de Harmondio.
La noche siguiente, enterados del suceso, la Juventud Demócrata organizaría un festival en un local bailable del centro de la ciudad. La consigna general era rechazar la medida del cierre de los boliches, pero también, la falta de control del municipio sobre el local Planeta Shao, donde se produjo la tragedia.
Con la boca llena de la sangre cuajada de un chico de dieciséis y otro de catorce años, el Intendente intentaría detenernos.
—O se van por las buenas o les cierro el local —amenazó Omar Ahmed.
—Hubieses clausurado Planeta Shao y hoy no cargarías con dos muertos más en tus espaldas. Andá que yo controlo a los pibes —le respondería el ex concejal Joaquín Hidalgo.
Ahmed confiaba en la palabra de aquel joven muchacho de baja estatura y cabellos engominados, aunque no en lo que podíamos hacer los que estábamos adentro. Con la soberbia de aquellos que tienen comprada su impunidad, se retiraría diciendo:
—Está bien, que se diviertan, yo tengo que ocuparme del quilombo de anoche.
Recuerdo haberle preguntado a Joaquín a qué se refería. Me respondió que ya lo iba a entender, y así fue.
Como recordó Marcos durante nuestra charla, mientras Tomás se despedía en razón del horario, aquel festival tuvo otro hecho importante para nosotros.
Yo era uno de los encargados del reparto de la panfletaria partidaria. Pequeños volantes que explicaban que el intendente, en presencia de un año electoral, había lanzado una estúpida guerra contra la nocturnidad, obligando a todo lugar recreativo nocturno, a que cerraran las puertas a las tres de la mañana.
Cerca de las 2:00 dejé en manos de otro de los muchachos del partido esa labor y me tiré a descansar en un rincón.
Una señorita de baja estatura se acercaría hasta mí para conversar sobre el asunto. Marcos lo recordaba porque estaba a unos diez o quince metros del lugar.
—¿Te acordás quién era esa chica? —me preguntó.
—La historia es tuya, querido, ponele el nombre que quieras —dije entre risas.
Aquella mujer que se llegara a mi lado con su sonrisa indemne, los ojos agrietados y un castaño lacio que corcoveaba entre sus hombros, para sentarse a mi lado, convocaba nuestras lágrimas.
Victoria Feijóo no venía de un pasado ligado a la política, pero a lo largo de la vida hemos compartido grades razonamientos a través de nuestras diferencias. La política tiene esas cosas de encontrar en el consenso diario acuerdos que duran para siempre. Y la primera cuota de claridad me la brindaría esa misma noche, al darme el primer envión para sacarme una duda que había guardado para más adelante.
—De los pibes que murieron en Planeta Shao, olvidate. No van a hacer nada –dijo con un convencimiento que logró sorprenderme.
—Hoy se inició una causa, lo van a investigar —dije con firmeza, mientras giraba mi cabeza hacia ella.
La mirada aquella adolescente, que mecía su cabeza al escucharme, me trataría de ingenuo. Un breve silencio le dio espacio para meditar su respuesta. En realidad, la forma de expresarla sin hacerme quedar como un perfecto idiota.
—Acordate, en unos días nadie va a hablar de ellos, eran pobres –dijo, con una voz suave y complaciente, y los ojos abiertos.
No lo logró. Mi enojo por aquella afirmación no puedo ser mayor. La traté de fascista, hice una elocuente defensa de los derechos humanos y de justicia para todos. Luego me levanté irritado y la dejé sola.
Ella se acercó hasta mí y me ofreció sus disculpas. Marcos recordaba con exactitud lo sucedido. No comprendí en ese instante la claridad de su memoria. Me explicó que, durante su cautiverio recordaron más de una vez aquella noche.
Hoy ella no puede estar junto a nosotros para recordarlo. Marcos fue liberado y, por lo que me comentara, le dijeron que ella está bien. Pero desde que lo sacaron del pozo no volvió a verla. La impunidad de los inquisidores trasciende los juzgados federales y la posición económico-social.
Lo importante es que volvimos a juntarnos para recapitular, cuantas veces fuera necesario, la historia que los llevó a ambos a ese lugar. De allí partiremos para, esta vez, mostrarle a nuestra amiga que existen vínculos que doblegan el pulgar de cualquier gobernante de turno.
Para que vuelva a estar entre nosotros aquella joven que nos enseñara que, si los muertos hubieran sido nuestros amigos, la historia hubiese sido distinta. La ciudad, como entonces, sigue entregando hombres a manos de la justicia divina y excluyendo sus causas de la justicia pagana. Simplemente los olvida, por disidentes o pobres, lo mismo da.
domingo, 18 de enero de 2009
Sangre Coagulada
sábado, 10 de enero de 2009
La hipodermia
Quizás, si no lo hubiese conocido tanto, habría pensado que no se trataba de él.
Aunque, durante muchos años con Marcos dudáramos sobre la sinceridad de sus palabras, la madrugada de aquel miércoles en que el estridente sonido del teléfono móvil reclamara mi atención, nunca imaginé que terminaría en Harmondio.
Ningún bar había despertado todavía. Por eso, como en los tiempos en que no fui invitado, el antiguo bunker de la mesa chica se abriría para recibirnos.
La distancia y el baño que necesariamente debí darme para recobrar el conocimiento, retrasaron mi llegada. De todas formas la cara de Dominga Núñez, al momento que llegué, seguía tan aterrorizada como cuando sintió, recostada en su habitación, que una llave giraba en el pestillo de la puerta de entrada. Desde el pasillo que unía las piezas con la sala principal vio ingresar a su hijo que, poco tiempo atrás, se había mudado a Chiclana.
—Andá a dormir que necesito hablar con los chicos —le ordenaría Tomás.
—Bueno, después me explicás.
Con esas palabras y la cabeza rendida como sus ojos volvería a su cama, luego de dejar preparado el mate.
Desde la cabecera de la mesa, con un gesto inexpresivo y una voz medida en sonoridades inocuas, Tomás se disculparía por habernos convocado a esa hora.
A su diestra, con la inquebrantable responsabilidad de encargarse del cebado, Marcos le acercó un mate y dijo:
—Ya estamos acá, ahora decinos ¿Por qué?
Un profundo silencio agotaría el aire de nuestro anfitrión. Aunque su boca permanecía abierta, como sus ojos, de ninguno partían señales de vida. Una tos repentina hizo notar que le faltaba el aire. Se incorporó y caminó encorvado, con su brazo presionando en el abdomen, hasta la ventana. Me apresuré en asistirlo, pero rechazó mi ayuda empujándome con el brazo que le quedaba libre.
Se hacía cartílago la vida en su garganta y el suspiro se le atoraba en la traquea. No debía ser simple de explicar su situación, tendríamos que haberlo comprendido. La imagen de aquel joven en cuclillas recuperando un poco de oxígeno que le permitiera escupir su realidad era tortuosa. Finalmente volvió a sentarse junto a nosotros y nos miró, a uno por vez, con la boca partida y los ojos acuosos, mendigando clemencia. Estiró su brazo hacia el centro de la mesa. Allí se encontraba un antiguo cenicero de bronce que todos usamos alguna vez, acercándolo hasta su lugar.
—Che, dejate de joder —dijo Marcos y continuó—: Nada es tan grave como para que empieces a fumar de nuevo.
—Yo no te convido —acoté con el mismo dejo de ironía.
Sin respondernos, sacaría un arrugado paquete de cigarrillos y un encendedor blanco del bolsillo trasero de su deslucido jean azul. Cuando encendió el tabaco no se acabaron las dudas, recién empezarían.
—No fumo. Sólo alguno cuando estoy solo y no me siento bien —aclaró mientras dejaba salir la primera bocanada de humo.
Lo que no tenía sentido era cuánto le molestaba, al igual que a mi otro amigo, que yo fumara durante nuestros encuentros. Si no había dejado el vicio, no tenía por qué disgustarse por ese motivo, pero lo hacía.
A todo esto el mate estaba lavado y frío, y en no mucho tiempo la primera grieta de luz comenzaría a abrirse paso entre los árboles.
Tomás se levantó a poner el agua en el fuego y me ofreció un café. Desde mi lugar no necesitaba, como Marcos, girar mi cuerpo para ver la cocina. Un pasa platos la dividía de la mesa en la que nos hallábamos.
Fue desde aquel sitio donde, murmurando, dejó caer sus primeras fronteras.
—Estoy hecho mierda, siento que estoy muerto —dijo.
Luego apretó los dientes, como para persuadirse de continuar con el derroche de sinceridad, y focalizó su atención en la hornalla de la cocina. La cara se le enloqueció tomando un tinte rabiosamente rojizo.
Definitivamente, cuando el lamento no se transforma en grito se hace muerte. Mi amigo estaba suicidándose de a poco y a sabiendas.
Entre los que permanecimos sentados nos miramos, como buscando un por qué a la afirmación de aquel compañero que no terminaba de convencerse en escoger la salida al laberinto.
El ruido del golpeteo entre la cucharita y la taza que hiciera Tomás para prepararme el café batido nos tomaría desprevenidos. El temblequeo de nuestras extremidades al oírlo produjo en todos profundas carcajadas que ayudaron a distender, al menos por unos minutos, aquel ambiente de agonía.
Con el termo cargado y mi café espumoso, retornaría a su sitio.
Quienes lo acompañábamos esa mañana no éramos ajenos a su historia. Aunque se resistiera a hablar de Natalia López, no se nos escapaba que la convivencia que había empezado unos meses atrás era el final de un camino largo y tedioso. Costaba comprender su decisión de juntarnos a la madrugada.
No era propenso a generar resquemores innecesarios con sus parejas. Ni con la actual, ni con ninguna que le hubiésemos conocido. Y aquel encuentro cotizaba alto en la facturación de una mujer como Natalia. Si la razón no era terminar con la relación, no tenía sentido hacerlo.
Si algo habíamos aprendido con Marcos, a lo largo de nuestros encuentros, era a saber hasta dónde podíamos preguntar y opinar sobre los vínculos de Tomás. Era más fácil que contara sus problemas si se veía reflejado en la miseria ajena y, por eso, el camino a su sinceridad se transitaba hablando de uno mismo. Pero el desconcierto de aquel miércoles no nos daba tiempo para razonamientos complejos y diplomáticas formalidades.
—Natalia no vino y vos estás acá fumándote otro cigarro, así que la cosa es con ella ¿Por qué no empezás por ahí? —dije buscando la manera menos drástica de apelar a su franqueza.
—Estuviste bien —dijo Marcos señalándome, y dejando notar una pequeña sonrisa en su cara.
—Ustedes saben chicos, no es fácil, yo puse y pongo mucho en esto —diría Tomás, antes de besar la bombilla que le permitiera hacer una nueva pausa.
Lo que siguió, finalizado el mate, no sería nada nuevo.
Recorrería su larga relación con Natalia, hasta llegar a la convivencia, en una síntesis que duró poco más de 15 minutos.
Era una mujer de carácter fuerte, y poco espíritu de consenso. Igual a todas las que había tenido en su vida. Tampoco él fomentaba el diálogo constructivo, prefería poner en sus manos el camino del progreso. Muchas veces le habíamos marcado que si el otro no sabía lo que le pasaba, no podía hacer nada para cambiarlo. Nuestro amigo prefería seguir creyendo que las cosas debían modificarse por sí mismas, o por su accionar. La convivencia, en definitiva, no fue más que un hecho propuesto por Tomás para resolver otras vicisitudes de la pareja.
