Si bien antes y después de su desaparición, con Marcos solíamos realizar visitas periódicas a su negocio, el día que apareció y se sentó con nosotros en la mesa, temí por mi banca. Es que, de alguna manera, aunque fuéramos tan distintos, sentía que mi lugar se lo debía a su lenta pero definida retirada.
Dante Nieto era uno de los más antiguos integrantes de aquella mesa chica. Cuando fue padre por primera vez, a los pocos años de terminar el secundario, se alejó del grupo.
En su mirada podía percibirse que lo acechaba más de una frustración. Si bien, como Tomás, solía ser reticente a expresar sus sentimientos, no era difícil comprender la desazón en su retina.
El resto de sus amistades eran sustancialmente distintas a nosotros. Eso, justamente, fue lo que lo traería aquella tarde de viernes a nuestro encuentro. Siempre lo había hecho. La necesidad solía ser más hereje en sus manos. Lo transformaba en un ser meticulosamente cuidadoso a la hora de saber los beneficios que podía conseguir al juntarse con unos y con otros.
De la compañía de aquellos traía los problemas, por lo tanto, apelaba a la nuestra en busca de soluciones. Al saberlo me tranquilicé, solo formábamos parte de un momento de incertidumbre que necesita aclarar.
Cuando, después de recordar algunas anécdotas adolescentes la situación se tornaba insostenible, ya que a pesar de nuestra cordialidad ninguno desconocía que no era ese el verdadero motivo de su repentina aparición, Marcos se animaría a preguntarle:
—¿Y qué te trajo por acá después de tanto tiempo?
—Necesitaba charlar con ustedes, en realidad con Lautaro.
La cercanía con un año electoral, la corta pero productiva militancia política juntos y toda una familia de ferviente tradición Demócrata, me hicieron pensar que, si me buscaba a mí, tenía que ser por alguna cuestión partidaria.
—¿Querés volver a militar? —le pregunté.
—No, a la política no vuelvo más, tengo demasiados quilombos como para dedicarme a patear los barrios. Lo que preciso son tus conocimientos jurídicos.
—Ah, bueno. Decime entonces qué puedo hacer por vos.
El apasionante mundo de la minoridad y la familia había sido un océano en el cual me había zambullido al final de mi carrera, pero en el cual, para ese tiempo había hecho muy poco ejercicio práctico de buceo. Y, los vericuetos que aquel viejo amigo me plantearía durante aquella tarde y parte de la noche, forjarían mi convicción de que no era madera para dedicarme a esas labores.
Aterrorizado, formuló su consulta delimitando el problema.
—Mi mujer me amenaza con llevarse al nene a la casa de los padres que viven en el interior ¿Tengo alguna manera de impedírselo?
No bien concluyó, Tomás se adelantó con la pregunta que el sentido común obligaba a hacer, recordando por qué en la adolescencia lo habían apodado “El Gato”.
—¿Qué cagada te mandaste, pelotudo? –dijo, entre risas.
—Ahora, ninguna —respondió enardecido, con los ojos furiosos y alzando su mano izquierda a la altura de su cara.
Desde la última vez, según nos dijo, se estaba portando bien. Pero, muchas veces, los errores que cometemos a sabiendas suelen pasarnos factura cuando menos lo esperamos. Y allí estaba, quebrantando una relación que parecía volver a florecer.
—Cuando nos separamos anduve con una mina, del grupo de sus amigas, pero estoy seguro que ella no sabe nada —explicó.
—¡Cómo no va a saber, pero a vos te pagan para hacer boludeces o es por deporte! —exclamó Marcos.
La negativa de nuestro amigo persistió incólume. Entre los tres, con fundadas razones le dimos a entender que era imposible que alguien mantuviera una relación, aunque fuera ocasional como él decía, sin que alguna de sus amigas se enterara y, de esa manera, se fuera enterando el resto del grupo.
Pero Dante prefería convencerse de que su mujer sólo pretendía alejarse por razones económicas. Sus suegros podían darle una vida mejor a la que tenían en Harmondio y, contra ello, no podía hacer nada.
Ante este marco lo único que podía hacer era responder a su pregunta, por lo tanto, le expliqué que mientras fuera dentro del país podía moverse con tranquilidad con el nene ya que estaban casados. La posterior denuncia por el secuestro del chico era una jugada que no le aconsejaba.
—¡Pero algo tengo que poder hacer! —gritó desesperado, ante la atónita mirada de la muchedumbre que se encontraba en el bar.
—Si, claro. Podés dejarte de joder con las amigas de tu mujer —respondí.
Ahí nos enteramos que aquella supuesta relación ocasional se mantenía todavía, aunque en las sombras.
Ninguno de nosotros se asombró. Sabíamos de las andanzas de nuestro amigo y de su capacidad de seducción. Recordábamos la envidia que le teníamos cuando, al salir con él, se le acercaban las mujeres al otrora pelilargo muchacho de poco más de un metro ochenta y fornida estructura, rogándole su compañía. Siempre había sacado buen provecho de esa situación, mientras el resto nos quedábamos pensando cómo hacer para que alguna de las muchas señoritas que dejaba tiradas nos permitieran, por lo menos, compartir una charla.
