Alejado de aquel mundo de luchas quiméricas, en el feroz y absurdo emprendimiento del olvido, Marcos intentaría aferrarse a una labor servil y despreciable que le asignaran desde la intendencia en aquel periódico que ya conocía.
No sería el único. Yo tiraría por la borda una aparente coherencia sostenida en el tiempo y, encontrando la excusa suficiente en algunos ideales guardados para el momento preciso, doblaría mi apuesta respecto de mi militancia política en Harmondio.
Jamás tendré la certeza sobre si lo que realmente me llevó a tomar la autopista cada viernes y pasar el día completo en el pueblo en que crecí fue mi ideología, la vocación de servicio o las interminables horas de discusión en ámbitos que no eran los propicios.
Desde un par de años a esa fecha cumplía una función técnica en el Comité Demócrata. Mi alejamiento de la arena política había tenido que ver más con realidades ajenas que con propios desengaños. Es que entre las muchas cosas que los años me permitirían ver, la historia de mi vida estuvo marcada por un hecho. Una y otra vez entregué, por voluntad de terceros y durante un tiempo más o menos prolongado, la lucha por mis ideas.
La aparición de aquel amigo, que reclamaba reencontrarme para encontrarse a sí mismo, se trasformaría en la razón perfecta para volver a mi esencia.
De esa manera, los viernes por la tarde, cuando Marcos terminaba su horario de trabajo en La Gaceta quedarían, en adelante, como el momento de encuentro entre nosotros.
Faltaban, todavía, un par de lustros para que me enfrentara por primera vez a un tribunal oral. Y aunque las situaciones fueron antagónicas, también aquella vez que oficié ante los Magistrados de La Merced tuve la sensación de revivir la tarde que Marcos se sintió injustamente juzgado.
Aquel encuentro tendrá el ingrato sabor de la intolerancia. Cada uno cargaba, en su propia cuenta, con un contexto basado en certezas reveladas. Despojarnos de ellas ha sido, sin duda, la mayor dificultad a la que nos hemos enfrentado.
Con Marcos llegaríamos pasadas las 17:00 a La Cueva, un antiguo café en el cual nos juntáramos durante nuestra adolescencia y al cual mi acompañante había pedido volver aquella tarde para ayudar a su memoria.
El Tano Boselli nos esperaba con la cara larga y los ojos frustrados. Después de explicarle que la demora se debió a un cambio en el recorrido para visitar a Dante en su negocio, nuestro amigo respondió con un reproche:
—¿Por qué no me avisaron así íbamos todos?
En silencio, y haciendo caso omiso a su reclamo, llevamos nuestras miradas hacia el mostrador en busca de alguien que nos atendiera.
Los regresos suelen tener un condimento intrínseco y, por lo general pernicioso, que estamos acostumbrados a sintetizar con la palabra nostalgia. Y, por más que asistíamos al reencuentro con un sitio que sentíamos profundamente propio, la tristeza melancólica por lo perdido, por lo pasado, o por lo vivido, ocuparía la cabecera durante buena parte de la jornada.
El que más sentiría el impacto de la regresión sería, sin dudas, Marcos. No era en vano, él no había vuelto a pisar ese lugar desde su liberación. Quizá debió haber tenido en cuenta el shock que podía producirle aquel sitio al convocarnos, pero no lo hizo.
—Esto está igual, hasta el colorado que atiende las mesas está idéntico –dijo, intentando escapar al malhumor de nuestro amigo.
Era cierto. Tal y como lo habíamos dejado, el bolichito se mantenía inerte al paso del tiempo, de los cambios de dueños y gobiernos. Los que estábamos diametralmente transformados éramos nosotros y la reacción de Tomás lo pondría de manifiesto.
—¿Y? ¿Tu compañero de facultad te aclaró las cosas más que nosotros, por qué no lo trajiste?
El trasfondo de la chicana era imperceptible para cualquier circunstancial interlocutor que se sentara en nuestra mesa. De hecho, estuve a punto de interceder en favor de Marcos y burlarme de los celos de nuestro antiguo compañero. Un momento más tarde comprendí que su ofensa se debía a que se habían juntado dos de los integrantes de la histórica trilogía sin convocarlo. El costo que terminaría pagando por ello sería excesivamente caro.