Su enorme convicción lo alejaría siempre de las tentaciones que la vida le supiera poner en el camino. Expresiones bellísimas le lamerían las llagas de los pies, y él continuaría caminando sin, siquiera, detenerse para recuperar coraje.
Al conversar sobre ellas, nos explicaría cómo había vuelto a sucumbir en las fauces del tabaco.
—Me sentía solo. Y terminé encerrado fumando en la ventana cuando no me veían, como cuando era un pendejo.
La pecaminosa existencia de quien, en soledad se bifurca contemplando un cigarrillo para encontrar compañía en la humedad con que su propia saliva empapa el filtro, llegó a exasperarlo. Besó tantas veces esa rubia expresión del desamparo en tardes y noches de zozobra, que no pudo evitarlo. Cuando fueron solamente dos, no alcanzó con el vicio.
Si algo había encontrado en su pareja, eso que la diferenciaba de todas las demás, era lo que el llamaba “piel”. Esa unión de sus humanidades más allá de las diferencias, de los rencores, de las distancias.
Aquella maravillosa conjunción de pasión y vida, que empezaba en la mirada, y los perpetuaba en el tiempo más allá del circunstancial espacio en que se encontraran. Compinches, cuidadosos, comprensivos. Entendiéndose, sin intercambiar una sola palabra.
La madrugada aquella en que nos llamó, se había despellejado.
El rutinario encuentro con Natalia fomentó al máximo las frustraciones mutuas y, sin comprender la razón, eso explotó en los genitales de su pareja.
Con su incapacidad intacta de transmitirle las cosas, dejaría la casa en silencio buscando nuestro encuentro.
Se sentía desterrado del lugar más intrínseco y primordial de su vida, su masculinidad. No podía ser digno de respeto propio ni ajeno si no era valorado como tal por aquella mujer, si había perdido la piel.
Siempre me atraparon las dudas que llegaban a convertir en desgano la búsqueda de la certeza. El silencio ante su relato mostraba nuestro deseo inagotable en la unión de cuanta premisa lógica encontráramos, la expresión de desamparo de nuestras caras, la invalidez de nuestra mente para llegar a conclusiones acertadas.
Es que, a todos, alguna vez se nos había terminado el amor, o la paciencia. También a ellas les habían pasado las mismas cosas. Pero ninguno había enfrentado tal crimen a su hombría.
Si Alejo Contreras o Iván Pinedo hubieran estado sentados con nosotros, su salida hubiese consistido en reafirmar la masculinidad en algún cabaret de mala muerte. Pero los tres que quedábamos en pie en la mesa chica, no pensábamos así.
Aunque, por un momento, nuestro amigo confesó su delirante idea de buscar afuera la valoración que no tenía adentro, la desechó.
—Algo debe haber pasado, pensá. Seguro que eso que vos llamás piel se pude laburar —intentó darle una cuota de esperanza Marcos.
—La piel no se construye, se tiene o no se tiene —susurró, derrotado, nuestro antiguo compañero.
Con la misma resignación que Tomás, consentí su afirmación con la cabeza.
Ninguno se animaba a continuar hablando, cuando Dominga apareció en la sala a los gritos:
—¡Prendé el celular que te anda buscando Natalia, pelotudo!
Habiéndose quedado sola en la casa, el único teléfono de línea estaba en su habitación y, como mi amigo había apagado el móvil, la nuera la despertó para preguntarle si sabía algo sobre su paradero. Lo que no le causó ninguna gracia.
Con la promesa de que encendería el aparato, la madre de Tomás volvió a su cuarto. Pero él no cumpliría con su palabra, por lo menos hasta nuestra partida.
—No quiero hablar con ella ¿Para qué? —dijo, justificándose ante nosotros por la actitud asumida.
Ambos nos mantuvimos en silencio. Su boca permanecía abierta como queriendo responderse a sí mismo. Y así lo hizo, dos segundos más tarde.
—Me va a explicar lo inexplicable y yo le voy a terminar dando la razón para que no me rompa las pelotas. Pero esto sí que no me lo voy a bancar.
En algún punto tenía razón. Aquel joven que tanto la había peleado estaba bajando los brazos y mi interés era saber si se debía a esa situación o había algo más. Recordando que no podía irle de frente, fui por mi otro interlocutor.
—Marcos, ¿A vos nunca te costó conectarte? —pregunté.
—¿Qué tiene que ver el culo con el talento? —me respondió.
—Contestame boludo —insistí, abriendo hasta donde podía mis ojos.
—¿La piel? Yo las veces que sentí que perdía la piel, que me la arrancaban del cuerpo, fue cuando me colgaban en la parrilla y me metían la picana en las huevos.
—Bueno, yo me referí a otra cosa, olvidate —dije, casi susurrando, mientras pensaba cómo escapar a la asociación que había hecho Marcos sobre el asunto.
—Es algo parecido —afirmó Tomás, y continuó diciendo mientras sus ojos supuraban gotas de hartazgo—, a mi me acaban de quemar las pelotas, como se lo hacían al Chapa.
—¿Cómo vas a comparar esas cosas animal! —dije, reclamando un poco de racionalidad a nuestro anfitrión.
No cabían dudas que, para cada uno, el término tortura podía utilizarse indistintamente según la situación que nos atormentara. Para nuestro reaparecido amigo, tenía ese significado unívoco que le ha dado penosa historia de nuestro país.
Fue Marcos quien, lejos de enojarse con Tomás, buscó una salida. Ante el silencio en el que nos quedamos los otro dos, empezó a relatar una ocasión en la cual, estando con una de las mujeres más bellas que le conociéramos, por la conflictividad de la pareja, no sentía las mismas ganas de estar con ella. Sólo cuando concluyó la anécdota, pude comprender el motivo de tal mentira.
—Pero, no seas boludo, no es lo mismo. A mí también me pasa, pero a ella nunca le pasó una cosa así —dijo, ofuscado, Tomás.
—¡Pará! —exclamó Marcos, y continuó diciéndole— que nunca le haya pasado no quiere decir que no le pueda pasar ahora.
Era la primera vez que Tomás convivía con una mujer. También la primera vez que esa mujer lo hacía con un hombre. Ninguno de los dos conocía los riesgos que, sobre las relaciones, sabe tener esa daga de doble filo llamada rutina.
No pudimos, aquella mañana, hacer que se sintiera más valorado como hombre. Pero comprendió que Natalia no era inmune a los efectos adversos de la conflictividad que supo soportar él durante años.
Si ellos vuelven a cubrir su cuerpos de la piel que supieron tener aquella tarde que cruzaron sus miradas, sus olores, su humedad y su pasión por primera vez, solo lo sabremos el día que nos vuelva a llamar para contarnos si pudieron resolver los problemas que vienen arrastrando hace años.
Hasta entonces, nos quedaremos con la certeza de que prendería su celular decidido a llamarla para preguntarle qué le pasaba. Pero también, a plantearle con determinación todas aquellas cosas que venía escondiendo debajo de su epidermis.
jueves, 8 de enero de 2009
El Despechado
Si bien antes y después de su desaparición, con Marcos solíamos realizar visitas periódicas a su negocio, el día que apareció y se sentó con nosotros en la mesa, temí por mi banca. Es que, de alguna manera, aunque fuéramos tan distintos, sentía que mi lugar se lo debía a su lenta pero definida retirada.
Dante Nieto era uno de los más antiguos integrantes de aquella mesa chica. Cuando fue padre por primera vez, a los pocos años de terminar el secundario, se alejó del grupo.
En su mirada podía percibirse que lo acechaba más de una frustración. Si bien, como Tomás, solía ser reticente a expresar sus sentimientos, no era difícil comprender la desazón en su retina.
El resto de sus amistades eran sustancialmente distintas a nosotros. Eso, justamente, fue lo que lo traería aquella tarde de viernes a nuestro encuentro. Siempre lo había hecho. La necesidad solía ser más hereje en sus manos. Lo transformaba en un ser meticulosamente cuidadoso a la hora de saber los beneficios que podía conseguir al juntarse con unos y con otros.
De la compañía de aquellos traía los problemas, por lo tanto, apelaba a la nuestra en busca de soluciones. Al saberlo me tranquilicé, solo formábamos parte de un momento de incertidumbre que necesita aclarar.
Cuando, después de recordar algunas anécdotas adolescentes la situación se tornaba insostenible, ya que a pesar de nuestra cordialidad ninguno desconocía que no era ese el verdadero motivo de su repentina aparición, Marcos se animaría a preguntarle:
—¿Y qué te trajo por acá después de tanto tiempo?
—Necesitaba charlar con ustedes, en realidad con Lautaro.
La cercanía con un año electoral, la corta pero productiva militancia política juntos y toda una familia de ferviente tradición Demócrata, me hicieron pensar que, si me buscaba a mí, tenía que ser por alguna cuestión partidaria.
—¿Querés volver a militar? —le pregunté.
—No, a la política no vuelvo más, tengo demasiados quilombos como para dedicarme a patear los barrios. Lo que preciso son tus conocimientos jurídicos.
—Ah, bueno. Decime entonces qué puedo hacer por vos.
El apasionante mundo de la minoridad y la familia había sido un océano en el cual me había zambullido al final de mi carrera, pero en el cual, para ese tiempo había hecho muy poco ejercicio práctico de buceo. Y, los vericuetos que aquel viejo amigo me plantearía durante aquella tarde y parte de la noche, forjarían mi convicción de que no era madera para dedicarme a esas labores.
Aterrorizado, formuló su consulta delimitando el problema.
—Mi mujer me amenaza con llevarse al nene a la casa de los padres que viven en el interior ¿Tengo alguna manera de impedírselo?
No bien concluyó, Tomás se adelantó con la pregunta que el sentido común obligaba a hacer, recordando por qué en la adolescencia lo habían apodado “El Gato”.
—¿Qué cagada te mandaste, pelotudo? –dijo, entre risas.
—Ahora, ninguna —respondió enardecido, con los ojos furiosos y alzando su mano izquierda a la altura de su cara.
Desde la última vez, según nos dijo, se estaba portando bien. Pero, muchas veces, los errores que cometemos a sabiendas suelen pasarnos factura cuando menos lo esperamos. Y allí estaba, quebrantando una relación que parecía volver a florecer.
—Cuando nos separamos anduve con una mina, del grupo de sus amigas, pero estoy seguro que ella no sabe nada —explicó.
—¡Cómo no va a saber, pero a vos te pagan para hacer boludeces o es por deporte! —exclamó Marcos.
La negativa de nuestro amigo persistió incólume. Entre los tres, con fundadas razones le dimos a entender que era imposible que alguien mantuviera una relación, aunque fuera ocasional como él decía, sin que alguna de sus amigas se enterara y, de esa manera, se fuera enterando el resto del grupo.
Pero Dante prefería convencerse de que su mujer sólo pretendía alejarse por razones económicas. Sus suegros podían darle una vida mejor a la que tenían en Harmondio y, contra ello, no podía hacer nada.
Ante este marco lo único que podía hacer era responder a su pregunta, por lo tanto, le expliqué que mientras fuera dentro del país podía moverse con tranquilidad con el nene ya que estaban casados. La posterior denuncia por el secuestro del chico era una jugada que no le aconsejaba.
—¡Pero algo tengo que poder hacer! —gritó desesperado, ante la atónita mirada de la muchedumbre que se encontraba en el bar.
