Por lo general el cartero se retrasa en la entrega periódica de mi correspondencia. Y recién ayer me fue notificado de que tenía treinta años, aunque ya ha pasado algún tiempo de que debía saberlo.
Con toda premura me dirigí al baño, me lavé la cara y contemplé mi imagen en el reflejo del espejo. A no ser por la franca retirada que emprendieran mis cabellos podría decirse que no he llegado tan mal.
Camino a la oficina me encontré con aquel que fui en la mitad de mi vida. Sollozaba arrodillado maldiciendo. Envidié su frondosa cabellera, pero no quise importunarlo en su lamento. Me limité a darle un fuerte abrazo y a decirle que siguiera adelante. El me agradeció, sin convencerse ni dejar la congoja, y se alejó cabizbajo.
No pude olvidarme de aquel adolescente que supe construir por un buen rato. Sentado ya frente a mi escritorio, y sin contentarme con dejarlo partir, le pedí a mi secretaria que lo trajera ante mi.
De alguna extraña forma sentía que era todo lo que aquel deseaba ser y a la vez no.
Conversando sobre sus sueños me di cuenta que se parecía tanto a la vida que yo llevaba que no tendría razones para preocuparse, aunque el camino a transitar fuera sinuoso.
Aunque fuera posible, yo era bastante más pragmático y menos utópico que aquel joven que me miraba de reojo y cuestionaba cada uno de mis razonamientos.
Tal vez él y yo sabíamos las mismas cosas. Ambos le habíamos escapado a la muerte. Pero cuánto de cierto había en eso de que uno se podía morir si casi parecía un juego entrar y salir de los algodones de vez en cuando. A diferencia suya, a la distancia yo podía recordar las muertes cercanas y vivificaba las catástrofes que el cuerpo acoge con el paso de los años en los seres queridos.
Me costaba mucho explicarle cómo era eso de ser padre. De que hubiera un ser humano diminuto, al que entendieras sin necesidad de comprender sus palabras y por el cual dejarías la vida sin que te lo pidiera. Compartíamos el valor de los afectos. Pero su noción de los vínculos se acotaba a esa trilogía formada por mis padres y mi hermano y a un par de amigos, aunque razonaba la pareja de una manera bastante similar a la que todavía comparto, no había vivido un gran amor, y por lo tanto, como el comunismo, no era lo mismo la teoría que la praxis.
De pronto, me preguntó qué haría si volviera a tener su edad. Siempre había querido tener la posibilidad de volver, no a los quince, pero si como canta Adriana Varela a los 17. Sin embargo, tardé al menos un cuarto de hora en preparar mi respuesta.
Parafraseando a Borges comencé diciendo “Cometería más errores”.
Recordando aquella carta de García Márquez continué diciendo que: “Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan”.
Su cara lo decía todo, no quería escuchar frases hechas ni complicadas, para complejos estábamos nosotros dos. Sonreí y argumenté mi complejidad en no ser más que el producto más o menos terminado de lo que él sería a mediano plazo. Ambos reímos. Luego me pidió que dejara de evadirme y respondiera a su pregunta de una vez, desde mi corazón, como él lo haría.
-Si volviera a los quince -comencé diciendo- no prestaría tanta atención a lo que los demás piensan de mi. Intentaría valorarme por lo que soy y no por lo que los demás creen. Sería menos tremendista pero no por eso menos idealista. Dejaría de buscar los polos e intentaría encontrar un meridiano. Entendería que el amor en mayúsculas es entrega, valoración y respeto, pero que no todos nos entregamos, valoramos y respetamos de la misma forma. Disfrutaría más de las cosas que hacía sin pensar en si el mundo las vería bien o mal. Leería más novelas y menos libros de historia. Cultivaría más mis vínculos y no esperaría que ellos me cuiden a mí. Me comprometería más con las cosas que digo y no me quedaría en la simple demagogia. Sería más joven cuanto tenga que ser joven y más adulto cuando deba serlo. Pero sabés qué -concluí diciéndole- si volviera a tener quince años e hiciera todo eso, hoy no sería lo que soy.
Apenado, aquel gurrumín que supe ser me miró a los ojos y dijo:
-Yo puedo ser pesimista, nostálgico, depresivo, hasta suicida si querés. Pero lo que no puedo creer es que me estés diciendo que me voy a convertir en un pelotudo que después de haberse roto el culo para salir de todos los quilombos tiene la capacidad de explicar lógicamente lo que debería hacer pero que se le pasó el tren. Porque yo puedo convertirme en cualquier cosa, pero el día que me convenza de que la vida me pasó por encima, que ya no vale la pena luchar, que no me quedan sueños por los cuales dar batalla, ese día no me va a hacer falta suicidarme porque me voy a haber muerto en vida.
Lo escuchaba, me escuchaba, con esas frases extremistas dramáticas con las que me sentía profundamente identificado pese a no repetirlas asiduamente y algo me decía que tenía razón.
Quizás no ciento por ciento, pero cierta lógica había en su discurso. No era la edad sino el modelo. Mi estilo era vertiginosamente más nostálgico que el de aquel quinceañero. Responsabilizaba de todos mis errores a un joven que había sido, sino a ese que estaba frente a mí, al que lo sucedió hasta mi graduación y, en algunas cosas, al que le siguió hasta poco antes de cumplir mis veintinueve.
-Bueno, yo mejor me voy para no ver al mediocre que puedo terminar siendo si sigo tu ejemplo -dijo antes de irse dando un fuerte golpe a la puerta de la oficina.
Me hubiese gustado despedirme. Tanto para él como para mi las soledades han tenido un precio demasiado caro. Lo cierto fue que aquella tarde noche, en la más sepulcral de las soledades, comprendí que me quedan muchas cuestiones por consensuar conmigo mismo, pero que algunas de aquellas metas que hipotéticamente tracé en mi cabeza para el adolescente que jamás volveré a ser, como él bien lo dijo, todavía tengo tiempo para concretarlas.
El recorrió una de las partes más complicadas de esta senda, quizás alguna vez tenga la suerte de encontrarme con los otros que tuvieron la osadía de transitar otras, tan o más sinuosas, pero aquí estoy yo, en lo mejor de mi vida, dispuesto a continuar lo que otros comenzaron con la misma pasión y el necesario criterio que te dan los años.
jueves, 4 de diciembre de 2008
Ayer me enteré que tenía treinta
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