sábado, 10 de enero de 2009

La hipodermia

Quizás, si no lo hubiese conocido tanto, habría pensado que no se trataba de él.
Aunque, durante muchos años con Marcos dudáramos sobre la sinceridad de sus palabras, la madrugada de aquel miércoles en que el estridente sonido del teléfono móvil reclamara mi atención, nunca imaginé que terminaría en Harmondio.
Ningún bar había despertado todavía. Por eso, como en los tiempos en que no fui invitado, el antiguo bunker de la mesa chica se abriría para recibirnos.
La distancia y el baño que necesariamente debí darme para recobrar el conocimiento, retrasaron mi llegada. De todas formas la cara de Dominga Núñez, al momento que llegué, seguía tan aterrorizada como cuando sintió, recostada en su habitación, que una llave giraba en el pestillo de la puerta de entrada. Desde el pasillo que unía las piezas con la sala principal vio ingresar a su hijo que, poco tiempo atrás, se había mudado a Chiclana.
—Andá a dormir que necesito hablar con los chicos —le ordenaría Tomás.
—Bueno, después me explicás.
Con esas palabras y la cabeza rendida como sus ojos volvería a su cama, luego de dejar preparado el mate.
Desde la cabecera de la mesa, con un gesto inexpresivo y una voz medida en sonoridades inocuas, Tomás se disculparía por habernos convocado a esa hora.
A su diestra, con la inquebrantable responsabilidad de encargarse del cebado, Marcos le acercó un mate y dijo:
—Ya estamos acá, ahora decinos ¿Por qué?
Un profundo silencio agotaría el aire de nuestro anfitrión. Aunque su boca permanecía abierta, como sus ojos, de ninguno partían señales de vida. Una tos repentina hizo notar que le faltaba el aire. Se incorporó y caminó encorvado, con su brazo presionando en el abdomen, hasta la ventana. Me apresuré en asistirlo, pero rechazó mi ayuda empujándome con el brazo que le quedaba libre.
Se hacía cartílago la vida en su garganta y el suspiro se le atoraba en la traquea. No debía ser simple de explicar su situación, tendríamos que haberlo comprendido. La imagen de aquel joven en cuclillas recuperando un poco de oxígeno que le permitiera escupir su realidad era tortuosa. Finalmente volvió a sentarse junto a nosotros y nos miró, a uno por vez, con la boca partida y los ojos acuosos, mendigando clemencia. Estiró su brazo hacia el centro de la mesa. Allí se encontraba un antiguo cenicero de bronce que todos usamos alguna vez, acercándolo hasta su lugar.
—Che, dejate de joder —dijo Marcos y continuó—: Nada es tan grave como para que empieces a fumar de nuevo.
—Yo no te convido —acoté con el mismo dejo de ironía.
Sin respondernos, sacaría un arrugado paquete de cigarrillos y un encendedor blanco del bolsillo trasero de su deslucido jean azul. Cuando encendió el tabaco no se acabaron las dudas, recién empezarían.
—No fumo. Sólo alguno cuando estoy solo y no me siento bien —aclaró mientras dejaba salir la primera bocanada de humo.
Lo que no tenía sentido era cuánto le molestaba, al igual que a mi otro amigo, que yo fumara durante nuestros encuentros. Si no había dejado el vicio, no tenía por qué disgustarse por ese motivo, pero lo hacía.
A todo esto el mate estaba lavado y frío, y en no mucho tiempo la primera grieta de luz comenzaría a abrirse paso entre los árboles.
Tomás se levantó a poner el agua en el fuego y me ofreció un café. Desde mi lugar no necesitaba, como Marcos, girar mi cuerpo para ver la cocina. Un pasa platos la dividía de la mesa en la que nos hallábamos.
Fue desde aquel sitio donde, murmurando, dejó caer sus primeras fronteras.
—Estoy hecho mierda, siento que estoy muerto —dijo.
Luego apretó los dientes, como para persuadirse de continuar con el derroche de sinceridad, y focalizó su atención en la hornalla de la cocina. La cara se le enloqueció tomando un tinte rabiosamente rojizo.
Definitivamente, cuando el lamento no se transforma en grito se hace muerte. Mi amigo estaba suicidándose de a poco y a sabiendas.
Entre los que permanecimos sentados nos miramos, como buscando un por qué a la afirmación de aquel compañero que no terminaba de convencerse en escoger la salida al laberinto.
El ruido del golpeteo entre la cucharita y la taza que hiciera Tomás para prepararme el café batido nos tomaría desprevenidos. El temblequeo de nuestras extremidades al oírlo produjo en todos profundas carcajadas que ayudaron a distender, al menos por unos minutos, aquel ambiente de agonía.