—Si, claro. Podés dejarte de joder con las amigas de tu mujer —respondí.
Ahí nos enteramos que aquella supuesta relación ocasional se mantenía todavía, aunque en las sombras.
Ninguno de nosotros se asombró. Sabíamos de las andanzas de nuestro amigo y de su capacidad de seducción. Recordábamos la envidia que le teníamos cuando, al salir con él, se le acercaban las mujeres al otrora pelilargo muchacho de poco más de un metro ochenta y fornida estructura, rogándole su compañía. Siempre había sacado buen provecho de esa situación, mientras el resto nos quedábamos pensando cómo hacer para que alguna de las muchas señoritas que dejaba tiradas nos permitieran, por lo menos, compartir una charla.
La forma en que se jactaba de sus noches de lujuria no condecía con la preocupación que lo traía a nuestro encuentro.
Se volvería evidente que la vida nos había puesto en veredas distantes, aunque no enfrentadas. Padecía algo así como un viejo y tedioso recelo que expresaba a través de la infidelidad. En la boca de Marcos, y no en la suya, empezaría a comprenderlo.
—¿Las cosas con tu jermu siguen igual, te sigue ninguneando de la misma manera que la última vez que hablamos?
Ellos habían compartido algunos años en el profesorado de historia. Dante abandonó sus estudios por el mismo motivo que hiciera que se alejara del grupo, los que retomaría algunos años después de nuestro encuentro. Eso le permitía a quien le consultaba conocer ciertas cosas, que Tomás y yo desconocíamos, sobre su relación de pareja.
La respuesta fue parcialmente afirmativa. La relación había tenido una fuerte crisis siguiendo los designios de la economía del país, acentuado por la devaluación de la moneda. A ese momento se había referido Marcos, en el que Dante había conversado con él sobre la posibilidad de separarse de su mujer.
Según sostuvo, aquel estadio en que estuvo lejos por un par de semanas fue, simplemente, un paréntesis entre la primera vez que pensó en hacerlo y el momento en que realmente decidió llevarlo a cabo.
Pero cuando ella llegó con el reclamo a cuestas de que nada le alcanzaba, después de haberla luchado tanto desde abajo, se hartó.
La noción del amor unida a la venganza no estaba ni en mis anales de derecho ni en los de la vida. Pero puesto en sus zapatos pude comprender lo que pasaba por la cabeza de mi amigo, lo suyo era ni más ni menos que despecho. El mismo resentimiento que llevaba a su mujer a huir lo más lejos posible con el hijo de ambos, como botín de guerra.
En sus manos tronaba una tormenta de furia sedienta de desastres. No era fácil comprenderlo y mucho menos aconsejarlo. Algo me dijo que no era mi ciencia la que debía primar en aquellos menesteres y me llamé al silencio.
Durante una hora mis tres acompañantes debatieron posibles soluciones a un conflicto que, todavía, su portador se negaba a reconocer. Desde mi lugar, acompañaba las posiciones que consideraba correctas y reafirmaba las desechables. Dante se levantaría, cerca de las diez de la noche, en busca del baño.
La voz tenue y pausada de Tomás se escucharía cuando la silueta de nuestro amigo se perdiera en el pasillo.
—Algo tenemos que hacer con este boludo —dijo.
—Los que tienen que hacer algo son él y su mujer, no nosotros –le aclaró Marcos.
Mi asentimiento con la cabeza a la opinión del último orador produjo una serie corta pero precisa de insultos reclamando que opinara.
Expliqué que no encontraba solución al desamor demostrado por la mujer de nuestro amigo, ni a su propensión al engaño. Que si podía ser útil para algo, contaran conmigo.
Marcos hizo un análisis del contexto del que provenía nuestro amigo. Familia patriarcal, trabajadora, donde lo primordial era mantenerse unidos a cualquier costo. Ello lo llevaba a comprender la tolerancia que había tenido respecto del maltrato recibido por la mujer que, como lo pretendía hacer nuevamente, apelaba al hijo de ambos como factor de presión.
Estaba claro: ella no quería separarse por la infidelidad sino lograr que dejara de frecuentar a su amiga. Por otro lado, aprovechando el momento, le pasó factura sobre el dinero y los amigos con los que solía verse.
Nosotros no podíamos resolver cuestiones de pareja, eso también era evidente. Nos superaba en mucho, ya que no teníamos herramientas como para hacerlo. Pero desarrollamos una estrategia, a nuestro modo, para que ella no se llevara al chico.
No con poco desgano, Dante aceptó nuestra propuesta y se comprometió a hacerlo a pesar de no compartir nuestras ideas.
Al día siguiente, según lo tenía planificado, debía encontrarse con la amiga de su mujer. No hubo cambio de planes, pero sí de motivos.
Llegó al departamento de la calle Rivera pasadas las 19:00, luego de dejar a su hijo con una de sus hermanas. Sacó las llaves que tenía del lugar y abrió la puerta de entrada, la escalera le pareció gigante, impenetrable. De un solo tirón subió al primer piso. Allí estaban los únicos dos departamentos que el dueño del local que daba a al calle había hecho construir. Abrió sin apuro la puerta identificada con la letra “B”. Sabía que, por la hora, faltarían al menos veinte minutos para que ella llegara.
Solange Lima trabajaba en un local de ropa del centro de Arguibel, y aunque esperaba ansiosa sus encuentros con nuestro amigo, un retraso en la frecuencia del tren la haría retrasarse aquella vez.
Entre tanto el muchacho repasaba el libreto. Lo había meditado, escrito en un remito, aprendido de memoria varias veces, pero de todas formas no estaba convencido. Para peor, veía la fotografía de la morocha infernal sobre el televisor, vestida con una pollera de algodón fucsia que apenas cubría una décima parte de su humanidad y un pequeño manto de tela escotado que permitía apreciar la prominencia de su busto y volvía a arrepentirse.
Sentado en el sofá de cuero negro que había frente al televisor se decidió. No podía hacerlo. Bajó corriendo las escaleras y golpeó la puerta que unía el local de Don Cristóbal Otero con las escalinatas.
—¿Qué querés pibe? —Preguntó el veterano arrendatario.
Dante extendió su mano y le entregó las llaves del departamento.
—Déselas a Solange cuando la vea, yo después hablo con ella.
—Está bien, andá tranquilo que yo me ocupo del mandado.
Camino a su auto cabeceó unas diez veces para ver si ella llegaba. La fortuna le jugó a favor por lo menos esa vez. Ya en el rodado, sacó el teléfono celular, y la tecnología le permitiría llevar a cabo lo que sus pasiones le impedían.
Sin hacer ninguna pausa le dijo que no la iba a ver más porque amaba a su mujer, que no quería perder a su hijo y que lo más importante en su vida era la familia. Que le había dejado las llaves en el local y que no se molestara en volverlo a llamar. No le permitiría tampoco realizar descargo alguno. Ni bien concluyó el monólogo dio por terminada la llamada y apagó el aparato.
Al día siguiente hablaría con Tomás para contarle lo sucedido y lo mal que se sentía. La angustia que recorría su cuerpo no era producto de la abstinencia sexual sino del contenido reclamo de valoración hacia su mujer, que encontraba consuelo en aquellos furtivos encuentros carnales.
Nuestro nuevo encuentro traería novedades alentadoras, pero no todas. Como era de suponerse, aún sin expresar el motivo, la mujer de Dante había decidido posponer su mudanza sin fecha prefijada.
Sabíamos que nuestro amigo había estado con muchas mujeres cuando se separó de su mujer, pero no que también había estado con ella. Ese dato no sería menor cuando nos contara que, el mismo día que le dijo que no se iría, le confesó que estaba embarazada de tres meses.
Esa había sido la razón, y no otra, por la cual lo había ido a buscar casi de rodillas para que volviera. Y al enterarse de que, gracias a su presión, él había cortado toda relación con su vieja amiga, se lo dijo.
De ahí, explicaba Dante, que se preocupara tanto por la economía de la casa. Lo que nunca nos cerró a quienes lo escuchamos fue por qué, si ella quería tenerlo a su lado, no cambió la manera de tratarlo.
La noticia, increíblemente, colmaba de alegría a nuestro amigo y ninguno de nosotros se atrevía a juzgarlo. A los seis meses se daría a la vida una beba hermosa, rozagante y llena de luz.
Algún día, cuando crezca, le contaremos la lucha de su padre y sus lágrimas. Esas que no vio, que quemaron profundo, que le hicieron perder la noción del tiempo, del espacio, y del sentido de la vida.
Como era de esperarse, aquel antiguo integrante de la mesa sólo volvió a sentarse un par de veces más junto a nosotros en el café. No era adepto a las despedidas, así como nadie lo había invitado el día que regresó, no necesitó que lo echáramos para, de repente, desaparecer sin dejar rastro alguno.
Recién en su última aparición por La Cueva, Dante tendría la gentileza de moverse del centro de la escena. Estaba claro que Marcos nunca se lo exigiría y, si la charla no hubiese virado en esa dirección, hubiésemos seguido hablando de sus problemas. Pero una pregunta del otrora galancete pelilargo nos sorprendería al resto de los presentes, cuando dirigiéndose a Marcos, dijo:
—Y vos, Chapa, ¿qué es de tu vida, seguís investigando boludeces?
—¿Me estás jodiendo? –le contestó Marcos.
—No, todavía tengo en mi casa los recortes de los diarios, de cuando publicabas cosas sobre los desaparecidos, todo encarpetadito.
—¿Vos vivís en un frasco, o nos estás tratando de pelotudos! —lo increpé, convencido de que no podía estar ajeno a un hecho que había trascendido las fronteras de la ciudad.
—Pará gordito, no sé por qué me atacás —me dijo sonriendo socarronamente, mientras se levantaba de la silla, para poder sacar el paquete de cigarrillos que tenía en el bolsillo trasero del pantalón.
Esa debe haber sido, sino la primera, una de las pocas veces que me convidara un cigarro. Mientras volvía a sentarse y me pasaba el encendedor, Marcos se encargó de contarle brevemente el pedazo de historia que, supuestamente, Dante había conocido a través de los multi-medios. Sin embargo, su mueca de sorpresa nos convencería de que efectivamente trataba de hacernos pasar por idiotas. El escape ante lo consideró un problema ajeno, fue el mismo de toda su vida: la mentira y el olvido.
La próxima vez que, junto a Marcos, fuésemos hasta su negocio, se negaría a atendernos. El “no te metás” era una regla que sabía aplicar muy bien con los demás, sobre todo, con nosotros.
martes, 6 de enero de 2009
Los Sobrevivientes
Su pregunta ingresaría por mi espalda como una daga afilada, incisiva y mortífera.
—¿Qué podés hacer cuando no te queda nada? –cuestionó, detrás de mí.
No giré mi cabeza. Permanecí sentado, inmóvil, presagiando que en unos instantes me acompañaría en la mesa. El reclamo de una respuesta rápida llegó antes de que pudiera verlo a la cara.
Mi silencio debió alarmarlo. El Chapa Verdú venía en la búsqueda de respuestas y, las dudas que me acompañaban eran muchas más que las certezas.
Sus ojos estaban decrépitos. En un sollozo paupérrimamente mudo reclama mi auxilio. Sus manos, sobre la mesa, no encontraban consuelo. Se juntaban y alejaban sin razón aparente. El insensato nerviosismo con el que llegaba a un encuentro que él mismo planificó, resultaba insólito. Claro, los hombres libres seguiremos creyendo que el temor a las sombras sólo cabe a los niños.