Aunque estemos convencidos de ciertas cosas, cuando nos obligamos a sacar de contexto a las personas para mantener nuestra certeza, estamos equivocados. Era previsible que mi boca no se mantuviera cerrada ante una discusión entre mis amigos. Tomás solía ser medido y cauto en sus apreciaciones, pero en mí, la razón no tenía lugar cuando se enfrentaba con mis afectos. Allí primaba una errónea concepción de la sinceridad basada en las pasiones. Incauta y generosamente entré en el juego al que, sin avisarme, me sometiera el más silencioso de mis interlocutores de aquella tarde. Recuerdo textualmente la frase que explotó sobre la mesa.
—Estos comunistas de mierda que nos gobiernan son todos iguales.
Tomás recorrería un terreno que desconocía, el político. Aunque no resultaba evidente a primera vista, su objetivo era que la discusión no lo tuviera como partícipe necesario.
—¿Comunismo! Si este gobierno es comunista yo me hago liberal —respondió Marcos riendo, mientras giraba su cabeza hacia mí esperando una respuesta a su sarcasmo.
Ante la mirada de mi amigo, cerré los ojos e hice un movimiento negativo con la cabeza, mientras sonreía socarronamente, desacreditando en silencio la afirmación de nuestro compañero de mesa. Luego volví a abrir los ojos y, levantando la mano, le marqué que no le respondiera, que me permitiera hacerlo a mi.
—Para el inconsciente colectivo, estos personajes representan a la izquierda Nacionalista de los setenta, por eso lo dice —di fundamento a la idiotez planteada por nuestro interlocutor, intentando mediar en la cuestión.
Marcos clavó su mirada en mis pupilas y apretó los dientes con la boca aún cerrada. Detrás de ese iris podía verse una antigua disputa personal que masticaba entre sus pensamientos. Si en algo nos parecíamos era en no poder contener las pasiones respecto de nuestras ideas.
—¡Dejate de joder! –gritó, mientras hacía temblar la vajilla sobre la mesa, a la que le pegó fortísimo golpe con su mano izquierda justo cuando la jovencita que nos atendía se acercaba a preguntarnos si íbamos a pedir algo más.
No pude soportar la carcajada al ver el estupor dibujado en la frente de aquella morocha que, tras dar un pequeño salto hacia atrás, se quedó estupefacta con los brazos al cielo, los ojos alertas y la boca entreabierta, en el más ingrato de los silencios.
Los tres le ofrecimos nuestras disculpas, cada uno a su manera y por su parte y, como para compensar el mal momento, el Tano se pidió un café liviano para él, un americano para mí, y el histórico café con leche para el sobresaltado Marcos, sin consultarlo con nadie.
Mi mente se alejaba de la discusión acompañando con la mirada a la mesera que, todavía aturdida, nos observaba cada tanto, sin detener su paso.
—Pobre flaca, que susto se pegó —dije, compartiendo un pensamiento, pero sin volver mis ojos hacia la mesa.
—No te digo yo, estos zurdos son todos quilomberos –dijo Tomás, no contento con lo sucedido.
Quien se haya repetido para sí mismo que a veces es peor el remedio que la enfermedad, sabrá que sobre ello sólo puede tenerse certeza una vez que se ha cometido el error.
Era, o en aquel momento que empezaba a anochecer me parecía evidente, que mi función debía ser la de encontrar el punto de encuentro entre las posturas de mis amigos. Eso fue lo que intenté cuando, desde mi ignorancia, quise explicarle a Marcos por qué nuestro amigo decía esas cosas.
—No te enganches. La mayoría de la sociedad piensa la misma boludez. Confunden la confrontación permanente y el autoritarismo de este gobierno con el socialismo —le dije.
Por supuesto, mi aclaración estuvo de más. Pero ayudó a que nuestro repatriado amigo se remontara a un pasado que compartimos.
—¿Hasta cuándo me vas a seguir pegando con lo del autoritarismo? —me reclamó con la voz lastimada.
Sus ojos se habían despojado de la ira que expresaran un rato antes. Buscaban en mí aquella coherencia sobre la que pregoné a lo largo de todo el camino que compartimos.
Giré la cabeza para ver a mi otro compinche y, en silencio, me paré mientras encendía un cigarrillo.
Mis amigos se miraron extrañados ante mi repentina caminata. Una y otra vez, recorrí los tres pasos que distanciaban la pared en que se apoyaba el respaldo del sillón en el que había estado sentado junto a Marcos y el final de la butaca en que se encontraba Tomás, frente a nosotros.
Detenido frente a la mesa, apagué el cigarrillo y, aún parado, sosteniéndome con una mano a cada lado del tablón, argumenté con la mayor de mis firmezas:
—Los regímenes totalitarios son y serán autoritarios, por derecha o por izquierda, Chapa.
