Hace unos días mi piba se me sentó en la falda. Siempre es lindo cuando la nena de uno se le vuelve a sentar encima de las piernas como cuando era potrilla.
No sé por donde, pero desde algún rincón se había filtrado mi pasado atolondrado. Esa juventud en la que aquella mezcla de pelotudez, idealización y calentura nos hacían ver, a mis amigos y a mí, los más grandes amores en una tierna mirada, en un escote pronunciado o en la palabra adecuada, según el caso.
La sencillez con la que el único amor incondicional que me dio la vida se dispuso a pedirme que le contara una de las historias que, según le habían dicho, sabíamos recordar en las charlas de café, me incomodó más de la cuenta.
Ella estaba floreciendo. Tan sólo reclamaba, a su manera, alguna noción de aquello que desconocía y que le tocaría vivir.
Al igual que en mis tiempos de piratería, pensé que tenía dos salidas: enfrentar la situación tal cual me la estaba planteando o buscar una diplomática salida y quedar como un perfecto cagón delante de mi hija. Las canas nos llevan a hacer razonamientos un poco mas complicados. Una tercera vía apareció ante mí, como mandado la locomotora a limpieza.
Le pedí que se sentara en frente, para mirarla a los ojos y, como lo hacía cuando era tan sólo un bebe, contarle una historia, esta vez, que había vivido. Ella se acomodó con la sonrisa plena y los ojos alertas.
Y ante el más maravilloso de los silencios que me ha regalado, escribí en sus oídos esta historia.
Cómo se conocieron, no lo recuerdo. Lo cierto es que se conocieron. Ella andaba perdida por el mundo, aunque si la escuchabas parecía que se había encontrado hacía muchos años. Su vida se movía lenta pero armoniosamente, como ese carrusel de la plaza de los dos congresos, ese que todavía tiene los caballos de la época de tus abuelos en el mismo estado en el que ellos los montaron.
Tan estructurada estaba la vida de Rocío Laudino Gómez alrededor de su familia, su novio y el Instituto que, cuando él apareció, su torre de babel recibió, justo en el centro, la estrepitosa colisión de un pequeño avioncito de papel de anotador, al mando de un terrorista de lo socialmente establecido, con un efecto tres veces más destructivo que el provocado en las torres de New York.
Jeremías Fredes la triplicaba en vida, no así en edad. El castigo de su aventurada insensatez para apresurarse a quemar etapas se le notaba en lo ojos. Su mirada era profunda y pensativa, intensamente sagaz y conflictuada. Si la mudez le hubiera llegado a tiempo para quitarle, al menos por un rato, la verborragia que sólo aminoraba cuando acercaba sus labios en la búsqueda del filtro de un cigarrillo, cualquiera habría podido entenderlo a través de sus pupilas.
Había nacido, como todos los del grupo, en un barrio de la provincia. De esos que en las tardes de verano tenías que correr sobre la tierra caliente para llegar a la esquina sin quemarte y, en las de lluvia, nadabas entre el barro hasta la puerta de su casa. La vida lo pondría del otro lado de la General Paz, un poco por estudios, otro poco por laburo, o porque se pudrió de viajar apretado en el tren a la ida y a la vuelta y se gastó un mango, poco antes de recibirse, para irse a vivir a un departamentito en la capital. Pero cómo extrañaba su pueblo, siempre lo decía. A él le gustaba caminar por el centro y saludar a su gente, sentirse parte. Es que en la capital uno es un número más, y allá, cada uno era un ser humano al que se lo saludaba, se lo respetaba, se le preguntaba cómo andaba y se le daba una mano si estaba en las malas.
Ella todavía podía mirar las estrellas desde la terraza de su casa. Es que eso también tiene la provincia. Cuando uno se aleja unos kilómetros del smog de la gran metrópoli el cielo es más claro. No es para decir ¡La puta, puedo sacar una foto con mis retinas de todas las constelaciones! Pero al menos no tenés esa inmensa nube negra que, junto a las terribles torres de quince, treinta y dentro de poco ciento setenta pisos, no te dejan ver ni la Cruz del Sur.
Y, a todo esto, la mejor parte de la conversación entre estos dos antagónicos peregrinos de soledades, fue sobre las estrellas.
