Su pregunta ingresaría por mi espalda como una daga afilada, incisiva y mortífera.
—¿Qué podés hacer cuando no te queda nada? –cuestionó, detrás de mí.
No giré mi cabeza. Permanecí sentado, inmóvil, presagiando que en unos instantes me acompañaría en la mesa. El reclamo de una respuesta rápida llegó antes de que pudiera verlo a la cara.
Mi silencio debió alarmarlo. El Chapa Verdú venía en la búsqueda de respuestas y, las dudas que me acompañaban eran muchas más que las certezas.
Sus ojos estaban decrépitos. En un sollozo paupérrimamente mudo reclama mi auxilio. Sus manos, sobre la mesa, no encontraban consuelo. Se juntaban y alejaban sin razón aparente. El insensato nerviosismo con el que llegaba a un encuentro que él mismo planificó, resultaba insólito. Claro, los hombres libres seguiremos creyendo que el temor a las sombras sólo cabe a los niños.
Marcos había adquirido aquel miedo mucho antes de que se lo llevaran y debí recordarlo.
—Y, ¿Qué hacemos cuando no nos queda nada? –volvió a inquirir mi antiguo compañero de la secundaria, esta vez sentado frente a mí, mientras pasaba la mano derecha por su descolorida cabellera castaña.
—Pedite un café hasta que llegue Tomás, y ya vas a tener algo –respondí con una sonrisa irónica, que logró la primera muestra de descontento de mi viejo amigo.
—Listo, si vos creés que para poder charlar tiene que estar el Tano, lo esperamos.
Mi evasiva tenía fundadas razones. De antemano sabía que no existía una respuesta única a semejante pregunta, o por lo menos, no la había dentro de mí. Pero, de intentar descifrar el paradigma con la antigua filosofía de café que solíamos realizar, prefería que, para ello, fuéramos tres los que debatiéramos el asunto.
El equilibrio entre fuerzas permite explicar, muchas veces, no sólo pequeñas cosas de la vida. A tantos años vista, ninguno de los dos éramos ajenos a que ese había sido el motivo por el cual, desde que ingresó al Normal, Marcos siempre se movió en grupo.
Y, aunque circunstancialmente se le hayan agregado algunas patas, la mayor parte del trayecto lo recorrió de a tres.
Dante Nieto y Tomás Boselli —a quien esperábamos—, conformaron la primera integración de su mesa chica. Ese pequeño espacio en el que se resolvía todo. Desde dónde iban y con quién, hasta las controversias individuales que cada uno tenía en su vida privaba. Allí era el único espacio en el cual se debatían sus problemas, ante quienes se mostraban tal cual eran. Con el resto del curso existía, ni más ni menos, que una cordial y diplomática relación.
En un esfuerzo por hallar la razón de aquella trilogía, según lo conversaríamos poco antes de su desaparición, él mismo había encontrado fundamento en aquello que, esa tarde, yo intentaba utilizar. Siempre había uno, indistintamente, que equilibraba la balanza hacia la posición de alguno de los otros. Los conflictos encontraban la medida justa, y nunca salían de allí.
Al comenzar el penúltimo año del Normal ingresarían dos nuevos integrantes, desplazando de a poco a Dante. El cuarteto que formara mi interlocutor de aquella tarde con Tomás Boselli; Iván Pinedo, alias Palmera; y Alejo Contreras, o el Polaco; tendría a la postre significativas consecuencias en su personalidad, que la vida le llevaría a analizar en profundidad mucho tiempo después.
Disgustado con mi indeclinable posición de esperar a Tomás, Marcos se tragó el café de un sorbo y, mientras intentaba arrancar de mi mirada un viejo código, de esos que construyeron aquellos muchachos que fuimos mucho tiempo atrás, bajó su cabeza y, con la voz estrangulada, se dispuso a explicarme el por qué de nuestra presencia, nuevamente en aquel sitio.