—¡Me cago en tu democracia! Fue este gobierno el que chupó, no uno que llegó por la revolución popular, ¿eh? —me respondió, nuevamente enfurecido.
Mientras volvía a mi asiento en silencio, con la duda en el pecho y en los ojos, sobre si no sería mejor irme hasta que el tiempo se encargara de remediar aquello que yo no podía, Marcos lanzó una frase, con la voz profundamente suave y calma, que convocaría al diálogo.
—No creas que me olvidé de cómo los Demócratas achican las doctrinas que le dan a los militantes para que conozcan y profesen, pero lo que me jode es que me condenes porque pienso distinto.
La curvatura de mi cuerpo se tornaría tan pronunciada que mis codos dejarían la mesa para buscar apoyo sobre las piernas. Cada palabra de Marcos me haría empequeñecer un poco más.
De su mochila sacaría una historia que nos unía más allá de nosotros mismos y, en definitiva, nos haría comprender qué hacíamos allí.
Ese era el lugar en el que compartió el primer café con Agostina Tuzzio, su mujer. Lo había podido recordar dos días atrás, al tropezar con una de sus publicaciones en La Gaceta.
Cuando dejó caer sobre la mesa el recorte con el que se había encontrado, pude ver una gran bandera Demócrata colgada en la plaza principal de la ciudad. Creí recordar la situación en que había sido tomada y nada tenía que ver con su pareja. Y, aunque me carcomió una angustiosa ansiedad por verificarlo, no tomé la vieja hoja del diario que estaba frente a mí. Preferí mantenerme callado, contemplando la paz que había conseguido abrazar el gesto de Marcos.
Desde mucho antes que conociera a la viuda y, a raíz de ello, comenzaría la investigación sobre lo sucedido en la quinta ubicada en El Cañón y Padre Falucho. Nuestro amigo mostró algunas excentricidades para su edad.
Masticando la undécima medialuna de grasa, comenzó un relato que, a primera vista, estaba fuera de lugar.
De todas formas, tanto a Tomás como a un servidor nos divirtió mucho escucharlo narrar nuestras salidas a El Carajo, y aquella característica suya al momento de conquistar una mujer.
Es fantástico cuando la mirada retrospectiva de nuestras vidas nos permite reírnos de ciertas cosas. Y ciertamente Marcos se mofó de sí mismo. A tal punto lo hizo, que lograría que Tomás dejara de mirar su reloj por un largo rato.
—Se me podía cruzar una conejita Plaboy que le daba el debate político —afirmó entre risas.
Su broma sintetizaría la realidad. Por aquel tiempo, Marcos no se fijaba en una mujer que le despertara una simple atracción física. Pero, poco antes de chocarse con la dama del eterno luto, su exigencia empezaría a ser mayor.
El tiempo lo iría llevando hacia otros sitios, con otra gente. Las bibliotecas, los archivos y los organismos gubernamentales se convertirían para él en lugares tan rutinarios como la propia escuela.
Hasta allí llegarían nuestras risas. La nostalgia tomaría la infructuosa curva de la duda y se estacionaría sobre sus lágrimas de dolor y destierro. Era tarde para traerlo al mundo de los incrédulos y pronto para detener un duelo con su propio pasado.
El eterno camarero, que presenciaba la escena desde la barra, le susurró alguna cosa imperceptible a la morocha a cargo de nuestra mesa y se acercó con una nueva ronda de café.
—La casa invita —dijo el pelirrojo, con una sonrisa espléndida.
Marcos alzó la mirada hacia él, y lo siguió con la vista mientras se alejaba de nosotros. Su mirada y su mente dejaron el lugar en la mesa por un par de segundos, durante los cuales, ni Tomás ni yo nos animamos a romper el silencio.
Un rato más tarde nuestro amigo se incorporaría en su asiento y, mientras se disculpaba por haberse colgado recordando para sí algunos momentos vividos en aquel lugar, ordenaría sus pensamientos, a costa de generar un gran caos en los nuestros.
Con la voz pausada pero todavía rasposa y tragando saliva al final de cada punto y aparte de su discurso, comenzó retomando el asunto del distanciamiento del grupo y el acercamiento a otros lugares y otra gente, la necesidad de juntar información sobre la investigación que, por aquel tiempo, empezaba a realizar.
Pero hubo una tarde, cuyos hechos el tiempo había guardado sólo para su memoria, que Marcos relataría con la exactitud de haberla repasado un millón de veces cuando temió por su vida.