Me olvidaba. ¡Cómo me voy a olvidar de algo tan importante si a eso iba con que él vivía en un barrio! De chiquito nomás, se le había dado por meterse en la cabeza que todo tenía que tener un por qué, como se nos da a todos a determinada edad, pero a éste nunca se le fue. Y así le nació una profunda vocación por buscarle a todo un razonamiento lógico. De esa lógica que a uno hace mucho le enseñaban en la escuela, media al pedo si a mi me preguntas porque podía partirse de premisas verdaderas y llegar a una conclusión supuestamente lógica pero muy pelotuda, como el ejemplo que una vez dio un profesor de Pensamiento Científico del CBC, sobre que “todos los perros eran tres cruces” y que eso era una conclusión lógica, si se partía de dos premisas verdaderas, tales como: “Todos los perros son salchichas” y “todas las salchichas son tres cruces”. Sí, yo pensé lo mismo que me dijera mi hija ese día en el aula, “Hay cada estúpido dando clase”.
El tema fue que a raíz de esta maravillosa aptitud por intentar encontrarle a todo una vuelta de tuerca, explicando hasta la boludez más insignificante desde lo racional, se tornó excesivamente hincha pelotas para los pendejos que lo rodeaban y que, en su adolescencia les importaba menos que un carajo lo que era lógico o no. Entiéndase, este muchacho fue adolescente en los años noventa y sus pares estaban marquetineados a más no poder. La preocupación más importante era ver como hacían lógicamente para sacarle un mango a los viejos y comprarse la pilcha que se ponía de moda por dos o tres meses, o el último CD de la bandita yanqui que por seis meses hacía furor hasta que algún empresario la trajera al país y llenara un par de estadios, pero no por explicar la vida lógicamente, eso era cosa de viejos pelotudos. Así se ganaría un apodo en muy buena ley: “El Jodido”.
De todas formas no era tan jodido el pibe, había que tenerle paciencia, nada más. Si yo hoy puedo contarte esto es porque me banqué algo más de tres horas de una explicación minuciosa, detallada y esclarecedora de todo lo que sucedió. Y si, fue bastante larga y tediosa la cosa, si se me hubiera ocurrido que te lo iba a contar algún día hubiese tomado nota, pero no me avivé y así fue como me olvidé como había sido que estos dos se encontraron en la vida.
Lo que me mató fue el tema de las estrellas, esa parte me quedó grabada como si hubiese estado ahí. Pero lo más gracioso es que ninguno de los tres estuvimos.
Y acá es donde me vuelvo a putear por no acordarme cómo carajo fue que se conocieron. Porque de ahí debería partir para que todo cierre redondito, redondito. Sino no se entiende bien, pero intentaré darle una forma más o menos entendible porque para mi está más que claro, incluso, sin poder entenderlo.
Ella vagaba entre la sinuosa tempestad del conformismo y la excitante pero tenebrosa idea de la revolución. Hacía al menos de cinco años que, una o tal vez dos veces a la semana, se veía con la misma persona, con quien mantenía una relación que tenía la seguridad de poder sostener a costa de la angustia y el quilombo permanente. De los roles familiares, esos que todos sabemos que jugamos, era la tercera en discordia. La típica hija del medio que se desvivía por la toda familia, esforzada por rescatar el amor de su padre, abocado a su hermana menor, y batallando con el primogénito edípico al que la madre le rendía pleitesía. En la larga y tediosa búsqueda de su imagen de mujer cayó en los brazos de otro de los estigmas sociales y fue recogida por el sistema de hacedoras de madres en el Instituto de formación docente. Su vida parecía el recorte de alguna revista de los años cuarenta.
En el otro lado del Ring se paró El Jodido. Siempre meditabundo se rascaba el agujerito que le hacía la sonrisa en cachete y, con uno de sus más turros razonamientos te la mandaba a guardar de una. La primera trompada fue directa a la ñata. En un abrir y cerrar de ojos la tenía arrinconada contra las cuerdas haciéndola pensar sobre qué mierda hacía quejándose de la relación que tenía con su novio y del rol que ocupaba en la familia sin hacer nada para modificarlo.
Mientras el Couch le limpiaba la sangre ella argumentaba: “Estoy bien, estoy bien”.
Desde el otro extremo, Jeremías le hacía una seña al banco para que no la mandaran de nuevo y tiraran la toalla, pero ella insistía con volver. Cuando la vio levantarse, envió a su asistente a que ofreciera que, si ella estaba convencida de que eso era lo que quería pero no tenía la valentía de hacerse cargo, él ofrecía tirar su toalla y así resolver la cuestión. No fue aceptado y el round continuó.
Quizás por despojo, tal vez para hacerle entender la situación de una vez por todas, El Jodido lanzó un gancho al hígado haciéndole notar que su negación lo único que hacía era llevarla por el mismo camino duplicando el sufrimiento. Ya que, por un lado, se hacía mala sangre y vivía quejándose sin disfrutar lo bueno que tenía y, por el otro, soportaba aquello sin hacer nada para modificarlo. Otra vez Rocío se derrumbó en la lona. En esta ocasión lo que hubo que secarle fueron las lágrimas. Ya sin dudarlo, él se acercó a su esquina, tomó la toalla y la arrojó con fuerza. En ese momento ella pegó un salto y corrió hacia el trapo, lo tomó con su brazo extendido y se lo devolvió, luego cayó rendida en el Ring.
Él le ofrecería su mano para que se levantara, pero ella sólo lo utilizaría para ayudarse a sentarse. Ahí se quedaría, con las piernas entre cruzadas, observándolo.
A esa distancia el porte del Jodido era monumental. Se profugaba un silvido de sus labios mientras a su mirada se le negaba el placer de coquetear con los ojos que la buscaban desde abajo. Poco después sus piernas se empezarían a mover lentamente al rededor de aquella mujer, como si se tratara de una imagen sagrada a la cual se le ruega el asilo de sus oídos. Durante un largo tiempo aquello se transformó en un simple monólogo dónde mi amigo escupió la sangre coagulada que guardaba en lo más profundo de las entrañas.
Pudo entonces, tras un largo letargo, hallar un momento sublime de paz. La respiración se le hizo más larga y profunda, se puso frente a ella y reparó en sus ojos. Su sonrisa era sincera y la mirada explotaba en un suspiro de admiración y gozo.
La recorrió nuevamente y, una vez detrás de ella, se dejó caer en la lona. Apoyo su espalda contra la de ella y, desde allí volvió con uno de sus complejos y rebuscados razonamientos sobre la vida. Eso que alguna vez habláramos entre nosotros café de por medio, de que la vida sin sueños no tiene sentido, se lo planteó a la piba que, por ese tiempo, tenia una vida más cuadrada que tapa para pastelito de membrillo. En flor de quilombo la metió cuando ella respondió que su sueño era recibirse.
Ahí nomás, le dijo que cerrara los ojos y le dijera algo que le gustara mucho. Ella le contó que le encantaban las estrellas, que las miraba desde la terraza de la casa ¡Para qué! Bueno, no tenía por qué saber que el otro era tan jodido si apenas lo conocía, pero le tiró un centro que después no lo iba a poder sacar del ángulo ni porque achicara el arco. Jeremías era jodido pero no boludo, así que pego el salto y cabeceó. Le pidió que le relatara alguno de sus encuentros con las estrellas, pero que se lo hiciera sentir, como si estuviera ahí.
Roció no tenía mucha cancha en eso de expresar lo que sentía. Así que muy escuetamente, casi por complacerlo, en esa idea que tiene el común de la gente de que hay que quedar bien con todo el mundo porque sino se enojan y eso hace que uno se sienta mal, como si no fuera peor hacer cosas de compromiso en vez de decir que no y listo, le contó una noche en el campo y como vio el cielo muy estrellado.
Claro, lo de jodido, ya te lo dije, lo tenía ganado con creces. Si cualquiera se hubiese ofendido porque le dijeran que no querían contarle algo y lo hubieras arreglado contándole cualquier boludez menos lo que él pidió, este muchacho no era de esos. Luego de aclararle este punto, se despachó con su interpretación de cómo debió haber percibido desde los cinco sentidos esa noche campestre.
En el momento que él comenzaba su relato, describiendo como percibía por sus ojos la luminosidad de las estrellas, como su piel percibía la brisa de la soledad de la noche, mientras el silbido del viento rebotaba en los tímpanos humedecidos, percibiendo el aroma fresco de la gramilla virgen y degustando el sabor de la libertad, pudo sentir como ella lo vivenciaba en su cuerpo que se estremecía a su espalda.
Para tranquilizarla la invitó a girar sobre su eje y enfrentarse. Ella lo dudo bastante, demasiado.
Ya era tarde, habían empezado a apagar las luces del estadio y El Jodido decidió pararse. En cuanto lo logró ella lo tomó de una pierna y le pidió que no se fuera, que volviera a sentarse, esta vez, delante de ella.
Lo hizo, es cierto, pero no sin antes despacharse con una elocuente cátedra sobre la histeria.
Aunque me cueste creerlo, uno siempre duda de la objetividad de aquel que cuenta su propia vivencia, pero aunque yo por El Jodido sería capaz de someterme a la Justicia que el Poder Ejecutivo, perdón, que el independentísimo Consejo de la Magistratura dispusiera, se me hace por lo menos complicado esto de dar por cierto que él, junto a ella, se mantuvo en silencio diez minutos. Dejaré el espacio para la duda, ese que todos tenemos garantizado, por lo menos hasta que a alguno de los que tenga el deber de proteger esa garantía le tiemble la mano, es que el frío que llegó desde el sur les hace temblequear el sillón, la exención de los réditos y el retiro.
Decía entonces que, supuestamente, estuvieron contemplándose en el más absoluto silencio por unos minutos. Luego Jeremías comenzaría con una apuesta aún mayor que la anterior y la invitaría a soñar con llegar a las estrellas.
Su cara lo diría todo. Ella no estaba dispuesta a soñar con imposibles. El retruque sería al mejor estilo de mi complicado amigo. Tras una risa sarcástica le hizo un planteó tan lógico como jodido sobre la base de que los sueños se basan en cosas irreales, que la idea de soñar es justamente la de tener la posibilidad de alcanzar en los sueños cosas que en la realidad son inalcanzables y que ha sido gracias a que hubo gente que se animo a soñar cosas que eran irrealizables que, luego, se transformaron en realidad. Rocío asintió con la cabeza, desganada.
Muchas veces pienso que no era jodido nada más. Algo de sadismo tenía que haber en el replanteo de sus conjeturas. Eso pensé cuando me contó que, después de que ella le diera la razón de compromiso, siguiera argumentando su postura.
Arrancó entonces preguntándole si ella no se creía capaz volar. Que se fijara cómo el hombre había tenido la precaución, al hacerlo, de mantener un pie en la tierra al que le había dado el nombre de “radar”.
Si fuese machista, que de hecho lo soy bastante, diría que en esa parte del encuentro los roles estaban cambiados. Él fue complicado como una mina y ella, por lo que sigue, pragmática y resolutiva.
Y claro, llegó un momento donde tanta vuelta para acá y para allá con los sueños la pudrieron y dijo lo que le pasaba. Ahí nomás le cantó las cuarenta. Era un cúmulo de miedos la mina y eso de soñar, dejarse llevar por los sueños, le terminaba pareciendo muy bonito pero en la práctica demasiado pelotudo. Tenía todo pintadito en su vida y, podía ser cierto que como artista plástica dejaba mucho que desear, que tampoco estaba dispuesta a ir a clases básicas de dibujo siquiera, como para corregir sus obras. Pero lapidar la seguridad que le daba el mamarracho conocido por algo intangible, era lo más parecido a suicidarse.
Ella intentaba terminar de explicarle con exquisita precisión la demencia del soñador que vive fuera de los parámetros que establece la sociedad cuando Jeremías la invitó a salir del mundo de los cuerdos. Le tapó los ojos con sus manos y le pidió que no se las quitara de ahí. La besó profundamente y juntos viajaron a la María del medio, la estrella a la que ella le pedía sus deseos en las noches que pasaba en la terraza de su casa.
Todo se veía distinto desde allí. Ya no había ni personas por quien preocuparse, ni lógica a que recurrir, eran simplemente dos, que se animaban a cumplir sus sueños juntos.
Lastima que también eran dos seres humanos y, como tales, animales de costumbre. Ella lo consultaría sobre cómo seguir, él respondería que los sueños se hacen para soñarse mientras no se conviertan en una pesadilla.
Hace algunos años que el grupo le perdió el rastro a Jeremías, es posible que se haya asentado y tenga una casita en la María del medio. Como tu abuelo era aficionado al boxeo supe acompañarlo a los eventos pugilísticos, siempre buscando aquel round en que una tal Rocío y mi amigo, El Jodido, se volvían a enfrentar y éste la invita a morder el polvo de estrellas.
-¿Y los encontraste? -Me preguntó mi hija con los ojos desconsolados.
-Alguna vez, cuando vos no tenías un año todavía, cansado de buscarlos, me mudé por unos días a la maría del medio. En mi corta residencia descubrí que, por ese tiempo, cuando ambos cerraban juntos los ojos, aparecían allí.
-¿Estaban soñando entonces?
-No, estaban buscando el lugar donde completar la pelea.
domingo, 7 de diciembre de 2008
Polvo de estrellas
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