Aunque pretendamos aislarnos de ciertas realidades, jamás formará parte de un camino auspicioso mentirnos a nosotros mismos. O como dirían los locólogos: recurrir a una negación para desconocer algo de lo que no queremos hacernos cargo.
Creo que incluso si lo hubiésemos querido registrar de entrada, no hubiéramos podido. La mentira no fue más que un acto reflejo. Un mecanismo de supervivencia, por así decirlo.
Tomás, que acababa de sentarse y miraba hacia la barra y buscaba a alguna de las mozas para pedirle un capuchino, se dirigió a nosotros y preguntó:
—¿Fue por esta fecha, no?
Marcos y yo conversábamos sobre la ausencia de Bruno. Ante la consulta de nuestro amigo nos miramos. Ninguno le respondió. En definitiva, había pasado a formar parte de cada uno de nosotros, mientras mantuviéramos inalterablemente olvidados aquellos días.
—Déjense de joder: pongan sobre la mesa lo que están hablando, si no me voy —dijo Tomás al percibir cierto recelo en participarlo de nuestros recuerdos.
Y tenía razón. Lo estábamos excluyendo de vivencias que sentíamos sólo nuestras.
Es que pocos meses antes del suceso, como si lo presintiera, había vuelto a frecuentar a Bruno. Aquel muchacho tímido y siempre predispuesto, con el que supe compartir el banco de la secundaria en varias oportunidades. Su vida seguía tal cual la había dejado cuando nos separamos. Era un estudiante modelo, un hijo aplicado y un gran laburante. Los vestigios de una enfermedad que le descubrieron cuando finalizaba nuestro paso por el Normal lo volvían a atormentar.
Su gesto estaba parco, y la vida se le notaba cansada, aunque no bajaba los brazos. Nos propusimos unir sus conocimientos y los míos para formar una sociedad comercial mientras tenía licencia en su trabajo. Le entretenían los retos y mi propuesta lo sedujo.
Unos meses antes del hecho me había encontrado con Marcos. Aquel joven que, por esos días, daba clases en la universidad y andaba preocupado por una citación de la justicia para que prestara testimonio sobre su investigación, retornaría a mi vida por este acontecimiento.
Sería justamente él quien se comunicara conmigo para avisarme de la situación.
—Bruno está complicado, lo internaron de urgencia y Fausto me pidió que te avisara —me alertó, en su primer llamado.
Tomé nota de los datos del lugar donde estaba internado nuestro compañero de secundaria y me comprometí a visitarlo.
Empezaba agosto y, al regreso de unas mini vacaciones que me debía, me encontraba con un sinnúmero de cuestiones por resolver. Eso me llevó a comunicarme con Marcos para saber sobre la evolución de nuestro amigo. El parte era confuso: mejorías poco duraderas, rechazo a las mismas drogas, pero la esperanza permanecía intacta.
La última semana del mes, obviamos las comunicaciones telefónicas y nos volvimos a encontrar. Conversamos sobre la salud de Bruno y el tema del juicio que lo preocupaba, mientras hacía tiempo hasta que llegara la hora en que tuviera que ocuparme de aquello que me llevaba a regresar semanalmente al pueblo que me viera nacer.
Aquel día él lo visitaría. Me contó que la recuperación avanzaba satisfactoriamente y, por lo tanto, pronto podría vérselo en la comodidad de su casa.
Septiembre se aventuraba con el cólera del olvido. Cada uno de los muchos que lo supimos querer nos negamos al recuerdo cuando, de pronto, su internación se prolongó más de lo previsto.
En lo personal me perdoné varias veces el no haberlo visitado. Luego de aquel veintiuno de agosto, ya no podría.
Ese día recibí un nuevo llamado, en esa ocasión del propio Fausto Leal, padre de mi viejo compañero de cursada. Me comentó que lo último que se podía probar se lo habían dado, y había que esperar una semana para ver cómo evolucionaba. Nuevamente me invitó a que concurriera al sanatorio. Mi compromiso esta vez tuvo día y hora, pasaría por allí dos días después, cerca de las 19:00.
Sobre aquellas idas y vueltas fue que murmurábamos con Marcos. Esos que me llevaron a no poder despedirme en vida de quien supiera compartir conmigo muchas horas de banco en la secundaria. Sólo como los demás, darle último adiós el día siguiente, casi a la media noche, vestido para la ocasión, en la funeraria de la calle Lafinur.