La forma en que se jactaba de sus noches de lujuria no condecía con la preocupación que lo traía a nuestro encuentro.
Se volvería evidente que la vida nos había puesto en veredas distantes, aunque no enfrentadas. Padecía algo así como un viejo y tedioso recelo que expresaba a través de la infidelidad. En la boca de Marcos, y no en la suya, empezaría a comprenderlo.
—¿Las cosas con tu jermu siguen igual, te sigue ninguneando de la misma manera que la última vez que hablamos?
Ellos habían compartido algunos años en el profesorado de historia. Dante abandonó sus estudios por el mismo motivo que hiciera que se alejara del grupo, los que retomaría algunos años después de nuestro encuentro. Eso le permitía a quien le consultaba conocer ciertas cosas, que Tomás y yo desconocíamos, sobre su relación de pareja.
La respuesta fue parcialmente afirmativa. La relación había tenido una fuerte crisis siguiendo los designios de la economía del país, acentuado por la devaluación de la moneda. A ese momento se había referido Marcos, en el que Dante había conversado con él sobre la posibilidad de separarse de su mujer.
Según sostuvo, aquel estadio en que estuvo lejos por un par de semanas fue, simplemente, un paréntesis entre la primera vez que pensó en hacerlo y el momento en que realmente decidió llevarlo a cabo.
Pero cuando ella llegó con el reclamo a cuestas de que nada le alcanzaba, después de haberla luchado tanto desde abajo, se hartó.
La noción del amor unida a la venganza no estaba ni en mis anales de derecho ni en los de la vida. Pero puesto en sus zapatos pude comprender lo que pasaba por la cabeza de mi amigo, lo suyo era ni más ni menos que despecho. El mismo resentimiento que llevaba a su mujer a huir lo más lejos posible con el hijo de ambos, como botín de guerra.
En sus manos tronaba una tormenta de furia sedienta de desastres. No era fácil comprenderlo y mucho menos aconsejarlo. Algo me dijo que no era mi ciencia la que debía primar en aquellos menesteres y me llamé al silencio.
Durante una hora mis tres acompañantes debatieron posibles soluciones a un conflicto que, todavía, su portador se negaba a reconocer. Desde mi lugar, acompañaba las posiciones que consideraba correctas y reafirmaba las desechables. Dante se levantaría, cerca de las diez de la noche, en busca del baño.
La voz tenue y pausada de Tomás se escucharía cuando la silueta de nuestro amigo se perdiera en el pasillo.
—Algo tenemos que hacer con este boludo —dijo.
—Los que tienen que hacer algo son él y su mujer, no nosotros –le aclaró Marcos.
Mi asentimiento con la cabeza a la opinión del último orador produjo una serie corta pero precisa de insultos reclamando que opinara.
Expliqué que no encontraba solución al desamor demostrado por la mujer de nuestro amigo, ni a su propensión al engaño. Que si podía ser útil para algo, contaran conmigo.
Marcos hizo un análisis del contexto del que provenía nuestro amigo. Familia patriarcal, trabajadora, donde lo primordial era mantenerse unidos a cualquier costo. Ello lo llevaba a comprender la tolerancia que había tenido respecto del maltrato recibido por la mujer que, como lo pretendía hacer nuevamente, apelaba al hijo de ambos como factor de presión.
Estaba claro: ella no quería separarse por la infidelidad sino lograr que dejara de frecuentar a su amiga. Por otro lado, aprovechando el momento, le pasó factura sobre el dinero y los amigos con los que solía verse.
Nosotros no podíamos resolver cuestiones de pareja, eso también era evidente. Nos superaba en mucho, ya que no teníamos herramientas como para hacerlo. Pero desarrollamos una estrategia, a nuestro modo, para que ella no se llevara al chico.
No con poco desgano, Dante aceptó nuestra propuesta y se comprometió a hacerlo a pesar de no compartir nuestras ideas.
Al día siguiente, según lo tenía planificado, debía encontrarse con la amiga de su mujer. No hubo cambio de planes, pero sí de motivos.
Llegó al departamento de la calle Rivera pasadas las 19:00, luego de dejar a su hijo con una de sus hermanas. Sacó las llaves que tenía del lugar y abrió la puerta de entrada, la escalera le pareció gigante, impenetrable. De un solo tirón subió al primer piso. Allí estaban los únicos dos departamentos que el dueño del local que daba a al calle había hecho construir. Abrió sin apuro la puerta identificada con la letra “B”. Sabía que, por la hora, faltarían al menos veinte minutos para que ella llegara.
Solange Lima trabajaba en un local de ropa del centro de Arguibel, y aunque esperaba ansiosa sus encuentros con nuestro amigo, un retraso en la frecuencia del tren la haría retrasarse aquella vez.