Con el termo cargado y mi café espumoso, retornaría a su sitio.
Quienes lo acompañábamos esa mañana no éramos ajenos a su historia. Aunque se resistiera a hablar de Natalia López, no se nos escapaba que la convivencia que había empezado unos meses atrás era el final de un camino largo y tedioso. Costaba comprender su decisión de juntarnos a la madrugada.
No era propenso a generar resquemores innecesarios con sus parejas. Ni con la actual, ni con ninguna que le hubiésemos conocido. Y aquel encuentro cotizaba alto en la facturación de una mujer como Natalia. Si la razón no era terminar con la relación, no tenía sentido hacerlo.
Si algo habíamos aprendido con Marcos, a lo largo de nuestros encuentros, era a saber hasta dónde podíamos preguntar y opinar sobre los vínculos de Tomás. Era más fácil que contara sus problemas si se veía reflejado en la miseria ajena y, por eso, el camino a su sinceridad se transitaba hablando de uno mismo. Pero el desconcierto de aquel miércoles no nos daba tiempo para razonamientos complejos y diplomáticas formalidades.
—Natalia no vino y vos estás acá fumándote otro cigarro, así que la cosa es con ella ¿Por qué no empezás por ahí? —dije buscando la manera menos drástica de apelar a su franqueza.
—Estuviste bien —dijo Marcos señalándome, y dejando notar una pequeña sonrisa en su cara.
—Ustedes saben chicos, no es fácil, yo puse y pongo mucho en esto —diría Tomás, antes de besar la bombilla que le permitiera hacer una nueva pausa.
Lo que siguió, finalizado el mate, no sería nada nuevo.
Recorrería su larga relación con Natalia, hasta llegar a la convivencia, en una síntesis que duró poco más de 15 minutos.
Era una mujer de carácter fuerte, y poco espíritu de consenso. Igual a todas las que había tenido en su vida. Tampoco él fomentaba el diálogo constructivo, prefería poner en sus manos el camino del progreso. Muchas veces le habíamos marcado que si el otro no sabía lo que le pasaba, no podía hacer nada para cambiarlo. Nuestro amigo prefería seguir creyendo que las cosas debían modificarse por sí mismas, o por su accionar. La convivencia, en definitiva, no fue más que un hecho propuesto por Tomás para resolver otras vicisitudes de la pareja.
Su enorme convicción lo alejaría siempre de las tentaciones que la vida le supiera poner en el camino. Expresiones bellísimas le lamerían las llagas de los pies, y él continuaría caminando sin, siquiera, detenerse para recuperar coraje.
Al conversar sobre ellas, nos explicaría cómo había vuelto a sucumbir en las fauces del tabaco.
—Me sentía solo. Y terminé encerrado fumando en la ventana cuando no me veían, como cuando era un pendejo.
La pecaminosa existencia de quien, en soledad se bifurca contemplando un cigarrillo para encontrar compañía en la humedad con que su propia saliva empapa el filtro, llegó a exasperarlo. Besó tantas veces esa rubia expresión del desamparo en tardes y noches de zozobra, que no pudo evitarlo. Cuando fueron solamente dos, no alcanzó con el vicio.
Si algo había encontrado en su pareja, eso que la diferenciaba de todas las demás, era lo que el llamaba “piel”. Esa unión de sus humanidades más allá de las diferencias, de los rencores, de las distancias.
Aquella maravillosa conjunción de pasión y vida, que empezaba en la mirada, y los perpetuaba en el tiempo más allá del circunstancial espacio en que se encontraran. Compinches, cuidadosos, comprensivos. Entendiéndose, sin intercambiar una sola palabra.
La madrugada aquella en que nos llamó, se había despellejado.
El rutinario encuentro con Natalia fomentó al máximo las frustraciones mutuas y, sin comprender la razón, eso explotó en los genitales de su pareja.
Con su incapacidad intacta de transmitirle las cosas, dejaría la casa en silencio buscando nuestro encuentro.
Se sentía desterrado del lugar más intrínseco y primordial de su vida, su masculinidad. No podía ser digno de respeto propio ni ajeno si no era valorado como tal por aquella mujer, si había perdido la piel.
Siempre me atraparon las dudas que llegaban a convertir en desgano la búsqueda de la certeza. El silencio ante su relato mostraba nuestro deseo inagotable en la unión de cuanta premisa lógica encontráramos, la expresión de desamparo de nuestras caras, la invalidez de nuestra mente para llegar a conclusiones acertadas.
Es que, a todos, alguna vez se nos había terminado el amor, o la paciencia. También a ellas les habían pasado las mismas cosas. Pero ninguno había enfrentado tal crimen a su hombría.
Si Alejo Contreras o Iván Pinedo hubieran estado sentados con nosotros, su salida hubiese consistido en reafirmar la masculinidad en algún cabaret de mala muerte. Pero los tres que quedábamos en pie en la mesa chica, no pensábamos así.
Aunque, por un momento, nuestro amigo confesó su delirante idea de buscar afuera la valoración que no tenía adentro, la desechó.
—Algo debe haber pasado, pensá. Seguro que eso que vos llamás piel se pude laburar —intentó darle una cuota de esperanza Marcos.
—La piel no se construye, se tiene o no se tiene —susurró, derrotado, nuestro antiguo compañero.
Con la misma resignación que Tomás, consentí su afirmación con la cabeza.
Ninguno se animaba a continuar hablando, cuando Dominga apareció en la sala a los gritos:
—¡Prendé el celular que te anda buscando Natalia, pelotudo!
Habiéndose quedado sola en la casa, el único teléfono de línea estaba en su habitación y, como mi amigo había apagado el móvil, la nuera la despertó para preguntarle si sabía algo sobre su paradero. Lo que no le causó ninguna gracia.
Con la promesa de que encendería el aparato, la madre de Tomás volvió a su cuarto. Pero él no cumpliría con su palabra, por lo menos hasta nuestra partida.
—No quiero hablar con ella ¿Para qué? —dijo, justificándose ante nosotros por la actitud asumida.
Ambos nos mantuvimos en silencio. Su boca permanecía abierta como queriendo responderse a sí mismo. Y así lo hizo, dos segundos más tarde.
—Me va a explicar lo inexplicable y yo le voy a terminar dando la razón para que no me rompa las pelotas. Pero esto sí que no me lo voy a bancar.
En algún punto tenía razón. Aquel joven que tanto la había peleado estaba bajando los brazos y mi interés era saber si se debía a esa situación o había algo más. Recordando que no podía irle de frente, fui por mi otro interlocutor.
—Marcos, ¿A vos nunca te costó conectarte? —pregunté.
—¿Qué tiene que ver el culo con el talento? —me respondió.
—Contestame boludo —insistí, abriendo hasta donde podía mis ojos.
—¿La piel? Yo las veces que sentí que perdía la piel, que me la arrancaban del cuerpo, fue cuando me colgaban en la parrilla y me metían la picana en las huevos.
—Bueno, yo me referí a otra cosa, olvidate —dije, casi susurrando, mientras pensaba cómo escapar a la asociación que había hecho Marcos sobre el asunto.
—Es algo parecido —afirmó Tomás, y continuó diciendo mientras sus ojos supuraban gotas de hartazgo—, a mi me acaban de quemar las pelotas, como se lo hacían al Chapa.
—¿Cómo vas a comparar esas cosas animal! —dije, reclamando un poco de racionalidad a nuestro anfitrión.
No cabían dudas que, para cada uno, el término tortura podía utilizarse indistintamente según la situación que nos atormentara. Para nuestro reaparecido amigo, tenía ese significado unívoco que le ha dado penosa historia de nuestro país.
Fue Marcos quien, lejos de enojarse con Tomás, buscó una salida. Ante el silencio en el que nos quedamos los otro dos, empezó a relatar una ocasión en la cual, estando con una de las mujeres más bellas que le conociéramos, por la conflictividad de la pareja, no sentía las mismas ganas de estar con ella. Sólo cuando concluyó la anécdota, pude comprender el motivo de tal mentira.
—Pero, no seas boludo, no es lo mismo. A mí también me pasa, pero a ella nunca le pasó una cosa así —dijo, ofuscado, Tomás.
—¡Pará! —exclamó Marcos, y continuó diciéndole— que nunca le haya pasado no quiere decir que no le pueda pasar ahora.
Era la primera vez que Tomás convivía con una mujer. También la primera vez que esa mujer lo hacía con un hombre. Ninguno de los dos conocía los riesgos que, sobre las relaciones, sabe tener esa daga de doble filo llamada rutina.
No pudimos, aquella mañana, hacer que se sintiera más valorado como hombre. Pero comprendió que Natalia no era inmune a los efectos adversos de la conflictividad que supo soportar él durante años.
Si ellos vuelven a cubrir su cuerpos de la piel que supieron tener aquella tarde que cruzaron sus miradas, sus olores, su humedad y su pasión por primera vez, solo lo sabremos el día que nos vuelva a llamar para contarnos si pudieron resolver los problemas que vienen arrastrando hace años.
Hasta entonces, nos quedaremos con la certeza de que prendería su celular decidido a llamarla para preguntarle qué le pasaba. Pero también, a plantearle con determinación todas aquellas cosas que venía escondiendo debajo de su epidermis.



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