Le conté a Tomás de qué se trataban nuestros cuchicheos. Él asintió con la cabeza y se quedó pensativo. No era, ni por asomo, un muchacho verborrágico como Marcos y yo. Más bien introvertido, medido al referirse a su vida privada y la de los demás, nos llamó mucho la atención cuando comenzó a hablar sobre el tema que ocupaba nuestra atención.
—Los entiendo, chicos, pero me parece que ustedes se empeñan en recordar el final y olvidan el principio.
Había otra realidad trágica. Ninguno de nosotros sabía casi nada sobre la vida de nuestro difunto amigo. Recordarlo nos remontaba a las pocas horas escolares, a su inteligencia, a algún cumpleaños compartido. No más que eso.
La historia que nos contaría Tomás nos dejaría, por un lado sorprendidos, por el otro, satisfechos. Abrir, a tanto tiempo del suceso, un diario íntimo que nos permitiera ver una vida secreta para nosotros, convocaría al asombro. Saber que había vivido más de lo que creíamos, habría de complacer el alma de quienes añorábamos para él algunos años más sobre la tierra.
Para situarnos temporalmente, Tomás preguntó si recordábamos que, antes de nuestro viaje de egresados, Bruno se había operado. Ambos lo recordábamos, esa era la fecha en que había empezado su problema.
Recto en su silla, escribió sobre una servilleta el nombre de Alejo Contreras, ese personaje particular que integrara la mesa chica en algún momento, al que ninguno de nosotros veía desde hacía años.
—No se olviden de este nombre —dijo.
Con Marcos nos miramos sorprendidos y, durante el silencio de nuestro amigo, intercambiamos gestos, moviendo las manos con los dedos juntos y estirando nuestras caras, convencidos de que nos estaba jugando una broma de mal gusto. No había ninguna relación posible entre Bruno y el Polaco Contreras, más allá de la escuela.
La paciencia nunca fue una de mis mayores virtudes y, alarmado por el condimento que acababa de agregarle a la ensalada Tomás, lo increpé duramente y le exigí que comenzara de una vez con lo que tenía para decir.
Nuestro amigo dibujó una sonrisa tímida en su cara, me pidió que lo aguantara con un gesto de su mano y, luego de tomar un sorbo de café, empezó a relatar una historia en la que, aunque todos estuvimos presentes, ninguno la conoció ni percibió salvo él.
Es que promediando el año de nuestra graduación, cuando sucedieron los hechos, nuestra preocupación estaba en juntar el dinero para el viaje de egresados que haríamos en septiembre. Entre la rifa, el bingo y la otra estupidez, no reparábamos en las cosas realmente importantes.
Bruno se había hecho unos estudios que le encontrarían unos quistes en los ganglios de la espalda. Esa información se haría pública a pocos días de que su madre retirara los exámenes.
Tomás me recordó una charla que mantuvimos con Bruno cuando, enterados de su enfermedad, con los muchachos decidimos invitarlo a bailar para que se olvidara del asunto. Tuve que esforzarme por recordarla, también de ello me había olvidado.
Como portavoz del grupo me había tocado convencerlo de que aceptara acompañarnos. No fue una tarea fácil. Era un joven solitario, reticente a las salidas y los lugares que nosotros solíamos frecuentar. Fue en esa charla en la que me comentó de la posible operación que le permitiría, tal vez, curarse.
Tal como lo recordara el orador, nos pasamos las dos horas de Lógica fuera del aula conversando sobre ese asunto. Bruno esperaba un consejo de mi parte y yo, opinólogo por excelencia, le recomendé que lo hiciera. Su siempre firme e inmutable mirada me respondió acongojada, sin más convencimiento que el que tuviera al aceptar salir con nosotros el sábado siguiente.
La pregunta de Tomás sobre si recordábamos algo de aquella noche en el boliche me llamaría la atención. Pero no la de Marcos, que respondió rápidamente:
—Sí, había una ex novia tuya, de eso me acuerdo —le dijo, riéndose a carcajadas.
No era la respuesta que buscaba. El dato no dejaba de ser importante. Todo el curso al que pertenecía Florencia Soria, a quien se refería Marcos, estaba presente esa noche. Lo que remarcó varias veces Tomás antes de continuar.