Marcos había adquirido aquel miedo mucho antes de que se lo llevaran y debí recordarlo.
—Y, ¿Qué hacemos cuando no nos queda nada? –volvió a inquirir mi antiguo compañero de la secundaria, esta vez sentado frente a mí, mientras pasaba la mano derecha por su descolorida cabellera castaña.
—Pedite un café hasta que llegue Tomás, y ya vas a tener algo –respondí con una sonrisa irónica, que logró la primera muestra de descontento de mi viejo amigo.
—Listo, si vos creés que para poder charlar tiene que estar el Tano, lo esperamos.
Mi evasiva tenía fundadas razones. De antemano sabía que no existía una respuesta única a semejante pregunta, o por lo menos, no la había dentro de mí. Pero, de intentar descifrar el paradigma con la antigua filosofía de café que solíamos realizar, prefería que, para ello, fuéramos tres los que debatiéramos el asunto.
El equilibrio entre fuerzas permite explicar, muchas veces, no sólo pequeñas cosas de la vida. A tantos años vista, ninguno de los dos éramos ajenos a que ese había sido el motivo por el cual, desde que ingresó al Normal, Marcos siempre se movió en grupo.
Y, aunque circunstancialmente se le hayan agregado algunas patas, la mayor parte del trayecto lo recorrió de a tres.
Dante Nieto y Tomás Boselli —a quien esperábamos—, conformaron la primera integración de su mesa chica. Ese pequeño espacio en el que se resolvía todo. Desde dónde iban y con quién, hasta las controversias individuales que cada uno tenía en su vida privaba. Allí era el único espacio en el cual se debatían sus problemas, ante quienes se mostraban tal cual eran. Con el resto del curso existía, ni más ni menos, que una cordial y diplomática relación.
En un esfuerzo por hallar la razón de aquella trilogía, según lo conversaríamos poco antes de su desaparición, él mismo había encontrado fundamento en aquello que, esa tarde, yo intentaba utilizar. Siempre había uno, indistintamente, que equilibraba la balanza hacia la posición de alguno de los otros. Los conflictos encontraban la medida justa, y nunca salían de allí.
Al comenzar el penúltimo año del Normal ingresarían dos nuevos integrantes, desplazando de a poco a Dante. El cuarteto que formara mi interlocutor de aquella tarde con Tomás Boselli; Iván Pinedo, alias Palmera; y Alejo Contreras, o el Polaco; tendría a la postre significativas consecuencias en su personalidad, que la vida le llevaría a analizar en profundidad mucho tiempo después.
Disgustado con mi indeclinable posición de esperar a Tomás, Marcos se tragó el café de un sorbo y, mientras intentaba arrancar de mi mirada un viejo código, de esos que construyeron aquellos muchachos que fuimos mucho tiempo atrás, bajó su cabeza y, con la voz estrangulada, se dispuso a explicarme el por qué de nuestra presencia, nuevamente en aquel sitio.
Camino a su antigua casa, una vez que logró ponerse de acuerdo con el Ulises Gorjón sobre los detalles menores de su tarea en el periódico, comprendió lo mucho que, en su maduración personal, tuvimos que ver quienes alguna vez nos sentamos a su lado. Ello lo llevaría a sentir la necesidad de reencontrarse con aquel pequeño espacio que le brindaba un aguerrido sentido de pertenencia.
Más tarde entendería que la verdadera razón de juntarnos se escondía en sus propios temores a ser lastimado. No ya a la latente e invariable carencia de libertades, sino justamente, a los azotes de la libertad. Es que allí acotábamos la zona en la que éramos realmente libres y, por lo tanto, disminuíamos la posibilidad que tenían nuestros enemigos circunstanciales de manejar valiosa información sobre nuestras zonas más enclenques.
Para el momento en que sintió el frío de la mordaza en sus ojos, el Tano Boselli tenía una presencia intermitente y, paradójicamente, sus fieles camaradas éramos dos viejos amigos: Victoria Feijóo y yo.
De la información que disponía para realizar su propia crónica sobre lo sucedido, le faltaba mucho material que investigar, pero sobre todas las cosas, necesitaba reconstruir su propia historia.
La elección para que en el reencuentro estuviéramos quien jamás abandonó del todo su lugar en la mesa como Tomás, y yo, el único de la última composición con posibilidad de estar presente, tampoco fue antojadiza. Marcos me explicaría que había tenido algunas otras cosas más en cuenta para ceñir la convocatoria a nosotros.
En el trayecto que dispusieron sus custodios hacia su casa, la última vez que lo acompañarían, tomaron de contramano la vieja calle Podestá. Allí, la luz del Comité Demócrata encendida le permitía ver los dos grandes escudos en todo su esplendor. Ellos se mofarían de aquellos signos; a él, lo inundarían de melancólicas escenas del principio de la adolescencia.
Para que la idea del equilibro de fuerzas tuviera algún sustento, según sostuviera mi amigo, había que entender que las personalidades de quienes integramos aquel espacio eran casi antagónicas y, a pesar de ello, nos acompañábamos en las empresas que cada uno acometía. Así fue como, de la noche a la mañana, Marcos terminó haciendo política.
Recordaba, con incunable nostalgia, aquel momento. Esa vez en que invité a Dante, de linaje Demócrata, a una reunión del partido. La familia de Marcos también tenía cierta simpatía por los Demócratas, pero en realidad, tanto Tomás como él fueron a aquel encuentro para hacerle compañía al primero. Así comenzó su escueta historia con la militancia política partidaria.
El ejemplo que entre risas me brindaba mi amigo era la cabal expresión de la forma en que se manejaban las cosas en aquella particular sociedad de la que formé parte y, después de muchos años, me estaba convocando nuevamente.
Seguíamos charlando de nuestro pequeño encuentro en la vida política cuando, a paso lento y despreocupado, se acercaba Tomás con su pelos enrularos, un poco más oscuros en su castaño y tan corto como para que nadie recordara el apodo que tuviera cuando lo conocí de pequeño.
—¿Acá es la joda? —dijo, serio y con los ojos firmes, al pararse junto a nosotros.
—Puff, nos estamos descostillando de risa, sumate al fogón —le respondió Marcos.
—Ah no, a mí me invitaron al festejo de no sé que cosa, si no es acá me voy con la música a otra parte.
—Acomodate donde puedas que baile va a haber seguro —acoté sonriendo desde mi lugar.
El fortísimo e interminable abrazo que unió a aquellos viejos amigos por un largo rato me permitió meditar sobre mi presencia en el lugar. Hacía tiempo que había decidido no volver a allí y, sin embargo, otra vez me sentaba en la silla de mi pasado.
Luego de algunos años de enlutar soledades de quimera acepté regresar a la mesa de café con mis viejos amigos, como me lo pidieron. Aquella mesa chica que, en razón de mi ostracismo, había abandonado para siempre, me recibió comprensiva.
Lejos de consultárseme sobre mi pasado, Marcos y Tomás recordaron nuestras antiguas charlas. El siempre polémico tema de la política, la eterna ausencia de Bruno, y la morbosa pero clarificante manera de filosofar sobre la vida que siempre tuvimos.
Estábamos a punto de ingresar en el terreno escabroso que, en definitiva, nos había convocado. La conversación comenzaba a dar un giro de ciento ochenta grados y nuestras cabezas también. El ceño parco de Marcos invocaba nuestra clemencia y la seriedad con que debía tratarse su interrogante.
Aquella tarde de un agosto tan insensatamente sofocante y ventoso como nuestra presencia, en que el acondicionamiento del aire no lograba refrescar el sudor en la frente de mis compinches ni en la mía, el relato de quien por la casualidad en la que nunca creí, o por el designio del destino con el que tampoco comulgo, ocupó el cuarto lugar en nuestra mesa, me haría vivificar enlutadas nostalgias que mi mente olvidaba antes de que septiembre llegara con toda la furia del recuerdo.
No pocas veces a lo largo de la vida he tenido la vergonzosa sensación de revivir en historias ajenas. Ese, digamos, mecanismo de trascender más allá de la propia existencia, reposando en las vivencias de quienes, por contextos similares, cargaron con los mismos errores, aciertos y consecuencias.
Isaías Renicoff no formó parte de ninguna de las composiciones que, a lo largo de los años, supo tener la mesa chica. Fue, como todos los que pudimos ingresar en ella, uno más de los egresados del Normal de Harmondio. Era, más bien, de quienes en la adolescencia pululaban dentro del curso buscando un lugar que nunca encontrarían, realizando con dedicada labor las tareas escolares y llegando al final del ciclo lectivo sin mayores inconvenientes. En definitiva, de esos alumnos que pasan desapercibidos para los docentes y para sus compañeros.
Su relato nos dejaría perplejos a los tres, pero a mí me haría olvidar la sabrosa conjunción de mis adicciones al tabaco y al café, para rememorar en el sonido de su apagada voz, uno de los tantos ocasos de mi existencia.
—Yo sé que no me van a creer —comenzó diciendo El Ruso— pero hace unos días que me sequé.
Las risas con las que acompañamos su primera frase tendrían la misma duración que lo que tardara en llegar la segunda.
—Me quedé sin lágrimas, perdí la capacidad de llorar —aclaró. Mientras abría lo más grande que podía sus ojos, como queriendo mostrarnos que no mentía.
Jamás le habíamos prestado atención a nuestro interlocutor en lo que llevábamos de conocerlo, pero el silencio sepulcral se apersonó para colocarlo en un atril desde donde, luego de aquella revelación, nos entregamos a su discurso y a su lamento.
Acababa de consultar al oculista. Nosotros seríamos los primeros en conocer la verdadera causa de su mal y se lo notaba gustoso de ello.
Ni bien terminó sus estudios universitarios como contador, abrió una oficina en el centro de la ciudad. La crisis económica de principios de siglo lo dejó en la ruina y, aprovechando el bachiller docente que todos teníamos, tomó unas horas de contabilidad en el Parroquial.
Allí conoció a Mercedes Blanco, una joven docente de literatura que, tras varios desencuentros amorosos, encontraría en aquel joven de baja estatura y cabellos oscuros el remedio al martirio del pasado.
La personalidad de Isaías lo diferenciaba del resto. Aunque callado y observador, guardaba entre sus pertenencias más valiosas una sensibilidad que atesoraba en extremo.
La jovencita de cabellos lacios hasta la cintura y gesto angelical se enamoró en la primera charla. Fue más una idealización de aquel hombre que destruía el molde de lo conocido, que de la belleza con la que contaba nuestro antiguo compañero.
Tan pronto como la noticia trascendió en el Parroquial, que todavía mantenía algunas normas arcaicas, Isaías fue obligado a elegir entre su trabajo y la relación con la docente. No surgió duda en su cabeza a la hora de tomar una decisión. Se despidió de sus alumnos y partió a su casa, con el corazón alegre y los bolsillos vacíos. Ella iría a visitarlo la tarde siguiente y, desde ese día, comenzaría una vertiginosa mudanza que los encontraría viviendo juntos en menos de una semana.
La convivencia sería una película de amor en cámara lenta. A través de los sueños construirían un mundo para dos, sin límites espaciales ni temporales. El sabor de los anhelos incubados por años sería degustado en cada abrazo, cada gesto, cada mirada.