Entre tanto el muchacho repasaba el libreto. Lo había meditado, escrito en un remito, aprendido de memoria varias veces, pero de todas formas no estaba convencido. Para peor, veía la fotografía de la morocha infernal sobre el televisor, vestida con una pollera de algodón fucsia que apenas cubría una décima parte de su humanidad y un pequeño manto de tela escotado que permitía apreciar la prominencia de su busto y volvía a arrepentirse.
Sentado en el sofá de cuero negro que había frente al televisor se decidió. No podía hacerlo. Bajó corriendo las escaleras y golpeó la puerta que unía el local de Don Cristóbal Otero con las escalinatas.
—¿Qué querés pibe? —Preguntó el veterano arrendatario.
Dante extendió su mano y le entregó las llaves del departamento.
—Déselas a Solange cuando la vea, yo después hablo con ella.
—Está bien, andá tranquilo que yo me ocupo del mandado.
Camino a su auto cabeceó unas diez veces para ver si ella llegaba. La fortuna le jugó a favor por lo menos esa vez. Ya en el rodado, sacó el teléfono celular, y la tecnología le permitiría llevar a cabo lo que sus pasiones le impedían.
Sin hacer ninguna pausa le dijo que no la iba a ver más porque amaba a su mujer, que no quería perder a su hijo y que lo más importante en su vida era la familia. Que le había dejado las llaves en el local y que no se molestara en volverlo a llamar. No le permitiría tampoco realizar descargo alguno. Ni bien concluyó el monólogo dio por terminada la llamada y apagó el aparato.
Al día siguiente hablaría con Tomás para contarle lo sucedido y lo mal que se sentía. La angustia que recorría su cuerpo no era producto de la abstinencia sexual sino del contenido reclamo de valoración hacia su mujer, que encontraba consuelo en aquellos furtivos encuentros carnales.
Nuestro nuevo encuentro traería novedades alentadoras, pero no todas. Como era de suponerse, aún sin expresar el motivo, la mujer de Dante había decidido posponer su mudanza sin fecha prefijada.
Sabíamos que nuestro amigo había estado con muchas mujeres cuando se separó de su mujer, pero no que también había estado con ella. Ese dato no sería menor cuando nos contara que, el mismo día que le dijo que no se iría, le confesó que estaba embarazada de tres meses.
Esa había sido la razón, y no otra, por la cual lo había ido a buscar casi de rodillas para que volviera. Y al enterarse de que, gracias a su presión, él había cortado toda relación con su vieja amiga, se lo dijo.
De ahí, explicaba Dante, que se preocupara tanto por la economía de la casa. Lo que nunca nos cerró a quienes lo escuchamos fue por qué, si ella quería tenerlo a su lado, no cambió la manera de tratarlo.
La noticia, increíblemente, colmaba de alegría a nuestro amigo y ninguno de nosotros se atrevía a juzgarlo. A los seis meses se daría a la vida una beba hermosa, rozagante y llena de luz.
Algún día, cuando crezca, le contaremos la lucha de su padre y sus lágrimas. Esas que no vio, que quemaron profundo, que le hicieron perder la noción del tiempo, del espacio, y del sentido de la vida.
Como era de esperarse, aquel antiguo integrante de la mesa sólo volvió a sentarse un par de veces más junto a nosotros en el café. No era adepto a las despedidas, así como nadie lo había invitado el día que regresó, no necesitó que lo echáramos para, de repente, desaparecer sin dejar rastro alguno.
Recién en su última aparición por La Cueva, Dante tendría la gentileza de moverse del centro de la escena. Estaba claro que Marcos nunca se lo exigiría y, si la charla no hubiese virado en esa dirección, hubiésemos seguido hablando de sus problemas. Pero una pregunta del otrora galancete pelilargo nos sorprendería al resto de los presentes, cuando dirigiéndose a Marcos, dijo:
—Y vos, Chapa, ¿qué es de tu vida, seguís investigando boludeces?
—¿Me estás jodiendo? –le contestó Marcos.
—No, todavía tengo en mi casa los recortes de los diarios, de cuando publicabas cosas sobre los desaparecidos, todo encarpetadito.
—¿Vos vivís en un frasco, o nos estás tratando de pelotudos! —lo increpé, convencido de que no podía estar ajeno a un hecho que había trascendido las fronteras de la ciudad.
—Pará gordito, no sé por qué me atacás —me dijo sonriendo socarronamente, mientras se levantaba de la silla, para poder sacar el paquete de cigarrillos que tenía en el bolsillo trasero del pantalón.
Esa debe haber sido, sino la primera, una de las pocas veces que me convidara un cigarro. Mientras volvía a sentarse y me pasaba el encendedor, Marcos se encargó de contarle brevemente el pedazo de historia que, supuestamente, Dante había conocido a través de los multi-medios. Sin embargo, su mueca de sorpresa nos convencería de que efectivamente trataba de hacernos pasar por idiotas. El escape ante lo consideró un problema ajeno, fue el mismo de toda su vida: la mentira y el olvido.
La próxima vez que, junto a Marcos, fuésemos hasta su negocio, se negaría a atendernos. El “no te metás” era una regla que sabía aplicar muy bien con los demás, sobre todo, con nosotros.
jueves, 8 de enero de 2009
El Despechado
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