De las características personales, algo que nos diferenciaba era nuestra noción sobre la puntualidad. A ello recurrió nuestro amigo para recordar que, cuando cada uno fue llegando al lugar, Bruno ya estaba allí. Con Marcos nos quedamos pensando, intentando remontarnos a ese momento, hasta que él volvió a quebrarse en una carcajada y, agarrándose el estómago con una de sus manos y señalándome con la otra, dijo:
—El primero en llegar tenés que haber sido vos, nadie que conozca puede llegar a ningún lado antes que vos, olvidate.
—Eso es muy posible —afirmé.
A lo que Tomás, el único que se mantenía serio de los tres, giró su cabeza hacia mí y poniendo en su mirada más preguntas que en sus palabras, me dijo:
—Siendo vos el primero en llegar: ¿Lo encontraste sólo a Bruno?
La memoria suele tener selectividad en razón de la importancia y, como me sucediera con la muerte de mi compañero, también en virtud de la angustia que nos haya producido cada suceso. Convencido, respondí afirmativamente a la pregunta, para llevarme una gran sorpresa sobre mi errática certeza.
Según narraría Tomás, esa noche Bruno se cruzó con Daniela Tapia, una de las compañeras de su antigua pareja, quien se acercaría hasta nuestro solitario amigo, para quedarse conversando con él hasta mi llegada.
—Es cierto —acotó Marcos—, cuando llegué Bruno me preguntó su nombre porque no lo sabía, tenés razón.
—Sí —dijo y continuó—: lo que pasa es que cuando llegamos todos nos ubicamos en el fondo, donde estaban las mesas. Ahí ella volvió con su grupo por un rato. Pero si hacen memoria se van a acordar que después vino, nos saludó a todos, y se quedó dando vueltas por ahí.
Sería difícil saber si aquella jovencita de baja estatura, cabello enrulado, cobrizo y ojos castaños se acercó hasta nuestra mesa o no. Es que todas sus compañeras pasaron por el lugar. Ella no tendría, por lo tanto, por qué no haberlo hecho. El motivo que Tomás decía que fomentaba su presencia cerca nuestro, nos llamaba la atención. Le hicimos notar nuestra disidencia con la mirada, pero no lo interrumpimos en su relato.
Bruno también sería el primero en irse, de eso sí nos acordábamos los tres. No era habitué de los boliches y, cerca de las 2:00, se retiró sin despedirse de nadie más que de mí, único del grupo que permanecía junto a él en la mesa.
Dos días más tarde su madre le comentaría que lo había llamado una señorita, cuyo nombre no recordaba. No tardaría mucho en develar el misterio, ya que al día siguiente, al sonar el teléfono, podría saber que, quien lo buscaba, era Daniela.
Él recordaba a aquella muchacha de rojiza cabellera, pero no la asociaba con su nombre. Ella se sabría hacer identificar a través de las notas de su voz dulce. Tomás había sido, a través de Florencia, quien le facilitara su número. Bruno se enteraría de ello al día siguiente por la tarde, cuando se encontraran en un café del centro de la ciudad.
La Cueva era el Bar donde solíamos juntarnos a tomar café en nuestra adolescencia. Allí se encontraron aquella tarde de julio. Bruno había llegado más temprano, aprovechando la salida para comprar unos apuntes de historia.
Cuando la vio entrar a Daniela los ojos se le encendieron como se enciende la vida. El olvido cubrió su enfermedad y los miedos a la operación pasaron a segundo plano. El café, ya frío, tenía el dulce sabor de una bocanada de aire puro y libertario. Había muerto el descrédito que se tenía. Es que hasta ese momento estaba convencido que todo había sido una broma de algún idiota que había querido divertirse a su costa. Pero no, ella era real y estaba por sentarse frente a él.
Le llamó la atención todo lo que sabía sobre su salud. Pero más aún que se preocupara por ello. Compartieron un café conversando sobre sus vidas, aunque como ninguno la consideraba interesante, los silencios compartidos fueron más que las palabras.
Ella le consultó sobre las fotocopias que tenía que sacar, lo que terminó llevándolos hasta la fotocopiadora que quedaba a unas cuadras de la escuela.