Los consensos se fundarían en base a proyectos en común a mediano y largo plazo. Sin fortuna pero teniéndose el uno al otro, cualquier utopía se tornaba posible. Así se propusieron formar una familia y educar a sus hijos.
Las disidencias no fueron pocas, pero cada una encontró la solución en el punto justo. Ni en su pensar, en el de ella. Allí reposaba la medida de lo posible.
Seguramente si las historias no tuvieran un pero, como la vida, no resultarían tan interesantes. Por esa razón cuando Isaías se detuvo, inspiró profundamente, agachó su cabeza, y en medio de un suspiro dejó escapar un “pero”, los tres abrimos nuestros ojos para degustar plenamente de esa parte del relato.
Fue el momento en el cual nos contó que, para poder levantar los cimientos de ese mundo sólo suyo, ella tuvo que derribar ciertas fronteras. Es que había sido educada bajo los lineamientos de cualquier familia de tradición católica, como todos nosotros, para la que una pareja es la unión de dos personas que se juntan por algo que llaman amor pero que termina siendo una lucha por el poder. Dispuesta a cambiar el destino asignado por quienes la precedieron, debió soportar la embestida de sus parientes que, prácticamente, la desterraron por hereje de la familia de la que provenía.
La confusión entre amor y sumisión llevaría a que, al momento de formalizar la relación, pasara momentos de verdadera zozobra.
En el maravilloso mundo de los sueños ingresaría una realidad irrefutable, el afuera. Un exterior que empezaría a determinar el camino. Ya no importaría tanto la opinión de Isaías, sino lo que “la mayoría” consideraba sobre las situaciones de la pareja, de sus proyectos, de sus vidas. Lo trascendente dejó de ser lo que ellos querían hacer, para transformarse en lo que para la mayoría estaba bien que se hicieran.
Así, aceptar se transformaría en sinónimo de coincidir y consensuar en el equivalente de acatar. El conflicto sería moneda corriente en lo sucesivo y el llanto volvería a los ojos de un muchacho que se exilaba en la noche buscando respuesta a una pregunta que jamás llegó a hacerse por completo.
La necesidad de encontrar momentos de paz los alejarían de a poco. Él sostendría como estandarte el reclamo insolente de volver a ser lo que habían sido cuando se conocieron. Ella, por su parte, comenzaría a realizar distintas manifestaciones sobre cuestiones que, necesariamente, debían modificarse para que la pareja siguiera subsistiendo.
El trabajo pasaría, sin tropiezos ni reparos, a ser prioridad de la nueva pareja. Primero para ella que, conjugando ingratos recuerdos de padecimientos económicos y mandatos enraizados, transformaría la pequeña morada en un salón de clases para aumentar los ingresos. Y luego él, que harto de las preocupaciones de Mercedes sobre la posibilidad de que les faltara dinero, tomó la decisión de focalizar sus energías en el ámbito profesional.
Las elecciones suelen proyectarse más allá de lo que somos capaces de percibir por nuestros cinco sentidos. El cambio de un modelo de pareja, con el reestablecimiento de lo que era prioritario, terminaría por trasladarse a la personalidad de Isaías que incorporaría características propias de su labor, para convertirse en un hombre pragmático, frío y calculador.
Pocos meses antes de juntarse con nosotros, regresando del trabajo, Isaías se encontró con un amigo de la infancia. Su antiguo compinche cruzó de vereda corriendo y lo abrazó fuertemente, pero él, sólo palmeó su espalda.
Aquel viejo amigo, según nos contó, le dijo que lo notaba distinto. No por los años, ni por el tiempo, sino porque ya no era la persona que había conocido. Su respuesta estuvo cargada de egoísmo al sostener que la vida nos cambia, que así son las cosas y punto. Cada uno continuó el camino prefijado como si jamás se hubiera cruzado con el otro. Isaías recorrió los últimos metros hasta su casa intentando encontrar, en la cobarde justificación del tiempo, asilo a su mentira.
Una semana antes de nuestro encuentro su mujer lo abandonó.
De una larga lista de las cosas que, según ella la habían llevado a tomar la decisión, lo más llamativo fue que le dijera que había dejado de ser el hombre sensible que conociera.
Durante esa semana Isaías se había quedado sólo, encerrado en su casa. Y aunque estaba destrozado, indignado y malherido, no había podido llorar.
No era falta de dolor. Sentía en su pecho un tortuoso apretón que no lo dejaba respirar por momentos. Pero la lágrima no surgía como expresión del tormento.
Tirado en la cama buscó una explicación a la lágrima perdida. La necesidad de llorar se le hizo cada vez más terrible y desquiciante. Así fue cómo terminó esa tarde en el oftalmólogo, quien no encontró ninguna anomalía en sus lagrimales.
En definitiva, como terminó diciéndonos, en el mundo de las mayorías los hombres estamos criados para no llorar y a lo largo de su relación de pareja él lo había aprendido a la perfección.
Con Marcos y Tomás cruzamos las miradas. Nuestros ojos estaban humedecidos. Contuvimos un llanto más extremo por respeto a nuestro seco compañero.
Cuando Isaías se levantó para irse me ofrecí a acompañarlo hasta la puerta. Reposan todavía en mi memoria las últimas palabras que intercambiamos camino a la salida.
—Ya volverán las lágrimas cuando te vuelvas a encontrar con el que eras —dije.
—Yo pensaba lo mismo. Pero no hay un camino de regreso, siempre vamos hacia delante, no tengo que encontrarme con el que fui sino con el que quiero ser –me respondió.
Vuelto a sentarme en la mesa de las minorías, tomé el vasito con soda que sirven junto al café y brindé con mis amigos, con el orgullo intacto, a la salud de nuestras diferencias.
Y allí nos quedamos nosotros, otra vez juntos, recordándonos. Es que cada uno, desde su propio lugar, se ha quedado seco en algún momento. No fui el único que vivió en su piel y en sus ojos la historia de aquel muchacho, a todos nos sucedió.
Marcos desquitaba sus nervios con el labio inferior y Tomás empezaba a mirar con su vieja costumbre de mirar el reloj cada dos minutos.
—Me pegó duro che –comentó el Chapa Verdú, mientras se tiraba el pelo hacia atrás.
—Y, el pibe está como para escribir un tango —intentó quitarle dramatismo, un raramente chistoso, Tomás.
—Es que no tiene nada que ver, pero me hizo acordar mucho a los momentos en que estaba en el pozo y me volvía loco. Y hubiese pagado por tener el escape de las lágrimas, pero había que bancársela.
Con Tomás nos miramos asombrados. Marcos apretaba los dientes, con los ojos abarrotados de lágrimas que no dejaba caer.
—Lo que te tenés después de la nada es tu propio desahogo. Animate a llorar, Chapita –contesté a la pregunta que me hiciera al llegar, con la voz suave y cautelosa.Nuestro amigo no quebró en llanto como lo esperábamos. Volvió a masticar aquellos recuerdos del pasado cercano por los que nos había convocado y, cuando terminó de tomar la enorme taza de café con leche que había pedido, nos agradeció la presencia en el lugar y se despidió, hasta pronto.
sábado, 3 de enero de 2009
Información Clasificada
Aunque pretendamos aislarnos de ciertas realidades, jamás formará parte de un camino auspicioso mentirnos a nosotros mismos. O como dirían los locólogos: recurrir a una negación para desconocer algo de lo que no queremos hacernos cargo.
Creo que incluso si lo hubiésemos querido registrar de entrada, no hubiéramos podido. La mentira no fue más que un acto reflejo. Un mecanismo de supervivencia, por así decirlo.
Tomás, que acababa de sentarse y miraba hacia la barra y buscaba a alguna de las mozas para pedirle un capuchino, se dirigió a nosotros y preguntó:
—¿Fue por esta fecha, no?
Marcos y yo conversábamos sobre la ausencia de Bruno. Ante la consulta de nuestro amigo nos miramos. Ninguno le respondió. En definitiva, había pasado a formar parte de cada uno de nosotros, mientras mantuviéramos inalterablemente olvidados aquellos días.
—Déjense de joder: pongan sobre la mesa lo que están hablando, si no me voy —dijo Tomás al percibir cierto recelo en participarlo de nuestros recuerdos.
Y tenía razón. Lo estábamos excluyendo de vivencias que sentíamos sólo nuestras.
Es que pocos meses antes del suceso, como si lo presintiera, había vuelto a frecuentar a Bruno. Aquel muchacho tímido y siempre predispuesto, con el que supe compartir el banco de la secundaria en varias oportunidades. Su vida seguía tal cual la había dejado cuando nos separamos. Era un estudiante modelo, un hijo aplicado y un gran laburante. Los vestigios de una enfermedad que le descubrieron cuando finalizaba nuestro paso por el Normal lo volvían a atormentar.
Su gesto estaba parco, y la vida se le notaba cansada, aunque no bajaba los brazos. Nos propusimos unir sus conocimientos y los míos para formar una sociedad comercial mientras tenía licencia en su trabajo. Le entretenían los retos y mi propuesta lo sedujo.
Unos meses antes del hecho me había encontrado con Marcos. Aquel joven que, por esos días, daba clases en la universidad y andaba preocupado por una citación de la justicia para que prestara testimonio sobre su investigación, retornaría a mi vida por este acontecimiento.
Sería justamente él quien se comunicara conmigo para avisarme de la situación.
—Bruno está complicado, lo internaron de urgencia y Fausto me pidió que te avisara —me alertó, en su primer llamado.
Tomé nota de los datos del lugar donde estaba internado nuestro compañero de secundaria y me comprometí a visitarlo.
Empezaba agosto y, al regreso de unas mini vacaciones que me debía, me encontraba con un sinnúmero de cuestiones por resolver. Eso me llevó a comunicarme con Marcos para saber sobre la evolución de nuestro amigo. El parte era confuso: mejorías poco duraderas, rechazo a las mismas drogas, pero la esperanza permanecía intacta.
La última semana del mes, obviamos las comunicaciones telefónicas y nos volvimos a encontrar. Conversamos sobre la salud de Bruno y el tema del juicio que lo preocupaba, mientras hacía tiempo hasta que llegara la hora en que tuviera que ocuparme de aquello que me llevaba a regresar semanalmente al pueblo que me viera nacer.
Aquel día él lo visitaría. Me contó que la recuperación avanzaba satisfactoriamente y, por lo tanto, pronto podría vérselo en la comodidad de su casa.
Septiembre se aventuraba con el cólera del olvido. Cada uno de los muchos que lo supimos querer nos negamos al recuerdo cuando, de pronto, su internación se prolongó más de lo previsto.
En lo personal me perdoné varias veces el no haberlo visitado. Luego de aquel veintiuno de agosto, ya no podría.
Ese día recibí un nuevo llamado, en esa ocasión del propio Fausto Leal, padre de mi viejo compañero de cursada. Me comentó que lo último que se podía probar se lo habían dado, y había que esperar una semana para ver cómo evolucionaba. Nuevamente me invitó a que concurriera al sanatorio. Mi compromiso esta vez tuvo día y hora, pasaría por allí dos días después, cerca de las 19:00.
Sobre aquellas idas y vueltas fue que murmurábamos con Marcos. Esos que me llevaron a no poder despedirme en vida de quien supiera compartir conmigo muchas horas de banco en la secundaria. Sólo como los demás, darle último adiós el día siguiente, casi a la media noche, vestido para la ocasión, en la funeraria de la calle Lafinur.