Las escalinatas del palacio municipal tienen, según su propia cuenta, veintidós escalones. En el último de ellos se apostó aquel día, luego de cumplir lo acordado con la empleada del departamento jurídico del municipio.
La realidad se tornaría impiadosa. Bajando las escaleras hacia él, con la cabellera castaña y los ojos marrones, lo enfrentaría como el amor mismo, sin vueltas.
Era una muchacha encantadora, con quien, llamativamente no compartía ningún pensamiento político.
Conociendo sus discrepancias ideológicas, olvidó el motivo de su visita y cualquier vestigio sobre sus ideas, para embarcarse en la osadía de conquistarla. Tomó coraje mientras sentía cómo su corazón se detenía para, bruscamente, recordarle que estaba vivo. En la incoherente búsqueda del razonamiento que le permitiera encontrar ese punto en que se hace posible, simplemente pensar en nada, comenzó a subir las escaleras a su encuentro.
Un par de segundos más tarde estarían frente a frente: ella, su corazón y él. Pero no fue así. Una ronca voz que partía desde el interior del municipio gritó:
—No te vayas, Agostina, volvé.
En un destello de lucidez ajena escuchó que sus labios, a los lejos, murmuraron una frase parecida a esta:
—No voy a estar por un tiempo, vení dentro de una semana.
Momento en el cual, como un suspiro, se perdió en el aire y en su boca.
La tristeza en su alma sospechaba de él. Lo juzgaba, como siempre, trágica e inhumanamente en su recorrido hacia la nada. Porque no podría haber más que eso acabado el amor.
Tibias lágrimas de encierro carcomían su ideología. El sentimiento que, batido a duelo había mostrado ser infinitamente más fuerte, corroía su cerrojo. Nada quedaba de él después de sí mismo, era cierto. No existía una sola idea que valiera doblegar su angustia por encontrarse reflejado en la mirada de aquella niña al menos un segundo.
En la sofocante palidez de la habitación que transformó en estudio para su labor investigativa, pudo encontrar asilo a su congoja. Derramó dolorosos pensamientos en sus anotadores, escapando de una depresión a la que había asfixiado.
La soledad agoniza mientras nuestra libido esté focalizada en algún punto que, aunque sea intelectualmente, logre colmarnos. La pugna que la revivió modificaría sus pálidas concepciones sobre la vida.
Atesoraba el bagaje de ideas sobre los cuales reflexionaba cada día. Mucho le había costado comprender la pasión que se impregnaba en la lucha. Le fascinaba y atraía, pero desconocía la noción de amor como expresión de entrega, de despojo. Y al razonarlos le parecían complejamente parecidos.
Tras una larga lista de conceptos, trazó una raya sobre la hoja. Utilizando un método de análisis que había aprendido en las clases de lógica, buscó una conclusión que clarificara su desorden. Con la proximidad de la cena encontraría la respuesta en un sistema analítico más simple que el aplicado.
Las llamas de su corazón y de su sexo reclamaban consuelo en la mayor expresión del sentimiento. Pero era ese mismo auge el que nutría sus venas de una feroz necesidad de descubrirse, de cuestionarse, inquirirse y, al fin de cuentas, conquistarse.
Al día siguiente, al salir del Normal, convocaría a la mesa chica para una reunión de máxima trascendencia. Tomás recordaba aquel encuentro, del que yo no participé pues todavía no integraba el selecto grupo.
Marcos le haría notar al eterno integrante de la trilogía que, tanto él como Alejo Contreras estaban en pareja la tarde del mitin. Un movimiento afirmativo con la cabeza le daría la razón y, por la velocidad que utilizó el Tano para hacerlo, pudo entenderse que le indicaba que se apresurara en terminar la historia.
La referencia a quienes, de aquella mesa de cuatro, mantenían una relación de pareja tenía un por qué. Marcos sabía que Alejo no lo comprendería, era poco lo que compartirían sobre la noción del amor. Con Tomás la situación era distinta. Pero, como suele sucedernos, nuestra necesidad de contención, de compartir los sentimientos nos excede, y terminó por exponerse al grupo en pleno.
Con Iván Pinedo desatendiendo a una charla que no le interesaba, y acotando alguna estupidez que provocaba la risa del resto de los presentes, todos volverían a coincidir en un punto. No debía mezclar la política y el amor.
Al caer la noche Tomás tendría que, como de costumbre, abandonar anticipadamente la charla para encontrarse con su pareja. Eso provocaría que Marcos terminara el día en compañía de Alejo e Iván.