Habiendo caminado tanto en busca de los apuntes, Daniela le haría notar que la noche estaba cayendo. Su casa quedaba lejos y debía tomar un colectivo cuyo recorrido era largo. Se dirigían hacia la estación cuando los oídos de nuestro amigo recibieron el reclamo de no haberle concedido una pieza de baile.
Lo cierto es que no era ducho en las artes de la danza, pero sí en las de la lógica. Rápidamente respondió que cuando quisiera podrían hacerlo, pero que prefería otro tipo de salidas, como el cine. Ella aceptó gustosa la propuesta y fijaron para el sábado siguiente la salida.
El jueves Bruno conoció al cirujano que lo operaría. El doctor Vicente Perratta era un hombre distante, seco y egocéntrico. Les dio garantías, a Bruno y a su madre, de que la operación sería un éxito.
Como lo habían acordado, La Cueva fue, otra vez, el punto de encuentro entre los chicos al anochecer del sábado siguiente. El viaje hasta la capital se hace corto cuando las soledades se hayan acompañadas. Ni siquiera notaron haber subido a la formación del tren que ya estarían bajándose. Ella dejaría en sus manos la elección de la película que terminó siendo una comedia estadounidense, fiel al estilo de mi compañero.
La salida no hubiese estado completa si no la invitaba a cenar. Pero el presupuesto de mi amigo era exiguo. La siempre salvadora casa de comidas rápidas que uno puede encontrar a donde sea que vaya se convirtió en una salida diplomática y austera. Allí, hamburguesas y papas fritas mediante fue que, entre bromas y comentarios sobre los conocidos de ambos, Bruno sacó coraje de todo su metro sesenta, se levantó de la silla, caminó hasta ella, tomó entre sus manos los pómulos enrojecidos por la sorpresa de la señorita y la besó tiernamente.
Los besos se repetirían durante el resto de la noche y la madrugada hasta el regreso a Harmondio.
Durante la vuelta pactaron que no darían a conocer su relación en el colegio. Para poder llevar acabo esa empresa debieron contar con la complicidad de la madre de nuestro compañero, quien permitiría que los encuentros clandestinos se realizaran en su casa.
El miércoles siguiente, cuando cada uno llegó por su lado a la esquina de Centenario y Dematey, donde él vivía con su madre y su hermana menor, la dueña de casa les avisó que Bruno tenía que prepararse para internarse esa misma noche. Daniela volvería hasta su casa y al día siguiente viajaría hasta el hospital donde él se internaría. Tras una eterna despedida, ella prometió verlo antes de que entrara al quirófano.
La internación se realizó pasadas las ocho de la noche. Lo acomodaron en su habitación, le indicaron una comida liviana por la anestesia que recibiría y lo dejaron junto a su madre, para que durmiera.
Al despertar, cerca de las seis de la mañana, los nervios se apoderarían de Bruno. La ansiedad mezclada con el miedo que, por todos los medios intentaba esconder, terminaron haciendo explosión ese día. Mucho lo ayudaría que permitieran el ingreso de sus familiares, pero no pudo evitar notar la ausencia de Daniela.
Una hora más tarde la enfermera del piso se encargaría de indicarle las pautas del aseo prequirúrgico, entregarle la bata y colocarle el suero.
La despedida de Bruno en su camino a la sala de operaciones podría asimilársela a quien parte hacia el exilio o a vérselas con el fusil. Acostado en la camilla, recibió un beso y un abrazo entre lágrimas de su madre, el fuerte apretón de su padre, una caricia con sabor a condolencia de su hermana menor, y la palmeada del hermano mayor. Ese sería su último recuerdo, al llegar al quirófano el anestesista se encargó de dormirlo hasta próximo aviso.
Tras tres horas de cirugía, las puertas del quirófano se abrieron y Bruno fue llevado a una habitación del cuarto piso.
Al despertar pudo ver que junto a él sólo estaba su madre y reclamó la presencia del resto de la familia y de Daniela. El médico de piso explicó que sólo podía haber un familiae directo. La terquedad de nuestro compañero logró que los dejaran ingresar en tandas de dos.
El doctor Perratta volvería por la noche a ver a su paciente, justo en el momento en que Bruno estaba acompañado por su hermana y Daniela. Fue entonces que el médico le dijo que si sobrevivió a la operación había sido sólo por su fuerza de voluntad y sus ganas de vivir.