Le conté a Tomás de qué se trataban nuestros cuchicheos. Él asintió con la cabeza y se quedó pensativo. No era, ni por asomo, un muchacho verborrágico como Marcos y yo. Más bien introvertido, medido al referirse a su vida privada y la de los demás, nos llamó mucho la atención cuando comenzó a hablar sobre el tema que ocupaba nuestra atención.
—Los entiendo, chicos, pero me parece que ustedes se empeñan en recordar el final y olvidan el principio.
Había otra realidad trágica. Ninguno de nosotros sabía casi nada sobre la vida de nuestro difunto amigo. Recordarlo nos remontaba a las pocas horas escolares, a su inteligencia, a algún cumpleaños compartido. No más que eso.
La historia que nos contaría Tomás nos dejaría, por un lado sorprendidos, por el otro, satisfechos. Abrir, a tanto tiempo del suceso, un diario íntimo que nos permitiera ver una vida secreta para nosotros, convocaría al asombro. Saber que había vivido más de lo que creíamos, habría de complacer el alma de quienes añorábamos para él algunos años más sobre la tierra.
Para situarnos temporalmente, Tomás preguntó si recordábamos que, antes de nuestro viaje de egresados, Bruno se había operado. Ambos lo recordábamos, esa era la fecha en que había empezado su problema.
Recto en su silla, escribió sobre una servilleta el nombre de Alejo Contreras, ese personaje particular que integrara la mesa chica en algún momento, al que ninguno de nosotros veía desde hacía años.
—No se olviden de este nombre —dijo.
Con Marcos nos miramos sorprendidos y, durante el silencio de nuestro amigo, intercambiamos gestos, moviendo las manos con los dedos juntos y estirando nuestras caras, convencidos de que nos estaba jugando una broma de mal gusto. No había ninguna relación posible entre Bruno y el Polaco Contreras, más allá de la escuela.
La paciencia nunca fue una de mis mayores virtudes y, alarmado por el condimento que acababa de agregarle a la ensalada Tomás, lo increpé duramente y le exigí que comenzara de una vez con lo que tenía para decir.
Nuestro amigo dibujó una sonrisa tímida en su cara, me pidió que lo aguantara con un gesto de su mano y, luego de tomar un sorbo de café, empezó a relatar una historia en la que, aunque todos estuvimos presentes, ninguno la conoció ni percibió salvo él.
Es que promediando el año de nuestra graduación, cuando sucedieron los hechos, nuestra preocupación estaba en juntar el dinero para el viaje de egresados que haríamos en septiembre. Entre la rifa, el bingo y la otra estupidez, no reparábamos en las cosas realmente importantes.
Bruno se había hecho unos estudios que le encontrarían unos quistes en los ganglios de la espalda. Esa información se haría pública a pocos días de que su madre retirara los exámenes.
Tomás me recordó una charla que mantuvimos con Bruno cuando, enterados de su enfermedad, con los muchachos decidimos invitarlo a bailar para que se olvidara del asunto. Tuve que esforzarme por recordarla, también de ello me había olvidado.
Como portavoz del grupo me había tocado convencerlo de que aceptara acompañarnos. No fue una tarea fácil. Era un joven solitario, reticente a las salidas y los lugares que nosotros solíamos frecuentar. Fue en esa charla en la que me comentó de la posible operación que le permitiría, tal vez, curarse.
Tal como lo recordara el orador, nos pasamos las dos horas de Lógica fuera del aula conversando sobre ese asunto. Bruno esperaba un consejo de mi parte y yo, opinólogo por excelencia, le recomendé que lo hiciera. Su siempre firme e inmutable mirada me respondió acongojada, sin más convencimiento que el que tuviera al aceptar salir con nosotros el sábado siguiente.
La pregunta de Tomás sobre si recordábamos algo de aquella noche en el boliche me llamaría la atención. Pero no la de Marcos, que respondió rápidamente:
—Sí, había una ex novia tuya, de eso me acuerdo —le dijo, riéndose a carcajadas.
No era la respuesta que buscaba. El dato no dejaba de ser importante. Todo el curso al que pertenecía Florencia Soria, a quien se refería Marcos, estaba presente esa noche. Lo que remarcó varias veces Tomás antes de continuar.
De las características personales, algo que nos diferenciaba era nuestra noción sobre la puntualidad. A ello recurrió nuestro amigo para recordar que, cuando cada uno fue llegando al lugar, Bruno ya estaba allí. Con Marcos nos quedamos pensando, intentando remontarnos a ese momento, hasta que él volvió a quebrarse en una carcajada y, agarrándose el estómago con una de sus manos y señalándome con la otra, dijo:
—El primero en llegar tenés que haber sido vos, nadie que conozca puede llegar a ningún lado antes que vos, olvidate.
—Eso es muy posible —afirmé.
A lo que Tomás, el único que se mantenía serio de los tres, giró su cabeza hacia mí y poniendo en su mirada más preguntas que en sus palabras, me dijo:
—Siendo vos el primero en llegar: ¿Lo encontraste sólo a Bruno?
La memoria suele tener selectividad en razón de la importancia y, como me sucediera con la muerte de mi compañero, también en virtud de la angustia que nos haya producido cada suceso. Convencido, respondí afirmativamente a la pregunta, para llevarme una gran sorpresa sobre mi errática certeza.
Según narraría Tomás, esa noche Bruno se cruzó con Daniela Tapia, una de las compañeras de su antigua pareja, quien se acercaría hasta nuestro solitario amigo, para quedarse conversando con él hasta mi llegada.
—Es cierto —acotó Marcos—, cuando llegué Bruno me preguntó su nombre porque no lo sabía, tenés razón.
—Sí —dijo y continuó—: lo que pasa es que cuando llegamos todos nos ubicamos en el fondo, donde estaban las mesas. Ahí ella volvió con su grupo por un rato. Pero si hacen memoria se van a acordar que después vino, nos saludó a todos, y se quedó dando vueltas por ahí.
Sería difícil saber si aquella jovencita de baja estatura, cabello enrulado, cobrizo y ojos castaños se acercó hasta nuestra mesa o no. Es que todas sus compañeras pasaron por el lugar. Ella no tendría, por lo tanto, por qué no haberlo hecho. El motivo que Tomás decía que fomentaba su presencia cerca nuestro, nos llamaba la atención. Le hicimos notar nuestra disidencia con la mirada, pero no lo interrumpimos en su relato.
Bruno también sería el primero en irse, de eso sí nos acordábamos los tres. No era habitué de los boliches y, cerca de las 2:00, se retiró sin despedirse de nadie más que de mí, único del grupo que permanecía junto a él en la mesa.
Dos días más tarde su madre le comentaría que lo había llamado una señorita, cuyo nombre no recordaba. No tardaría mucho en develar el misterio, ya que al día siguiente, al sonar el teléfono, podría saber que, quien lo buscaba, era Daniela.
Él recordaba a aquella muchacha de rojiza cabellera, pero no la asociaba con su nombre. Ella se sabría hacer identificar a través de las notas de su voz dulce. Tomás había sido, a través de Florencia, quien le facilitara su número. Bruno se enteraría de ello al día siguiente por la tarde, cuando se encontraran en un café del centro de la ciudad.
La Cueva era el Bar donde solíamos juntarnos a tomar café en nuestra adolescencia. Allí se encontraron aquella tarde de julio. Bruno había llegado más temprano, aprovechando la salida para comprar unos apuntes de historia.
Cuando la vio entrar a Daniela los ojos se le encendieron como se enciende la vida. El olvido cubrió su enfermedad y los miedos a la operación pasaron a segundo plano. El café, ya frío, tenía el dulce sabor de una bocanada de aire puro y libertario. Había muerto el descrédito que se tenía. Es que hasta ese momento estaba convencido que todo había sido una broma de algún idiota que había querido divertirse a su costa. Pero no, ella era real y estaba por sentarse frente a él.
Le llamó la atención todo lo que sabía sobre su salud. Pero más aún que se preocupara por ello. Compartieron un café conversando sobre sus vidas, aunque como ninguno la consideraba interesante, los silencios compartidos fueron más que las palabras.
Ella le consultó sobre las fotocopias que tenía que sacar, lo que terminó llevándolos hasta la fotocopiadora que quedaba a unas cuadras de la escuela.
Habiendo caminado tanto en busca de los apuntes, Daniela le haría notar que la noche estaba cayendo. Su casa quedaba lejos y debía tomar un colectivo cuyo recorrido era largo. Se dirigían hacia la estación cuando los oídos de nuestro amigo recibieron el reclamo de no haberle concedido una pieza de baile.
Lo cierto es que no era ducho en las artes de la danza, pero sí en las de la lógica. Rápidamente respondió que cuando quisiera podrían hacerlo, pero que prefería otro tipo de salidas, como el cine. Ella aceptó gustosa la propuesta y fijaron para el sábado siguiente la salida.
El jueves Bruno conoció al cirujano que lo operaría. El doctor Vicente Perratta era un hombre distante, seco y egocéntrico. Les dio garantías, a Bruno y a su madre, de que la operación sería un éxito.
Como lo habían acordado, La Cueva fue, otra vez, el punto de encuentro entre los chicos al anochecer del sábado siguiente. El viaje hasta la capital se hace corto cuando las soledades se hayan acompañadas. Ni siquiera notaron haber subido a la formación del tren que ya estarían bajándose. Ella dejaría en sus manos la elección de la película que terminó siendo una comedia estadounidense, fiel al estilo de mi compañero.
La salida no hubiese estado completa si no la invitaba a cenar. Pero el presupuesto de mi amigo era exiguo. La siempre salvadora casa de comidas rápidas que uno puede encontrar a donde sea que vaya se convirtió en una salida diplomática y austera. Allí, hamburguesas y papas fritas mediante fue que, entre bromas y comentarios sobre los conocidos de ambos, Bruno sacó coraje de todo su metro sesenta, se levantó de la silla, caminó hasta ella, tomó entre sus manos los pómulos enrojecidos por la sorpresa de la señorita y la besó tiernamente.
Los besos se repetirían durante el resto de la noche y la madrugada hasta el regreso a Harmondio.
Durante la vuelta pactaron que no darían a conocer su relación en el colegio. Para poder llevar acabo esa empresa debieron contar con la complicidad de la madre de nuestro compañero, quien permitiría que los encuentros clandestinos se realizaran en su casa.
El miércoles siguiente, cuando cada uno llegó por su lado a la esquina de Centenario y Dematey, donde él vivía con su madre y su hermana menor, la dueña de casa les avisó que Bruno tenía que prepararse para internarse esa misma noche. Daniela volvería hasta su casa y al día siguiente viajaría hasta el hospital donde él se internaría. Tras una eterna despedida, ella prometió verlo antes de que entrara al quirófano.
La internación se realizó pasadas las ocho de la noche. Lo acomodaron en su habitación, le indicaron una comida liviana por la anestesia que recibiría y lo dejaron junto a su madre, para que durmiera.
Al despertar, cerca de las seis de la mañana, los nervios se apoderarían de Bruno. La ansiedad mezclada con el miedo que, por todos los medios intentaba esconder, terminaron haciendo explosión ese día. Mucho lo ayudaría que permitieran el ingreso de sus familiares, pero no pudo evitar notar la ausencia de Daniela.
Una hora más tarde la enfermera del piso se encargaría de indicarle las pautas del aseo prequirúrgico, entregarle la bata y colocarle el suero.