Camino a su antigua casa, una vez que logró ponerse de acuerdo con el Ulises Gorjón sobre los detalles menores de su tarea en el periódico, comprendió lo mucho que, en su maduración personal, tuvimos que ver quienes alguna vez nos sentamos a su lado. Ello lo llevaría a sentir la necesidad de reencontrarse con aquel pequeño espacio que le brindaba un aguerrido sentido de pertenencia.
Más tarde entendería que la verdadera razón de juntarnos se escondía en sus propios temores a ser lastimado. No ya a la latente e invariable carencia de libertades, sino justamente, a los azotes de la libertad. Es que allí acotábamos la zona en la que éramos realmente libres y, por lo tanto, disminuíamos la posibilidad que tenían nuestros enemigos circunstanciales de manejar valiosa información sobre nuestras zonas más enclenques.
Para el momento en que sintió el frío de la mordaza en sus ojos, el Tano Boselli tenía una presencia intermitente y, paradójicamente, sus fieles camaradas éramos dos viejos amigos: Victoria Feijóo y yo.
De la información que disponía para realizar su propia crónica sobre lo sucedido, le faltaba mucho material que investigar, pero sobre todas las cosas, necesitaba reconstruir su propia historia.
La elección para que en el reencuentro estuviéramos quien jamás abandonó del todo su lugar en la mesa como Tomás, y yo, el único de la última composición con posibilidad de estar presente, tampoco fue antojadiza. Marcos me explicaría que había tenido algunas otras cosas más en cuenta para ceñir la convocatoria a nosotros.
En el trayecto que dispusieron sus custodios hacia su casa, la última vez que lo acompañarían, tomaron de contramano la vieja calle Podestá. Allí, la luz del Comité Demócrata encendida le permitía ver los dos grandes escudos en todo su esplendor. Ellos se mofarían de aquellos signos; a él, lo inundarían de melancólicas escenas del principio de la adolescencia.
Para que la idea del equilibro de fuerzas tuviera algún sustento, según sostuviera mi amigo, había que entender que las personalidades de quienes integramos aquel espacio eran casi antagónicas y, a pesar de ello, nos acompañábamos en las empresas que cada uno acometía. Así fue como, de la noche a la mañana, Marcos terminó haciendo política.
Recordaba, con incunable nostalgia, aquel momento. Esa vez en que invité a Dante, de linaje Demócrata, a una reunión del partido. La familia de Marcos también tenía cierta simpatía por los Demócratas, pero en realidad, tanto Tomás como él fueron a aquel encuentro para hacerle compañía al primero. Así comenzó su escueta historia con la militancia política partidaria.
El ejemplo que entre risas me brindaba mi amigo era la cabal expresión de la forma en que se manejaban las cosas en aquella particular sociedad de la que formé parte y, después de muchos años, me estaba convocando nuevamente.
Seguíamos charlando de nuestro pequeño encuentro en la vida política cuando, a paso lento y despreocupado, se acercaba Tomás con su pelos enrularos, un poco más oscuros en su castaño y tan corto como para que nadie recordara el apodo que tuviera cuando lo conocí de pequeño.
—¿Acá es la joda? —dijo, serio y con los ojos firmes, al pararse junto a nosotros.
—Puff, nos estamos descostillando de risa, sumate al fogón —le respondió Marcos.
—Ah no, a mí me invitaron al festejo de no sé que cosa, si no es acá me voy con la música a otra parte.
—Acomodate donde puedas que baile va a haber seguro —acoté sonriendo desde mi lugar.
El fortísimo e interminable abrazo que unió a aquellos viejos amigos por un largo rato me permitió meditar sobre mi presencia en el lugar. Hacía tiempo que había decidido no volver a allí y, sin embargo, otra vez me sentaba en la silla de mi pasado.
Luego de algunos años de enlutar soledades de quimera acepté regresar a la mesa de café con mis viejos amigos, como me lo pidieron. Aquella mesa chica que, en razón de mi ostracismo, había abandonado para siempre, me recibió comprensiva.