Bruno estiró su brazo y señaló a la jovencita pelirroja que se encontraba sentada a su lado, y le respondió que ambas cosas se encontraban en ella. El médico sonrió y asintió con la cabeza, en silencio.
Al día siguiente lo trasladaron a terapia intermedia y, luego de pasar dos días en sala, puedo volver a su casa.
Con la decisión tomada de que ya era tiempo de dar a conocer la relación que lo unía con Daniela, Bruno salió a caminar por la ciudad con su pareja y el primer compañero que se cruzó fue, por desgracia, Alejo Contreras. Él fue el escogido para ser el portavoz de la buena nueva.
En ese momento, el Polaco Contreras formaba parte de la mesa chica, junto a mis interlocutores e Iván Pinedo. Hacia la casa de éste último se dirigió con el chisme y, como con las novias de todos, su opinión sobre el asunto fue la misma.
—Si se la pudo ganar ese, yo me la gano caminando —argumento.
Eso pensaba de todas las mujeres, a quienes trataba como bienes intercambiables y, para peor, las de sus amigos lo tentaban de una manera especial.
Por supuesto que Iván, lejos de llamarlo a la reflexión sobre lo que pensaba hacer, le festejó la picardía.
Así fue como el sábado siguiente en El Carajo, aquel boliche donde sabíamos juntarnos, y al que Bruno no asistió pero Daniela sí, como lo hacía cada sábado junto a sus compañeras de escuela, debió enfrentarse a la estupidez innata de Alejo.
Ese adolescente alto, rubio, de ojos claros y el ego sobredimensionado por su abultada billetera, se lanzó a la caza de la pelirroja ni bien la vio ingresar en la pista de baile. Todos fuimos testigos de aquella cacería menos Bruno. La presa no resistió ni la primera embestida. Murió en los brazos del cazador que se colocó frente a ella, bailó un cuarteto y, antes de que terminara la canción, disparó directo a su boca.
Alejo se llevaría de El Carajo un trofeo más. Bruno se enteró al día siguiente que el amor de su vida se iría para no volver, bajo el nefasto escudo de un “te amo, pero te tengo que dejar”.
Cualquiera de nosotros, según lo conversamos en cuanto Tomás llegó a esa parte de su relato, hubiésemos reaccionado de forma parecida ante semejante frase. Pero de ninguna manera como lo hizo nuestro difunto compañero.
Ciertamente disentíamos en cuál de las dos opciones que, para nosotros, eran las únicas posibles hubiésemos tomado. Desde mi orgullosa posición y mi noción del amor, le hubiera exigido que si realmente me amaba no me hubiese engañado, mientras que mis interlocutores habrían esperado el momento conveniente para ir a buscarla a los lugares que, sabían, frecuentaba.
Bruno escogió sin dudas un camino que ninguno de los tres sería capaz de transitar. Su grito de amor desconsolado y eterno lo volcaría en largas misivas que escribiría hasta el día anterior a su deceso.
En todas ellas reclamaba el perdón por no haber sido lo que ella esperaba de él, por no saberla amar, por no complacerla. Tomás no había querido destruir su esperanza, y supo guardarlas hasta aquel día haciéndole creer que llegaban a destino.
Seguramente él sabía la verdad. De otra forma habría sobrevivido como lo hizo cuando tuvo que enfrentar la muerte años atrás.
Cuánto de vida le habremos quitado a nuestro compañero por negarnos a reconocer que lo suyo no era más que el peor mal del que puede enfermarse el alma. Ingratamente, allí sentados, descubrimos que en aquella época de afectos globalizados, entre nosotros quedaba un hombre dispuesto a dejarse morir por amor.
Ya no debimos, ni pudimos, ni quisimos negarlo. Por más que hubiese sido el peor golpe de nuestras vidas haber perdido a un par, él se había propagado más allá de su vida. Es fácil admirar a un rebelde, sólo hace falta esperar que alcance un poco más que su simple rebeldía. La historia está llena de rebeldes que sólo lograron hacerse notar y nada más. Qué complejo es admirar a quienes, con perfil bajo y el corazón alerta, sólo han buscado trascender más allá de su propia existencia aferrados al más noble y eterno sentimiento, aún vencidos.
sábado, 3 de enero de 2009
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