La despedida de Bruno en su camino a la sala de operaciones podría asimilársela a quien parte hacia el exilio o a vérselas con el fusil. Acostado en la camilla, recibió un beso y un abrazo entre lágrimas de su madre, el fuerte apretón de su padre, una caricia con sabor a condolencia de su hermana menor, y la palmeada del hermano mayor. Ese sería su último recuerdo, al llegar al quirófano el anestesista se encargó de dormirlo hasta próximo aviso.
Tras tres horas de cirugía, las puertas del quirófano se abrieron y Bruno fue llevado a una habitación del cuarto piso.
Al despertar pudo ver que junto a él sólo estaba su madre y reclamó la presencia del resto de la familia y de Daniela. El médico de piso explicó que sólo podía haber un familiae directo. La terquedad de nuestro compañero logró que los dejaran ingresar en tandas de dos.
El doctor Perratta volvería por la noche a ver a su paciente, justo en el momento en que Bruno estaba acompañado por su hermana y Daniela. Fue entonces que el médico le dijo que si sobrevivió a la operación había sido sólo por su fuerza de voluntad y sus ganas de vivir.
Bruno estiró su brazo y señaló a la jovencita pelirroja que se encontraba sentada a su lado, y le respondió que ambas cosas se encontraban en ella. El médico sonrió y asintió con la cabeza, en silencio.
Al día siguiente lo trasladaron a terapia intermedia y, luego de pasar dos días en sala, puedo volver a su casa.
Con la decisión tomada de que ya era tiempo de dar a conocer la relación que lo unía con Daniela, Bruno salió a caminar por la ciudad con su pareja y el primer compañero que se cruzó fue, por desgracia, Alejo Contreras. Él fue el escogido para ser el portavoz de la buena nueva.
En ese momento, el Polaco Contreras formaba parte de la mesa chica, junto a mis interlocutores e Iván Pinedo. Hacia la casa de éste último se dirigió con el chisme y, como con las novias de todos, su opinión sobre el asunto fue la misma.
—Si se la pudo ganar ese, yo me la gano caminando —argumento.
Eso pensaba de todas las mujeres, a quienes trataba como bienes intercambiables y, para peor, las de sus amigos lo tentaban de una manera especial.
Por supuesto que Iván, lejos de llamarlo a la reflexión sobre lo que pensaba hacer, le festejó la picardía.
Así fue como el sábado siguiente en El Carajo, aquel boliche donde sabíamos juntarnos, y al que Bruno no asistió pero Daniela sí, como lo hacía cada sábado junto a sus compañeras de escuela, debió enfrentarse a la estupidez innata de Alejo.
Ese adolescente alto, rubio, de ojos claros y el ego sobredimensionado por su abultada billetera, se lanzó a la caza de la pelirroja ni bien la vio ingresar en la pista de baile. Todos fuimos testigos de aquella cacería menos Bruno. La presa no resistió ni la primera embestida. Murió en los brazos del cazador que se colocó frente a ella, bailó un cuarteto y, antes de que terminara la canción, disparó directo a su boca.
Alejo se llevaría de El Carajo un trofeo más. Bruno se enteró al día siguiente que el amor de su vida se iría para no volver, bajo el nefasto escudo de un “te amo, pero te tengo que dejar”.
Cualquiera de nosotros, según lo conversamos en cuanto Tomás llegó a esa parte de su relato, hubiésemos reaccionado de forma parecida ante semejante frase. Pero de ninguna manera como lo hizo nuestro difunto compañero.
Ciertamente disentíamos en cuál de las dos opciones que, para nosotros, eran las únicas posibles hubiésemos tomado. Desde mi orgullosa posición y mi noción del amor, le hubiera exigido que si realmente me amaba no me hubiese engañado, mientras que mis interlocutores habrían esperado el momento conveniente para ir a buscarla a los lugares que, sabían, frecuentaba.
Bruno escogió sin dudas un camino que ninguno de los tres sería capaz de transitar. Su grito de amor desconsolado y eterno lo volcaría en largas misivas que escribiría hasta el día anterior a su deceso.
En todas ellas reclamaba el perdón por no haber sido lo que ella esperaba de él, por no saberla amar, por no complacerla. Tomás no había querido destruir su esperanza, y supo guardarlas hasta aquel día haciéndole creer que llegaban a destino.
Seguramente él sabía la verdad. De otra forma habría sobrevivido como lo hizo cuando tuvo que enfrentar la muerte años atrás.
Cuánto de vida le habremos quitado a nuestro compañero por negarnos a reconocer que lo suyo no era más que el peor mal del que puede enfermarse el alma. Ingratamente, allí sentados, descubrimos que en aquella época de afectos globalizados, entre nosotros quedaba un hombre dispuesto a dejarse morir por amor.
Ya no debimos, ni pudimos, ni quisimos negarlo. Por más que hubiese sido el peor golpe de nuestras vidas haber perdido a un par, él se había propagado más allá de su vida. Es fácil admirar a un rebelde, sólo hace falta esperar que alcance un poco más que su simple rebeldía. La historia está llena de rebeldes que sólo lograron hacerse notar y nada más. Qué complejo es admirar a quienes, con perfil bajo y el corazón alerta, sólo han buscado trascender más allá de su propia existencia aferrados al más noble y eterno sentimiento, aún vencidos.
domingo, 7 de diciembre de 2008
Polvo de estrellas
Hace unos días mi piba se me sentó en la falda. Siempre es lindo cuando la nena de uno se le vuelve a sentar encima de las piernas como cuando era potrilla.
No sé por donde, pero desde algún rincón se había filtrado mi pasado atolondrado. Esa juventud en la que aquella mezcla de pelotudez, idealización y calentura nos hacían ver, a mis amigos y a mí, los más grandes amores en una tierna mirada, en un escote pronunciado o en la palabra adecuada, según el caso.
La sencillez con la que el único amor incondicional que me dio la vida se dispuso a pedirme que le contara una de las historias que, según le habían dicho, sabíamos recordar en las charlas de café, me incomodó más de la cuenta.
Ella estaba floreciendo. Tan sólo reclamaba, a su manera, alguna noción de aquello que desconocía y que le tocaría vivir.
Al igual que en mis tiempos de piratería, pensé que tenía dos salidas: enfrentar la situación tal cual me la estaba planteando o buscar una diplomática salida y quedar como un perfecto cagón delante de mi hija. Las canas nos llevan a hacer razonamientos un poco mas complicados. Una tercera vía apareció ante mí, como mandado la locomotora a limpieza.
Le pedí que se sentara en frente, para mirarla a los ojos y, como lo hacía cuando era tan sólo un bebe, contarle una historia, esta vez, que había vivido. Ella se acomodó con la sonrisa plena y los ojos alertas.
Y ante el más maravilloso de los silencios que me ha regalado, escribí en sus oídos esta historia.
Cómo se conocieron, no lo recuerdo. Lo cierto es que se conocieron. Ella andaba perdida por el mundo, aunque si la escuchabas parecía que se había encontrado hacía muchos años. Su vida se movía lenta pero armoniosamente, como ese carrusel de la plaza de los dos congresos, ese que todavía tiene los caballos de la época de tus abuelos en el mismo estado en el que ellos los montaron.
Tan estructurada estaba la vida de Rocío Laudino Gómez alrededor de su familia, su novio y el Instituto que, cuando él apareció, su torre de babel recibió, justo en el centro, la estrepitosa colisión de un pequeño avioncito de papel de anotador, al mando de un terrorista de lo socialmente establecido, con un efecto tres veces más destructivo que el provocado en las torres de New York.
Jeremías Fredes la triplicaba en vida, no así en edad. El castigo de su aventurada insensatez para apresurarse a quemar etapas se le notaba en lo ojos. Su mirada era profunda y pensativa, intensamente sagaz y conflictuada. Si la mudez le hubiera llegado a tiempo para quitarle, al menos por un rato, la verborragia que sólo aminoraba cuando acercaba sus labios en la búsqueda del filtro de un cigarrillo, cualquiera habría podido entenderlo a través de sus pupilas.
Había nacido, como todos los del grupo, en un barrio de la provincia. De esos que en las tardes de verano tenías que correr sobre la tierra caliente para llegar a la esquina sin quemarte y, en las de lluvia, nadabas entre el barro hasta la puerta de su casa. La vida lo pondría del otro lado de la General Paz, un poco por estudios, otro poco por laburo, o porque se pudrió de viajar apretado en el tren a la ida y a la vuelta y se gastó un mango, poco antes de recibirse, para irse a vivir a un departamentito en la capital. Pero cómo extrañaba su pueblo, siempre lo decía. A él le gustaba caminar por el centro y saludar a su gente, sentirse parte. Es que en la capital uno es un número más, y allá, cada uno era un ser humano al que se lo saludaba, se lo respetaba, se le preguntaba cómo andaba y se le daba una mano si estaba en las malas.
Ella todavía podía mirar las estrellas desde la terraza de su casa. Es que eso también tiene la provincia. Cuando uno se aleja unos kilómetros del smog de la gran metrópoli el cielo es más claro. No es para decir ¡La puta, puedo sacar una foto con mis retinas de todas las constelaciones! Pero al menos no tenés esa inmensa nube negra que, junto a las terribles torres de quince, treinta y dentro de poco ciento setenta pisos, no te dejan ver ni la Cruz del Sur.
Y, a todo esto, la mejor parte de la conversación entre estos dos antagónicos peregrinos de soledades, fue sobre las estrellas.
Me olvidaba. ¡Cómo me voy a olvidar de algo tan importante si a eso iba con que él vivía en un barrio! De chiquito nomás, se le había dado por meterse en la cabeza que todo tenía que tener un por qué, como se nos da a todos a determinada edad, pero a éste nunca se le fue. Y así le nació una profunda vocación por buscarle a todo un razonamiento lógico. De esa lógica que a uno hace mucho le enseñaban en la escuela, media al pedo si a mi me preguntas porque podía partirse de premisas verdaderas y llegar a una conclusión supuestamente lógica pero muy pelotuda, como el ejemplo que una vez dio un profesor de Pensamiento Científico del CBC, sobre que “todos los perros eran tres cruces” y que eso era una conclusión lógica, si se partía de dos premisas verdaderas, tales como: “Todos los perros son salchichas” y “todas las salchichas son tres cruces”. Sí, yo pensé lo mismo que me dijera mi hija ese día en el aula, “Hay cada estúpido dando clase”.
El tema fue que a raíz de esta maravillosa aptitud por intentar encontrarle a todo una vuelta de tuerca, explicando hasta la boludez más insignificante desde lo racional, se tornó excesivamente hincha pelotas para los pendejos que lo rodeaban y que, en su adolescencia les importaba menos que un carajo lo que era lógico o no. Entiéndase, este muchacho fue adolescente en los años noventa y sus pares estaban marquetineados a más no poder. La preocupación más importante era ver como hacían lógicamente para sacarle un mango a los viejos y comprarse la pilcha que se ponía de moda por dos o tres meses, o el último CD de la bandita yanqui que por seis meses hacía furor hasta que algún empresario la trajera al país y llenara un par de estadios, pero no por explicar la vida lógicamente, eso era cosa de viejos pelotudos. Así se ganaría un apodo en muy buena ley: “El Jodido”.