Lejos de consultárseme sobre mi pasado, Marcos y Tomás recordaron nuestras antiguas charlas. El siempre polémico tema de la política, la eterna ausencia de Bruno, y la morbosa pero clarificante manera de filosofar sobre la vida que siempre tuvimos.
Estábamos a punto de ingresar en el terreno escabroso que, en definitiva, nos había convocado. La conversación comenzaba a dar un giro de ciento ochenta grados y nuestras cabezas también. El ceño parco de Marcos invocaba nuestra clemencia y la seriedad con que debía tratarse su interrogante.
Aquella tarde de un agosto tan insensatamente sofocante y ventoso como nuestra presencia, en que el acondicionamiento del aire no lograba refrescar el sudor en la frente de mis compinches ni en la mía, el relato de quien por la casualidad en la que nunca creí, o por el designio del destino con el que tampoco comulgo, ocupó el cuarto lugar en nuestra mesa, me haría vivificar enlutadas nostalgias que mi mente olvidaba antes de que septiembre llegara con toda la furia del recuerdo.
No pocas veces a lo largo de la vida he tenido la vergonzosa sensación de revivir en historias ajenas. Ese, digamos, mecanismo de trascender más allá de la propia existencia, reposando en las vivencias de quienes, por contextos similares, cargaron con los mismos errores, aciertos y consecuencias.
Isaías Renicoff no formó parte de ninguna de las composiciones que, a lo largo de los años, supo tener la mesa chica. Fue, como todos los que pudimos ingresar en ella, uno más de los egresados del Normal de Harmondio. Era, más bien, de quienes en la adolescencia pululaban dentro del curso buscando un lugar que nunca encontrarían, realizando con dedicada labor las tareas escolares y llegando al final del ciclo lectivo sin mayores inconvenientes. En definitiva, de esos alumnos que pasan desapercibidos para los docentes y para sus compañeros.
Su relato nos dejaría perplejos a los tres, pero a mí me haría olvidar la sabrosa conjunción de mis adicciones al tabaco y al café, para rememorar en el sonido de su apagada voz, uno de los tantos ocasos de mi existencia.
—Yo sé que no me van a creer —comenzó diciendo El Ruso— pero hace unos días que me sequé.
Las risas con las que acompañamos su primera frase tendrían la misma duración que lo que tardara en llegar la segunda.
—Me quedé sin lágrimas, perdí la capacidad de llorar —aclaró. Mientras abría lo más grande que podía sus ojos, como queriendo mostrarnos que no mentía.
Jamás le habíamos prestado atención a nuestro interlocutor en lo que llevábamos de conocerlo, pero el silencio sepulcral se apersonó para colocarlo en un atril desde donde, luego de aquella revelación, nos entregamos a su discurso y a su lamento.
Acababa de consultar al oculista. Nosotros seríamos los primeros en conocer la verdadera causa de su mal y se lo notaba gustoso de ello.
Ni bien terminó sus estudios universitarios como contador, abrió una oficina en el centro de la ciudad. La crisis económica de principios de siglo lo dejó en la ruina y, aprovechando el bachiller docente que todos teníamos, tomó unas horas de contabilidad en el Parroquial.
Allí conoció a Mercedes Blanco, una joven docente de literatura que, tras varios desencuentros amorosos, encontraría en aquel joven de baja estatura y cabellos oscuros el remedio al martirio del pasado.
La personalidad de Isaías lo diferenciaba del resto. Aunque callado y observador, guardaba entre sus pertenencias más valiosas una sensibilidad que atesoraba en extremo.
La jovencita de cabellos lacios hasta la cintura y gesto angelical se enamoró en la primera charla. Fue más una idealización de aquel hombre que destruía el molde de lo conocido, que de la belleza con la que contaba nuestro antiguo compañero.