En silencio, su soledad pedía resguardo dónde fuera. Y aquellos muchachos le ofrecerían, como muchas otras veces, la posibilidad de volver a encerrar sus sentimientos al calor de las pasiones tarifadas. Sorprendentemente, su negativa se haría esperar más de lo acostumbrado.
Cuando aferramos las certezas a la mirada ajena nos arriesgamos a que nuestro convencimiento se diluya en función del circunstancial interlocutor. Con la partida de Tomás había quedado en minoría y esa pequeña sociedad a la que sometía sus decisiones lo encontraba débil. Acompañado por un charlatán, que prefería la seguridad de una pareja estable a quién engañar con quien se le cruzara, que cruzarse con su pareja y un solterón al que le gustaban más las mujeres de reputación bien ganada que ganar reputación conquistando una mujer.
La sordera es camino cuando el hombre no puede verse a través de sus ojos. A pesar de todos sus artilugios para convencerlo, lograría evadirse. Y, con las ganas intactas de complacerlos, se despidió deseándoles lo mejor para esa noche.
Los tres volverían a sus casas para la cena. Pero en la de Alejo sucedería algo que modificaría la noche de todo el resto del grupo. Su padre tenía una estrecha ligazón con la dirigencia Nacionalista del distrito y, a consecuencia de ello, traía un regalo para su primogénito.
Aquella noche hacía su presentación en una discoteca de las afueras del partido, un grupo de cumbia que estaba de moda. Octavio Contreras le entregaría a su hijo un talonario con diez entradas para que invitara a sus amigos, recordándole que ese día empezaba a regir la ordenanza que ponía un límite a la nocturnidad.
Con las entradas en la mano, Alejo caminó la cuadra que lo separaba de la casa de Marcos y logró convencerlo. No sería difícil contar con la presencia de Iván, pero sí con la de Tomás que, tras consultarlo con su novia, rechazaría la invitación. Mi faltazo no se debió a la falta de ganas, sino a una actividad prefijada. Me encontraba, junto al resto de los muchachos de la Juventud Demócrata, colgando pasacalles en contra de la medida del ejecutivo local, que obligaba a la gente a acostarse a la hora que el gobierno disponía.
Mi negativa, recordó Marcos, produjo un inconveniente. Contaban con el auto que mi padre solía prestarme para llegar hasta el lugar del evento. Nunca supimos por qué Alejo no usaba el suntuoso importado que tenía en el garaje. En el pequeño Fiat del tío de Iván, emprenderían su marcha cerca de la media noche.
Las inmediaciones de la Semana de Mayo y Ayres estaban atestadas de simpatizantes del grupo bailantero. La fila para entrar era de, por lo menos, un kilómetro. Por supuesto que las entradas del hijo del poder los harían pasar sin inconvenientes y ubicarse en un lugar favorecido.
El recital se desarrollaría con normalidad ante un público bullicioso y descontrolado, pero claramente superior a la capacidad de aquel pequeño sucucho.
Los tres muchachos decidirían salir antes que terminara el recital por la falta de oxígeno en el lugar, pero desde la calle pudieron observar lo que todos conocimos al día siguiente.
Cuando el grupo de música tropical se despedía, los simpatizantes se dirigieron al unísono hacia la puerta. Desde el kiosco, pegado al local, mis compañeros de la secundaría pudieron escuchar los gritos, los pedidos de auxilio y el bramar de un marea humana que pretendía abrirse paso para llegar a la calle.
El rumor de que la banda firmaría autógrafos, la puerta de emergencia cerrada, el hecho de que había demasiada gente y que cuando terminó el show faltara el aire, produjo una avalancha incontrolable. Un centenar de fans se desplomaron sofocados y fueron pisoteados por el resto, lo que provocó fracturas, desmayos y dos víctimas fatales.
A todo esto mis viejos compañeros seguían tomando una cerveza en la puerta y contemplando, estupefactos, el morboso espectáculo.
Aunque el hecho estuviera olvidado, ese no fue un día más para la sociedad de Harmondio.
La noche siguiente, enterados del suceso, la Juventud Demócrata organizaría un festival en un local bailable del centro de la ciudad. La consigna general era rechazar la medida del cierre de los boliches, pero también, la falta de control del municipio sobre el local Planeta Shao, donde se produjo la tragedia.
Con la boca llena de la sangre cuajada de un chico de dieciséis y otro de catorce años, el Intendente intentaría detenernos.
—O se van por las buenas o les cierro el local —amenazó Omar Ahmed.