De todas formas no era tan jodido el pibe, había que tenerle paciencia, nada más. Si yo hoy puedo contarte esto es porque me banqué algo más de tres horas de una explicación minuciosa, detallada y esclarecedora de todo lo que sucedió. Y si, fue bastante larga y tediosa la cosa, si se me hubiera ocurrido que te lo iba a contar algún día hubiese tomado nota, pero no me avivé y así fue como me olvidé como había sido que estos dos se encontraron en la vida.
Lo que me mató fue el tema de las estrellas, esa parte me quedó grabada como si hubiese estado ahí. Pero lo más gracioso es que ninguno de los tres estuvimos.
Y acá es donde me vuelvo a putear por no acordarme cómo carajo fue que se conocieron. Porque de ahí debería partir para que todo cierre redondito, redondito. Sino no se entiende bien, pero intentaré darle una forma más o menos entendible porque para mi está más que claro, incluso, sin poder entenderlo.
Ella vagaba entre la sinuosa tempestad del conformismo y la excitante pero tenebrosa idea de la revolución. Hacía al menos de cinco años que, una o tal vez dos veces a la semana, se veía con la misma persona, con quien mantenía una relación que tenía la seguridad de poder sostener a costa de la angustia y el quilombo permanente. De los roles familiares, esos que todos sabemos que jugamos, era la tercera en discordia. La típica hija del medio que se desvivía por la toda familia, esforzada por rescatar el amor de su padre, abocado a su hermana menor, y batallando con el primogénito edípico al que la madre le rendía pleitesía. En la larga y tediosa búsqueda de su imagen de mujer cayó en los brazos de otro de los estigmas sociales y fue recogida por el sistema de hacedoras de madres en el Instituto de formación docente. Su vida parecía el recorte de alguna revista de los años cuarenta.
En el otro lado del Ring se paró El Jodido. Siempre meditabundo se rascaba el agujerito que le hacía la sonrisa en cachete y, con uno de sus más turros razonamientos te la mandaba a guardar de una. La primera trompada fue directa a la ñata. En un abrir y cerrar de ojos la tenía arrinconada contra las cuerdas haciéndola pensar sobre qué mierda hacía quejándose de la relación que tenía con su novio y del rol que ocupaba en la familia sin hacer nada para modificarlo.
Mientras el Couch le limpiaba la sangre ella argumentaba: “Estoy bien, estoy bien”.
Desde el otro extremo, Jeremías le hacía una seña al banco para que no la mandaran de nuevo y tiraran la toalla, pero ella insistía con volver. Cuando la vio levantarse, envió a su asistente a que ofreciera que, si ella estaba convencida de que eso era lo que quería pero no tenía la valentía de hacerse cargo, él ofrecía tirar su toalla y así resolver la cuestión. No fue aceptado y el round continuó.
Quizás por despojo, tal vez para hacerle entender la situación de una vez por todas, El Jodido lanzó un gancho al hígado haciéndole notar que su negación lo único que hacía era llevarla por el mismo camino duplicando el sufrimiento. Ya que, por un lado, se hacía mala sangre y vivía quejándose sin disfrutar lo bueno que tenía y, por el otro, soportaba aquello sin hacer nada para modificarlo. Otra vez Rocío se derrumbó en la lona. En esta ocasión lo que hubo que secarle fueron las lágrimas. Ya sin dudarlo, él se acercó a su esquina, tomó la toalla y la arrojó con fuerza. En ese momento ella pegó un salto y corrió hacia el trapo, lo tomó con su brazo extendido y se lo devolvió, luego cayó rendida en el Ring.
Él le ofrecería su mano para que se levantara, pero ella sólo lo utilizaría para ayudarse a sentarse. Ahí se quedaría, con las piernas entre cruzadas, observándolo.
A esa distancia el porte del Jodido era monumental. Se profugaba un silvido de sus labios mientras a su mirada se le negaba el placer de coquetear con los ojos que la buscaban desde abajo. Poco después sus piernas se empezarían a mover lentamente al rededor de aquella mujer, como si se tratara de una imagen sagrada a la cual se le ruega el asilo de sus oídos. Durante un largo tiempo aquello se transformó en un simple monólogo dónde mi amigo escupió la sangre coagulada que guardaba en lo más profundo de las entrañas.
Pudo entonces, tras un largo letargo, hallar un momento sublime de paz. La respiración se le hizo más larga y profunda, se puso frente a ella y reparó en sus ojos. Su sonrisa era sincera y la mirada explotaba en un suspiro de admiración y gozo.
La recorrió nuevamente y, una vez detrás de ella, se dejó caer en la lona. Apoyo su espalda contra la de ella y, desde allí volvió con uno de sus complejos y rebuscados razonamientos sobre la vida. Eso que alguna vez habláramos entre nosotros café de por medio, de que la vida sin sueños no tiene sentido, se lo planteó a la piba que, por ese tiempo, tenia una vida más cuadrada que tapa para pastelito de membrillo. En flor de quilombo la metió cuando ella respondió que su sueño era recibirse.
Ahí nomás, le dijo que cerrara los ojos y le dijera algo que le gustara mucho. Ella le contó que le encantaban las estrellas, que las miraba desde la terraza de la casa ¡Para qué! Bueno, no tenía por qué saber que el otro era tan jodido si apenas lo conocía, pero le tiró un centro que después no lo iba a poder sacar del ángulo ni porque achicara el arco. Jeremías era jodido pero no boludo, así que pego el salto y cabeceó. Le pidió que le relatara alguno de sus encuentros con las estrellas, pero que se lo hiciera sentir, como si estuviera ahí.
Roció no tenía mucha cancha en eso de expresar lo que sentía. Así que muy escuetamente, casi por complacerlo, en esa idea que tiene el común de la gente de que hay que quedar bien con todo el mundo porque sino se enojan y eso hace que uno se sienta mal, como si no fuera peor hacer cosas de compromiso en vez de decir que no y listo, le contó una noche en el campo y como vio el cielo muy estrellado.
Claro, lo de jodido, ya te lo dije, lo tenía ganado con creces. Si cualquiera se hubiese ofendido porque le dijeran que no querían contarle algo y lo hubieras arreglado contándole cualquier boludez menos lo que él pidió, este muchacho no era de esos. Luego de aclararle este punto, se despachó con su interpretación de cómo debió haber percibido desde los cinco sentidos esa noche campestre.
En el momento que él comenzaba su relato, describiendo como percibía por sus ojos la luminosidad de las estrellas, como su piel percibía la brisa de la soledad de la noche, mientras el silbido del viento rebotaba en los tímpanos humedecidos, percibiendo el aroma fresco de la gramilla virgen y degustando el sabor de la libertad, pudo sentir como ella lo vivenciaba en su cuerpo que se estremecía a su espalda.
Para tranquilizarla la invitó a girar sobre su eje y enfrentarse. Ella lo dudo bastante, demasiado.
Ya era tarde, habían empezado a apagar las luces del estadio y El Jodido decidió pararse. En cuanto lo logró ella lo tomó de una pierna y le pidió que no se fuera, que volviera a sentarse, esta vez, delante de ella.
Lo hizo, es cierto, pero no sin antes despacharse con una elocuente cátedra sobre la histeria.
Aunque me cueste creerlo, uno siempre duda de la objetividad de aquel que cuenta su propia vivencia, pero aunque yo por El Jodido sería capaz de someterme a la Justicia que el Poder Ejecutivo, perdón, que el independentísimo Consejo de la Magistratura dispusiera, se me hace por lo menos complicado esto de dar por cierto que él, junto a ella, se mantuvo en silencio diez minutos. Dejaré el espacio para la duda, ese que todos tenemos garantizado, por lo menos hasta que a alguno de los que tenga el deber de proteger esa garantía le tiemble la mano, es que el frío que llegó desde el sur les hace temblequear el sillón, la exención de los réditos y el retiro.
Decía entonces que, supuestamente, estuvieron contemplándose en el más absoluto silencio por unos minutos. Luego Jeremías comenzaría con una apuesta aún mayor que la anterior y la invitaría a soñar con llegar a las estrellas.
Su cara lo diría todo. Ella no estaba dispuesta a soñar con imposibles. El retruque sería al mejor estilo de mi complicado amigo. Tras una risa sarcástica le hizo un planteó tan lógico como jodido sobre la base de que los sueños se basan en cosas irreales, que la idea de soñar es justamente la de tener la posibilidad de alcanzar en los sueños cosas que en la realidad son inalcanzables y que ha sido gracias a que hubo gente que se animo a soñar cosas que eran irrealizables que, luego, se transformaron en realidad. Rocío asintió con la cabeza, desganada.
Muchas veces pienso que no era jodido nada más. Algo de sadismo tenía que haber en el replanteo de sus conjeturas. Eso pensé cuando me contó que, después de que ella le diera la razón de compromiso, siguiera argumentando su postura.
Arrancó entonces preguntándole si ella no se creía capaz volar. Que se fijara cómo el hombre había tenido la precaución, al hacerlo, de mantener un pie en la tierra al que le había dado el nombre de “radar”.
Si fuese machista, que de hecho lo soy bastante, diría que en esa parte del encuentro los roles estaban cambiados. Él fue complicado como una mina y ella, por lo que sigue, pragmática y resolutiva.
Y claro, llegó un momento donde tanta vuelta para acá y para allá con los sueños la pudrieron y dijo lo que le pasaba. Ahí nomás le cantó las cuarenta. Era un cúmulo de miedos la mina y eso de soñar, dejarse llevar por los sueños, le terminaba pareciendo muy bonito pero en la práctica demasiado pelotudo. Tenía todo pintadito en su vida y, podía ser cierto que como artista plástica dejaba mucho que desear, que tampoco estaba dispuesta a ir a clases básicas de dibujo siquiera, como para corregir sus obras. Pero lapidar la seguridad que le daba el mamarracho conocido por algo intangible, era lo más parecido a suicidarse.
Ella intentaba terminar de explicarle con exquisita precisión la demencia del soñador que vive fuera de los parámetros que establece la sociedad cuando Jeremías la invitó a salir del mundo de los cuerdos. Le tapó los ojos con sus manos y le pidió que no se las quitara de ahí. La besó profundamente y juntos viajaron a la María del medio, la estrella a la que ella le pedía sus deseos en las noches que pasaba en la terraza de su casa.
Todo se veía distinto desde allí. Ya no había ni personas por quien preocuparse, ni lógica a que recurrir, eran simplemente dos, que se animaban a cumplir sus sueños juntos.
Lastima que también eran dos seres humanos y, como tales, animales de costumbre. Ella lo consultaría sobre cómo seguir, él respondería que los sueños se hacen para soñarse mientras no se conviertan en una pesadilla.
Hace algunos años que el grupo le perdió el rastro a Jeremías, es posible que se haya asentado y tenga una casita en la María del medio. Como tu abuelo era aficionado al boxeo supe acompañarlo a los eventos pugilísticos, siempre buscando aquel round en que una tal Rocío y mi amigo, El Jodido, se volvían a enfrentar y éste la invita a morder el polvo de estrellas.
-¿Y los encontraste? -Me preguntó mi hija con los ojos desconsolados.
-Alguna vez, cuando vos no tenías un año todavía, cansado de buscarlos, me mudé por unos días a la maría del medio. En mi corta residencia descubrí que, por ese tiempo, cuando ambos cerraban juntos los ojos, aparecían allí.
-¿Estaban soñando entonces?
-No, estaban buscando el lugar donde completar la pelea.