Tan pronto como la noticia trascendió en el Parroquial, que todavía mantenía algunas normas arcaicas, Isaías fue obligado a elegir entre su trabajo y la relación con la docente. No surgió duda en su cabeza a la hora de tomar una decisión. Se despidió de sus alumnos y partió a su casa, con el corazón alegre y los bolsillos vacíos. Ella iría a visitarlo la tarde siguiente y, desde ese día, comenzaría una vertiginosa mudanza que los encontraría viviendo juntos en menos de una semana.
La convivencia sería una película de amor en cámara lenta. A través de los sueños construirían un mundo para dos, sin límites espaciales ni temporales. El sabor de los anhelos incubados por años sería degustado en cada abrazo, cada gesto, cada mirada.
Los consensos se fundarían en base a proyectos en común a mediano y largo plazo. Sin fortuna pero teniéndose el uno al otro, cualquier utopía se tornaba posible. Así se propusieron formar una familia y educar a sus hijos.
Las disidencias no fueron pocas, pero cada una encontró la solución en el punto justo. Ni en su pensar, en el de ella. Allí reposaba la medida de lo posible.
Seguramente si las historias no tuvieran un pero, como la vida, no resultarían tan interesantes. Por esa razón cuando Isaías se detuvo, inspiró profundamente, agachó su cabeza, y en medio de un suspiro dejó escapar un “pero”, los tres abrimos nuestros ojos para degustar plenamente de esa parte del relato.
Fue el momento en el cual nos contó que, para poder levantar los cimientos de ese mundo sólo suyo, ella tuvo que derribar ciertas fronteras. Es que había sido educada bajo los lineamientos de cualquier familia de tradición católica, como todos nosotros, para la que una pareja es la unión de dos personas que se juntan por algo que llaman amor pero que termina siendo una lucha por el poder. Dispuesta a cambiar el destino asignado por quienes la precedieron, debió soportar la embestida de sus parientes que, prácticamente, la desterraron por hereje de la familia de la que provenía.
La confusión entre amor y sumisión llevaría a que, al momento de formalizar la relación, pasara momentos de verdadera zozobra.
En el maravilloso mundo de los sueños ingresaría una realidad irrefutable, el afuera. Un exterior que empezaría a determinar el camino. Ya no importaría tanto la opinión de Isaías, sino lo que “la mayoría” consideraba sobre las situaciones de la pareja, de sus proyectos, de sus vidas. Lo trascendente dejó de ser lo que ellos querían hacer, para transformarse en lo que para la mayoría estaba bien que se hicieran.
Así, aceptar se transformaría en sinónimo de coincidir y consensuar en el equivalente de acatar. El conflicto sería moneda corriente en lo sucesivo y el llanto volvería a los ojos de un muchacho que se exilaba en la noche buscando respuesta a una pregunta que jamás llegó a hacerse por completo.
La necesidad de encontrar momentos de paz los alejarían de a poco. Él sostendría como estandarte el reclamo insolente de volver a ser lo que habían sido cuando se conocieron. Ella, por su parte, comenzaría a realizar distintas manifestaciones sobre cuestiones que, necesariamente, debían modificarse para que la pareja siguiera subsistiendo.
El trabajo pasaría, sin tropiezos ni reparos, a ser prioridad de la nueva pareja. Primero para ella que, conjugando ingratos recuerdos de padecimientos económicos y mandatos enraizados, transformaría la pequeña morada en un salón de clases para aumentar los ingresos. Y luego él, que harto de las preocupaciones de Mercedes sobre la posibilidad de que les faltara dinero, tomó la decisión de focalizar sus energías en el ámbito profesional.
Las elecciones suelen proyectarse más allá de lo que somos capaces de percibir por nuestros cinco sentidos. El cambio de un modelo de pareja, con el reestablecimiento de lo que era prioritario, terminaría por trasladarse a la personalidad de Isaías que incorporaría características propias de su labor, para convertirse en un hombre pragmático, frío y calculador.
Pocos meses antes de juntarse con nosotros, regresando del trabajo, Isaías se encontró con un amigo de la infancia. Su antiguo compinche cruzó de vereda corriendo y lo abrazó fuertemente, pero él, sólo palmeó su espalda.
Aquel viejo amigo, según nos contó, le dijo que lo notaba distinto. No por los años, ni por el tiempo, sino porque ya no era la persona que había conocido. Su respuesta estuvo cargada de egoísmo al sostener que la vida nos cambia, que así son las cosas y punto. Cada uno continuó el camino prefijado como si jamás se hubiera cruzado con el otro. Isaías recorrió los últimos metros hasta su casa intentando encontrar, en la cobarde justificación del tiempo, asilo a su mentira.
Una semana antes de nuestro encuentro su mujer lo abandonó.
De una larga lista de las cosas que, según ella la habían llevado a tomar la decisión, lo más llamativo fue que le dijera que había dejado de ser el hombre sensible que conociera.
Durante esa semana Isaías se había quedado sólo, encerrado en su casa. Y aunque estaba destrozado, indignado y malherido, no había podido llorar.
No era falta de dolor. Sentía en su pecho un tortuoso apretón que no lo dejaba respirar por momentos. Pero la lágrima no surgía como expresión del tormento.
Tirado en la cama buscó una explicación a la lágrima perdida. La necesidad de llorar se le hizo cada vez más terrible y desquiciante. Así fue cómo terminó esa tarde en el oftalmólogo, quien no encontró ninguna anomalía en sus lagrimales.
En definitiva, como terminó diciéndonos, en el mundo de las mayorías los hombres estamos criados para no llorar y a lo largo de su relación de pareja él lo había aprendido a la perfección.
Con Marcos y Tomás cruzamos las miradas. Nuestros ojos estaban humedecidos. Contuvimos un llanto más extremo por respeto a nuestro seco compañero.
Cuando Isaías se levantó para irse me ofrecí a acompañarlo hasta la puerta. Reposan todavía en mi memoria las últimas palabras que intercambiamos camino a la salida.
—Ya volverán las lágrimas cuando te vuelvas a encontrar con el que eras —dije.
—Yo pensaba lo mismo. Pero no hay un camino de regreso, siempre vamos hacia delante, no tengo que encontrarme con el que fui sino con el que quiero ser –me respondió.
Vuelto a sentarme en la mesa de las minorías, tomé el vasito con soda que sirven junto al café y brindé con mis amigos, con el orgullo intacto, a la salud de nuestras diferencias.
Y allí nos quedamos nosotros, otra vez juntos, recordándonos. Es que cada uno, desde su propio lugar, se ha quedado seco en algún momento. No fui el único que vivió en su piel y en sus ojos la historia de aquel muchacho, a todos nos sucedió.
Marcos desquitaba sus nervios con el labio inferior y Tomás empezaba a mirar con su vieja costumbre de mirar el reloj cada dos minutos.
—Me pegó duro che –comentó el Chapa Verdú, mientras se tiraba el pelo hacia atrás.
—Y, el pibe está como para escribir un tango —intentó quitarle dramatismo, un raramente chistoso, Tomás.
—Es que no tiene nada que ver, pero me hizo acordar mucho a los momentos en que estaba en el pozo y me volvía loco. Y hubiese pagado por tener el escape de las lágrimas, pero había que bancársela.
Con Tomás nos miramos asombrados. Marcos apretaba los dientes, con los ojos abarrotados de lágrimas que no dejaba caer.
—Lo que te tenés después de la nada es tu propio desahogo. Animate a llorar, Chapita –contesté a la pregunta que me hiciera al llegar, con la voz suave y cautelosa.Nuestro amigo no quebró en llanto como lo esperábamos. Volvió a masticar aquellos recuerdos del pasado cercano por los que nos había convocado y, cuando terminó de tomar la enorme taza de café con leche que había pedido, nos agradeció la presencia en el lugar y se despidió, hasta pronto.
martes, 6 de enero de 2009
Los Sobrevivientes
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