—Hubieses clausurado Planeta Shao y hoy no cargarías con dos muertos más en tus espaldas. Andá que yo controlo a los pibes —le respondería el ex concejal Joaquín Hidalgo.
Ahmed confiaba en la palabra de aquel joven muchacho de baja estatura y cabellos engominados, aunque no en lo que podíamos hacer los que estábamos adentro. Con la soberbia de aquellos que tienen comprada su impunidad, se retiraría diciendo:
—Está bien, que se diviertan, yo tengo que ocuparme del quilombo de anoche.
Recuerdo haberle preguntado a Joaquín a qué se refería. Me respondió que ya lo iba a entender, y así fue.
Como recordó Marcos durante nuestra charla, mientras Tomás se despedía en razón del horario, aquel festival tuvo otro hecho importante para nosotros.
Yo era uno de los encargados del reparto de la panfletaria partidaria. Pequeños volantes que explicaban que el intendente, en presencia de un año electoral, había lanzado una estúpida guerra contra la nocturnidad, obligando a todo lugar recreativo nocturno, a que cerraran las puertas a las tres de la mañana.
Cerca de las 2:00 dejé en manos de otro de los muchachos del partido esa labor y me tiré a descansar en un rincón.
Una señorita de baja estatura se acercaría hasta mí para conversar sobre el asunto. Marcos lo recordaba porque estaba a unos diez o quince metros del lugar.
—¿Te acordás quién era esa chica? —me preguntó.
—La historia es tuya, querido, ponele el nombre que quieras —dije entre risas.
Aquella mujer que se llegara a mi lado con su sonrisa indemne, los ojos agrietados y un castaño lacio que corcoveaba entre sus hombros, para sentarse a mi lado, convocaba nuestras lágrimas.
Victoria Feijóo no venía de un pasado ligado a la política, pero a lo largo de la vida hemos compartido grades razonamientos a través de nuestras diferencias. La política tiene esas cosas de encontrar en el consenso diario acuerdos que duran para siempre. Y la primera cuota de claridad me la brindaría esa misma noche, al darme el primer envión para sacarme una duda que había guardado para más adelante.
—De los pibes que murieron en Planeta Shao, olvidate. No van a hacer nada –dijo con un convencimiento que logró sorprenderme.
—Hoy se inició una causa, lo van a investigar —dije con firmeza, mientras giraba mi cabeza hacia ella.
La mirada aquella adolescente, que mecía su cabeza al escucharme, me trataría de ingenuo. Un breve silencio le dio espacio para meditar su respuesta. En realidad, la forma de expresarla sin hacerme quedar como un perfecto idiota.
—Acordate, en unos días nadie va a hablar de ellos, eran pobres –dijo, con una voz suave y complaciente, y los ojos abiertos.
No lo logró. Mi enojo por aquella afirmación no puedo ser mayor. La traté de fascista, hice una elocuente defensa de los derechos humanos y de justicia para todos. Luego me levanté irritado y la dejé sola.
Ella se acercó hasta mí y me ofreció sus disculpas. Marcos recordaba con exactitud lo sucedido. No comprendí en ese instante la claridad de su memoria. Me explicó que, durante su cautiverio recordaron más de una vez aquella noche.
Hoy ella no puede estar junto a nosotros para recordarlo. Marcos fue liberado y, por lo que me comentara, le dijeron que ella está bien. Pero desde que lo sacaron del pozo no volvió a verla. La impunidad de los inquisidores trasciende los juzgados federales y la posición económico-social.
Lo importante es que volvimos a juntarnos para recapitular, cuantas veces fuera necesario, la historia que los llevó a ambos a ese lugar. De allí partiremos para, esta vez, mostrarle a nuestra amiga que existen vínculos que doblegan el pulgar de cualquier gobernante de turno.
Para que vuelva a estar entre nosotros aquella joven que nos enseñara que, si los muertos hubieran sido nuestros amigos, la historia hubiese sido distinta. La ciudad, como entonces, sigue entregando hombres a manos de la justicia divina y excluyendo sus causas de la justicia pagana. Simplemente los olvida, por disidentes o pobres, lo mismo da.
domingo, 18 de enero de 2009
Sangre Coagulada
Etiquetas:
"mesa chica",
amigo,
amor,
avalancha,
bailanta,
bailantero,
boliche,
coagulada,
cuento,
cuentos,
desaparecido,
impune,
impunidad,
injusticia,
justicia,
muerte,
politica,
sangre,
tragedia,
vida
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario